Resulta difícil comprender que la gente pague por ver a dos tipos partiéndose la cara mientras le salpica la sangre en la camisa y se embriaga con la droga del linimento. Pero el boxeo es un deporte que ha fascinado al ser humano desde el origen mismo de la humanidad, no ya por su ritual de exaltación de la violencia, sino por la literatura fascinante que ha producido (míticos los artículos de Norman Mailer) las películas inmortales que ha dado (Más dura será la caída y Toro Salvaje) y sobre todo por las biografías homéricas de unos perdedores que salían de los ardientes campos de algodón para hacerse un hueco a puñetazos en un mundo de blancos que les estaba vedado por su raza y el color de su piel.

Hoy nos ha dejado uno de ellos, quizá el más grande, alguien que no era solo un pugilista sino un líder de masas, un agitador, un mesías. Una antorcha en medio de la oscuridad racista de los Estados Unidos de América. Muhammad Ali, gigante de bronce forjado con el barro humillado de Louisville, se nos va precisamente hoy, cuando más necesitábamos de su voz de seda y de sus puños de hierro, cuando el xenófobo Trump amenaza con poner sus botas pestilentes de vaquero inculto en la Casa Blanca y el racismo se extiende por Europa desde Viena hasta París, enterrando los nobles principios de la ilustración. Negro, musulmán y activista por los derechos civiles, lo tenía todo para ser odiado y amado a partes iguales por la humanidad. “Fui el Elvis del boxeo, el Tarzán del boxeo, el Superman del boxeo, el Drácula del boxeo. El gran mito del boxeo”, se definió en cierta ocasión. Una figura histórica que aglutinó todo lo bueno y todo lo malo de la cultura de masas del añorado y vertiginoso siglo XX.

Nacido en 1942, fue bautizado como Cassius Clay (en honor a un abolicionista del siglo diecinueve) pero renegó de ese nombre anglosajón para abrazar el islámico Muhammad Ali. No hay mayor acto de rebeldía en un individuo que repudiar su nombre de cuna, mucho más si ese nombre es musulmán. Se dice que su padre, un pintor de letreros con afición a la bebida, pegaba a su madre, lo que marcó toda su infancia.

Como también le marcó de por vida el asesinato del joven afroamericano Emmett Till, a quien unos vándalos mataron por la calle solo por haber silbado a una chica blanca. Educado en la iglesia bautista, era un joven divertido pero a menudo se le podía ver leyendo la Biblia en lugar de ir a hacer maldades con los demás muchachos de la pandilla. Con el tiempo descubrió el secreto de su fortaleza física, un extraño brebaje a base de agua con ajos y dos huevos crudos mezclados con leche, que sin duda le daba fuerzas para entrenarse corriendo junto a los autobuses que llegaban al pueblo.

Cassius tenía doce años cuando un ladrón le robó la bicicleta y quiso tomarse la justicia por su mano. Un policía le aconsejó que tuviera paciencia y le enseñó a boxear. Por las tardes, su hermano Rudy le tiraba piedras para que aprendiera a esquivarlas y así cogiera agilidad suficiente en piernas y brazos. Con el tiempo las piedras se convirtieron en puños y empezó a frecuentar los gimnasios sórdidos de Louisville, donde los veteranos lo miraban con desprecio no solo porque era un negro fuerte y musculoso, sino por algo mucho peor: porque era un negro inteligente.

Un amateur, un novato, un sparring, tiene que sufrir muchas insolencias y desprecios en las palestras de los gimnasios antes de que le den su primera oportunidad. Fue vapuleado combate tras combate pero pronto aprendió que la derrota enseña más que la victoria. “Sólo un hombre que sabe lo que se siente al ser derrotado puede llegar hasta el fondo de su alma y sacar lo que le queda de energía para ganar un combate que está igualado”, sentenció en cierta ocasión.

Con catorce años ganó su primer título para novatos y en los Juegos Olímpicos de Roma destrozó la zurda del polaco Pietrzykowski para colgarse el oro en la final. Cuando un periodista soviético le preguntó si se sentía víctima de la persecución racial en Estados Unidos, le contestó: “Entiéndalo: Es todavía el mejor país del mundo”.

