Una de las formas de mayor violencia tácita, es exigirle a alguien que sea perfecto.

Conceptual y estructuralmente, ese requerimiento es un afilado puñal que los sistemas heteropatriarcales han utilizado y utilizan para someter a las mujeres.

El ínclito premio es “gustar a los hombres”, aunque apenas visible y en letra muy pequeña, tiene un reverso de condiciones que así dice: “lo pagarás caminando en círculos y espejismos, con constantes sacrificios, cegueras mentales, renuncias y autotorturas varias”.

Las exigencias perpetradas a sabiendas de que es imposible cumplirlas porque están fuera de la realidad, son hechas para crear una continua frustración debilitante que facilita la sumisión.

Las perdedoras, tan obedientes, son blanco fácil para peticiones irracionales que desesperen.

Ahora bien, esos inciertos caminos están sembrados de poderosos y embusteros remedios mágicos, con los que continuar engañándote  y entreteniéndote, mientras te llega la muerte.

Si te “sobran” kilos, nada como la última dieta milagrosa que, aunque cueste un riñón, te hará encontrar, por fin, el amor de tu vida.

También es posible que encuentres la anorexia, la bulimia…

Combinada con unos cuantos ejercicios paranormales que esculpan ese cuerpo tan imperfecto y equivocado, serás feliz como una perdiz sudorosa.

Da igual si te encuentras en la adolescencia o en plena crisis menopaúsica, no tienes el cuerpo que debes, estúpida.

Si tus pechos son “demasiado” grandes o pequeños, un error sin duda de la naturaleza, tendrás que operarte con premura para lucirlos como esa actriz de aquella película, la realidad tiene que ser como la ficción (o era al revés?), qué más da si te los tocan y no sientes nada.

Obviamente, no te permitas envejecer, qué vulgaridad, úntate todo tipo de afeites hechizados, para que cuando el espejo te devuelva las primeras arrugas y flacideces, no sufras un ataque de pánico.

Si estás hasta el mismísimo de tanto estrés, estámpate en ese rostro incorrecto, una ampolla que tense tu piel hasta parecer algo entre zombi y asiática.

Tú verás, pero en la cena de esta noche debes estar estupenda y muy pendiente de la opinión de los demás.

Otra cosita, que no tengas expresión en la cara no es importante, nadie se va a fijar en eso, plánchatela con paralizantes.

Hay que estar muy atenta a los colores y largos de ropa que se llevan esta temporada, olvida tus gustos personales, a quién le importan.

Por supuesto, tienes que usar tacones vertiginosos, siempre de la marca “me torturo”, que para estar guapa hay que sufrir, hija. Despreocúpate de las hernias discales que tendrás, no seas superficial, bonita.

Desprecia con vehemencia tu cuerpo.

Cosifícate, en fin, olvida quién eres, si alguna vez lo supiste; lo verdaderamente esencial es atraer las miradas masculinas, esas que hacen que te sientas una “mujer de verdad”.

Después y a través de los años, una tarde cualquiera serás presa inevitable del devenir.

Quizá al ver tus ojos reflejados en la taza de café, te preguntes qué queda ya de ti, sin ti.

Y esa vocecilla que te resulta tan familiar, otra vez preguntándote si ha merecido la pena todo ese sacrificio insomne, donde la más profunda preocupación era aparentar ser lo que no eras y sobrevivir con una máscara que ocultaba lo que de verdad sentías.

Acaso, ya ves, sea cuando te des cuenta que la belleza irradia desde un equilibrio interior que nada tiene que ver con hacer cosas contra ti misma.

Que arreglarse y cuidarse está muy bien si lo haces partiendo de lo que eres, con autenticidad, porque la vida no es un baile de máscaras y sólo tenemos un billete de ida.

Vivir siempre hacia fuera es perderse y ser tan obediente, léase cobarde, te deja un vacío insustituible por nadie.

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