Ante la pérdida de Simone Weil, me preocupa la evidencia de que nos quedan muy pocas mujeres en algún ámbito de poder que puedan llamarse feministas.

Durante algunos años un sector del Movimiento Feminista invirtió muchos de sus esfuerzos y de sus influencias en exigir la “paridad”. Es decir, que hubiese el mismo número de mujeres que de hombres en todas las instituciones. En las listas electorales para llegar al Parlamento y a los ayuntamientos, en el gobierno, en los cargos públicos. Se consiguió con discutible éxito, dadas las astucias que utilizaron los hombres para marginar a las mujeres. Aunque ciertamente sigue siendo necesario ante el triste y uniforme panorama masculino que domina las más altas instituciones.

Mírense las fotos de la cúpula empresarial, de los dirigentes europeos y latinoamericanos, de los representantes del G-20 que se reúne estos días, de los presidentes de autonomías en España, y parece que nos encontramos en los años 60, cuando las mujeres políticas destacaban como singularidades en el panorama mundial.

Hemos avanzado algo en la presencia femenina en los Parlamentos occidentales, en el hemisferio oriental se ha retrocedido, hecho que destacan satisfechas las que se aferran a la imagen femenina como signo de avance. Pero realmente, ¿este es un éxito del feminismo?

En plena polémica sobre la paridad recibí las más agrias críticas por mi rechazo a suponer que el mayor número de mujeres en la política, fueran o no feministas, significaría un cambio trascendental para el avance del feminismo. No es cierto que el feminismo consista en lograr la igualdad total entre hombres y mujeres, tanto para lo bueno como para lo malo. Nunca, desde los primeros momentos del feminismo reivindicamos ser tan egoístas, opresoras y brutales como los hombres. Nunca apoyamos que las mujeres participaran en los ejércitos invasores, en las fuerzas de policía represoras, en los juegos brutales, ni que fueran toreras y boxeadoras.

Nuestro horizonte, que sin duda será realidad más pronto que tarde, no es que las mujeres sean machistas sino que los hombres sean feministas.

Si el feminismo es una ideología liberadora de todas las opresiones y explotaciones, si se caracteriza por la defensa de los más débiles, sean hombres o mujeres, si en sus propósitos irrenunciables está la transformación del mundo para acabar con la pobreza y la injusticia, nunca podremos desear que los Parlamentos se nos llenen de diputadas del PP, del OPUS o de partidos filofascistas.

El ejemplo de cómo ser mujer no garantiza representar el feminismo, ni aún siquiera un cierto progresismo, lo tenemos en Marie Le Pen. Muchas más gobernantes en el mundo han supuesto un retroceso penoso en los avances sociales que se habían alcanzado, tras siglos de luchas obreras y feministas, como pudimos comprobarlo con Margaret Thatcher.

Desde Golda Meir a Indira Ghandi, de Eva Perón a Pilar Primo de Rivera, de Michelle Bachelet a Ángela Merkel, la mayoría de las pocas dirigentes políticas que han sido con verdadero poder han actuado como obedientes ejecutoras de las órdenes del capitalismo y del patriarcado. Poniendo en práctica los programas de sus partidos, organizados y dirigidos por la plutocracia de cada uno de sus países.

Ya sabemos lo que supuso el mandato de Golda Meir para la persecución y expulsión de los palestinos; las masacres que se produjeron en la India bajo el de Indira Gandhi, sin que se alterara un ápice el infame sistema de castas ni la horrenda situación de las hindúes mejorara en nada. Madeleine Albright fue la primera mujer Secretaria de Estado en EEUU, bajo la Presidencia de Bill Clinton, que provocó y dirigió varias agresiones armadas en diversos puntos del planeta. La misma política realizó la segunda mujer en ese cargo, bajo la Presidencia de George W. Bush, Condoleeza Rice, negra a mayor abundamiento.

Resulta indignante que en el Chile que preside, en su segundo mandato, Michelle Bachelet, el aborto esté absolutamente penalizado, con el resultado de cientos de abortos clandestinos y las secuelas de muertes y enfermedades, mientras la educación sigue en manos de las grandes empresas privadas que han motivado las más constantes y multitudinarias protestas estudiantiles. La política económica de Ángela Merkel ha causado los mayores sufrimientos a los países del sur de Europa, especialmente a Grecia, y acaba de votar en contra del matrimonio homosexual.