Ali estaba llamado a convertirse en profesional y en campeón mundial. Pronto llegó Nueva York, el Madison Square Garden, el olimpo que todo boxeador sueña con conquistar algún día. 10 de febrero de 1962; rival: Sonny Banks, una mala bestia que lo tumbó en el primer asalto. Cassius probó el sabor de la lona, pero se levantó, se rehizo milagrosamente y ganó el combate en el cuarto asalto, como él mismo había predicho. Empezaba a cumplirse la leyenda de un dios.

La prensa se reía de su técnica poco ortodoxa para un peso pesado, sus manos aparentaban fragilidad pese a que golpeaban con dureza, pero tenía un don que nadie más poseía, aparte de sus piernas ágiles y veloces como el viento: estudiaba a sus rivales como nadie, sabía captar sus puntos débiles y cómo provocarlos con poemas jocosos, antes de los combates, para sacarlos de sus casillas. Pronto se granjeó el apodo de El bocazas de Louisville pero en el fondo, quién sabe, puede que todo fuera mera pose, estrategia deportiva, ya que sin duda era un sensible que no soportaba el espectáculo de la sangre. “En muchas de mis peleas tenía que mirar a otro lado para no verla”, recordó al final de su carrera.

Triquiñuelas aparte, Ali estaba predestinado a la gloria. Siguiente hito: 25 de febrero de 1964, Convention Hall de Miami Beach, Florida. Su contrincante: el campeón mundial de los pesos pesados, Sonny Liston. Antes de la pelea, Ali agravia a su rival llamándolo “oso horrible” y “vago” y le amenaza con comérselo vivo. El duelo es presenciado por millones de personas. Ali flota como una mariposa y pica como una abeja a Liston, al que gana por nocaut.

El nuevo campeón del mundo baila sobre el cuadrilátero al grito de “¡tráguense sus palabras! ¡tráguense sus palabras! ¡soy el mejor! ¡soy el mejor! ¡soy el rey del mundo” y el planeta se entera de quién es ese tal Cassius Clay que ha salido de la cabaña del Tío Tom para imponer su reinado de fuerza. Al día siguiente, ante el estupor de todos, cambió de nombre de manos del líder de la Nación del Islam. Había nacido Muhammad Ali, El amado de Dios que repudiaba su apellido de esclavo porque él “no lo había elegido”.

Y así fue como el amado de Alá fue de victoria en victoria hasta la secuencia final: el histórico combate con George Foreman en Kinshasa, La pelea de la selva, como fue bautizado el choque. El 30 de octubre de 1974 todos creían que sería una velada corta. Ningún mortal podía soportar el ataque cerrado de puños de Foreman, a quien sus rivales no le duraban más de dos asaltos.

Para calentar la cosa, Ali le dice a su antagonista que pelea “como una niña”. Cuentan las crónicas que Foreman se lanzó contra Cassius Clay con una furia incontenida, carnívora, animal. Por momentos parecía que iba a destrozarlo. Como podía, Ali se agarraba a la nuca de su enemigo y le susurraba que sus golpecitos no le hacían ningún daño. En el octavo asalto, cuando Ali parecía acabado, contraatacó y noqueó a Foreman, proclamándose por segunda vez campeón mundial de los pesos pesados. Fue la pelea del siglo, el primer evento deportivo retransmitido a todo el planeta, sentando las bases de la globalización del deporte y las telecomunicaciones y abriendo un nueva época del periodismo, ya que un escritor inmortal, Norman Mailer, dejó algunas crónicas antológicas sobre el gran acontecimiento deportivo, entre ellas El combate. En la rueda de prensa, Ali eludió contestar a las preguntas de los periodistas sobre su retirada.

Pero el final estaba cerca. El 26 de junio de 1979 el boxeador tiraba la toalla. “Estoy exhausto, no tengo nada que probar… creo que es lo mejor, retirarme como campeón… como el más grande. Creo que esto significa mucho para los afroamericanos, y también para la historia”, aseguró en un comunicado.