En España nos sobran los ejemplos. Cuando la paz ha de ser uno de los principales ejes de las luchas progresistas del mundo, y por supuesto del feminismo, hemos tenido que soportar que dos mujeres, Carmen Chacón y ahora María Dolores de Cospedal presumieran de ser ministras de Defensa. En un ejército que pertenece a la OTAN, la mayor organización criminal del mundo. Del mandato de la primera, además de la participación de España en las guerras de Afganistán y Libia, nos quedaron 24.000 millones de deuda por la compra de armamento. Fue, además, quien apoyó en octubre de 2010, las duras medidas de austeridad presupuestaria impuestas por el Gobierno, según dijo “porque son útiles a medio y largo plazo para restaurar la confianza y la estabilidad en la economía española”.

La señora María Dolores de Cospedal, además de su incompetencia y su política enormemente reaccionaria, tan satisfecha como está de ostentar ese cargo, ha aumentado el presupuesto de Defensa en el 32%, mientras afirma que la seguridad es más importante que la sanidad, la educación, los transportes y la vivienda.

Los gobiernos sucesivos de Esperanza Aguirre, primero desde el Ministerio de Educación y Cultura y después en la Comunidad de Madrid y más tarde en el Ayuntamiento de la capital, han constituido la desgracia más grande para este país, en términos de despilfarro, corrupción e ineptitud. En Castilla La Mancha el destrozo ocasionado por la política de recortes y despidos de Cospedal tardará en recomponerse, de la misma manera que el desastre de Valencia pilotado por Rita Barberá. Susana Díaz no ha resuelto ninguno de los problemas que tiene planteados Andalucía desde tiempos inmemoriales y jamás se la ha oído programa alguno feminista. En lo que sí ha invertido tiempo, grandes esfuerzos y mucho dinero, es en intentar derrotar a su rival Pedro Sánchez.

Resulta penosísimo constatar que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, la mayor esperanza de cambio progresista que se ofrecía en la ciudad, está dispuesta a regularizar la prostitución, y permite la filmación de pornografía dura, con maltrato físico a las mujeres, públicamente, en las calles de la ciudad.

  Inés Arrimadas de Ciudadanos está defendiendo la legalización de la prostitución y de los vientres de alquiler, como otras mujeres en diversas organizaciones políticas. Mónica Oltra ha impuesto la custodia compartida en Valencia, causando multitud de sufrimientos a niños y niñas y a sus madres.

No quiero hacer más larga esta recopilación de personajes femeninos que nos han gobernado y nos gobiernan desde diversas instancias, que con sus conductas patriarcales- y hasta machistas-, con su sumisión a los mandatos del capitalismo liberal más salvaje, han llevado a cabo políticas depredadoras contra los trabajadores y las mujeres.

Porque como defendía en los años 2000 frente a quienes fiaban en la Ley de Paridad el avance del feminismo en la política, no se trata de llenar de mujeres los Parlamentos, los Ayuntamientos o los gobiernos, si no son feministas. Con su presencia únicamente se duplica el voto machista de cada partido.

El feminismo es una ideología de avance y de progreso, de libertad y de igualdad; es un movimiento social que ha luchado esforzadamente los últimos dos siglos para que la mujer alcanzara la condición de ciudadana y de sujeto político; que ha apoyado siempre las luchas por la liberación de los esclavos, por los derechos civiles de los negros, contra la explotación de los trabajadores, contra las guerras imperialistas.

El feminismo es también un programa político que plantea numerosas transformaciones sociales, y en nuestro país se pronuncia por la proclamación de la III República, la salida de la OTAN, la nulidad de los acuerdos con la Iglesia Católica, la nacionalización de la banca, la renegociación de nuestra estancia en la Unión Europea. Todo aquello que caracteriza un programa de izquierdas. Y que no puede ser representado ni por Dolores de Cospedal ni por Fátima Báñez, ni por tantas otras presentes en la política.

Porque ser feminista es abrigar la profunda convicción de que gobernar es trabajar para hacer más iguales y más felices a los gobernados. Todo lo contrario de lo que supone estar al servicio del patriarcado y de los grandes oligopolios capitalistas, como hacen esas mujeres.

Porque únicamente tener ovarios no es suficiente para ser feminista.

Madrid, 9 julio 2017.

 

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