El deportista estaba acabado, pero nacía el activista comprometido con los derechos de los negros. Su orgullo de afroamericano y su fe en el islam le granjearon millones de seguidores en todo el mundo. Ali se convirtió en un símbolo de resistencia del negro contra el racismo blanco y abrazó la doctrina de Alá en 1961, de la mano de la Nación del Islam y de Malcom X, con quien fraguó una intensa amistad en aquellos convulsos años sesenta.

Muhammad Ali junto a Malcolm X.
Muhammad Ali junto a Malcolm X.

Malcom veía la victoria de Ali sobre Liston como una metáfora del poder superior del islam sobre el cristianismo. Era el boxeo como guerra de guerrillas contra el poder blanco, como cruzada religiosa, pero finalmente los dos amigos acabaron distanciándose después de que Malcom X hiciera unos comentarios inapropiados sobre el asesinato de Kennedy. Años más tarde, cuando las Torre Gemelas volaron por los aires, Ali luchó para transmitir la idea de que el islam es una religión de paz e incluso llevó a cabo colectas para las víctimas de los crueles atentados terroristas.

Pero el auténtico giro en su carrera llegó en 1966. Entonces él era campeón del mundo y la guerra de Vietnam estaba en su punto más crudo y álgido. Ali fue llamado a filas pero se negó a ir al frente apelando a su objeción de conciencia y a los preceptos del islam. “Pregunten todo lo que quieran sobre la guerra de Vietnam, siempre les cantaré esta canción: No tengo problemas con los Viet Cong porque ningún Viet Cong me ha llamado negro”.

Fue el primer gran personaje público en pronunciarse contra la guerra (Martin Luther King lo hizo un año después) y aquello le enfrentó radicalmente con el Gobierno de los Estados Unidos. Se convirtió en un héroe en su país y en todo el mundo, incluso en aquellos lugares donde el boxeo ni siquiera era un deporte conocido.

El día que acudió a la caja de reclutas de Houston se negó a ponerse en pie hasta por tres veces cuando fue llamado por su nombre. “No voy a recorrer diez mil kilómetros para ayudar a asesinar a un país pobre simplemente por continuar con la dominación de los blancos sobre los esclavos negros”, dijo con orgullo. Las represalias no se hicieron esperar. Lo amenazaron con cinco años de cárcel y una multa de diez mil dólares y la Comisión Atlética de Nueva York le quitó la licencia para boxear.

Muhammad AliFinalmente fue condenado, pero el titán de bronce de Louisville se dedicó a dar conferencias por las escuelas de todo el país explicando su posición política y personal y su no a la guerra. Los atletas negros se sumaron a las protestas antirracistas y amenazaron con boicotear los Juegos Olímpicos de México 68. Finalmente, la Corte Suprema le dio la razón en su decisión de no alistarse. La presión era alta, los americanos perdían la guerra en Vietnam y las protestas estudiantiles y hippies por los derechos civiles hicieron que los vientos cambiaran y soplaran a su favor.

Su activismo fue intenso e incansable: visitó a Mandela, se negó a pelear en la Sudáfrica del Apartheid, ayudó a liberar rehenes en la guerra de Irak, fue nombrado mensajero de la paz por la ONU… Deportista de fama mundial y activista, Ali ha sido sobre todo un icono del siglo XX equiparable en poder de influencia a Elvis Presley, Marilyn Monroe o JFK. Tiene una estrella en el paseo de la Fama, le han dedicado canciones y relatos y hasta fue personaje de un cómic en el que llegó a pelear contra superhéroes inmortales. Hay quien dice que arrojó la medalla olímpica ganada en Roma al río Ohio en un ataque de furia porque no le atendieron en un restaurante de Kentucky por ser negro.

A fin de cuentas el boxeo no es más que un montón de hombres blancos viendo cómo un hombre negro vence a otro hombre negro, tal como dijo él mismo. En los últimos años de su vida inició una nueva pelea de concienciación social, la última de todas, en su lucha contra el Parkinson, la enfermedad que finalmente se ha llevado a la tumba al dios de ébano, a Cassius Clay. O mejor dicho, a Muhammad Ali, porque Cassius Clay era el nombre de un esclavo y él era un hombre libre. Un luchador universal, el Superman de los negros.

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