Cuando Unamuno le dice a Millán Astray que un mutilado, como el general insurrecto, sin la grandeza  de Cervantes, era de esperar que encontrara un terrible alivio viendo cómo se multiplicaban los mutilados a su alrededor en una guerra en la que el general fascista tenía magra corresponsabilidad,  describía el sesgo psicológico de un poder que se reproduce morbosamente en España y cuyo daguerrotipo culmina muy bien con la respuesta que el militar golpista le dio a Unamuno como contraargumento metafísico gritando: “muera la inteligencia.” Ha sido, en la discontinuidad de la historia de España, -Unamuno dixit: “venceréis porque os sobra fuerza bruta”- un duelo perverso que, fuera del dramatismo del enfrentamiento civil, se ha sustanciado en una constante apelación al óxido de la mediocridad como forma de vertebrar o invertebrar el país.

La crisis financiera y la forma de afrontarla, dejando a salvo la codicia de las élites económicas a costa del sacrificio de amplios sectores de la ciudadanía, nos mostró los ijares de un régimen de poder que se ha venido reproduciendo históricamente a través de unas minorías organizadas ajenas al escrutinio de la voluntad popular. Según Ortega, “En vez de renovar periódicamente el tesoro de ideas vitales, de modo de coexistencia, de empresas unitivas, el Poder Público ha ido triturando la convivencia española y ha cesado de su fuerza nacional casi exclusivamente para fines privados; al cabo del tiempo la mayor parte de los españoles se preguntan por qué viven juntos, cuando no se va hacia delante, cuando no se mira al futuro; el Poder Público no ofrece nada para hacer entusiasta colaboración.”

En realidad el descrédito de la política no deja de ser parte de una confusión a la que se ha inducido a la opinión pública. Porque no es la política a la que la ciudadanía ha dado la espalda sino a lo que se ha venido haciendo como política sin serlo. En lugar de esas empresas comunes y unitivas de las que hablaba Ortega, se ha impuesto la banalización de la postmodernidad -ya no existe un proyecto de nación sino la “marca España”- que surgió en el mundo como una moda de relativismo cultural y moral, de pensamiento débil y escepticismo convertido en indolencia perversa del “todo vale”, y que en España se transformó en ideología  siendo fuente de corrupción moral. Sólo puede haber corrupción económica donde hay corrupción moral, donde los valores cívicos y éticos que son los que conforman la acción política volcada al interés general son neutralizados por los intereses de minorías organizadas.

La poliédrica decadencia que sufre el país con metástasis en los intersticios de la economía, las instituciones y la sociedad es la consecuencia de reducir la acción política a los parámetros estrechos de la gestión tecnocrática sometida ortopédicamente a una democracia débil en la que los ámbitos polémicos no pueden abarcar los irreductibles intereses de los poderes económicos y estamentales. Cada época tiene sus silencios. Se trata de ese fenómeno descrito por la socióloga Elisabeth Noelle-Neumann que consiste en que la presión ambiental –espontánea o manipulada- hace que desaparezcan del debate las opiniones que sufren la erosión de un ámbito inducido no sujeto a polémica y que condiciona que nadie se atreva a expresarlas.

Por ello, el distanciamiento entre la ciudadanía, que se siente abandonada por un sistema que exige su sacrificio para salvaguardar unos intereses que le son ajenos, y unos partidos políticos que se dedican a la gestión de una realidad que es presentada como inconcusa y que es la consecuencia de la privatización y patrimonialización del país por las oligarquías fácticas. De ahí la percepción de los ciudadanos de que el sistema se está desplazando hacia el autoritarismo posdemocrático, por la voluntad del Ejecutivo de controlarlo todo y la idea de la política que los partidos han transmitido  como coto privado, cerrado y excluyente.

Michel Rocard escribía en Questions à l’Etat socialiste, que era necesario separar el análisis económico y sociológico para llegar a lo esencial, que es el poder, es decir, el análisis político. Porque la soberanía popular será una simple fantasmagoría si el poder fáctico sigue consiguiendo que esta etapa histórica sea los anales de un abandono, un viento que nace de la tierra para cegarnos como en el añejo toscano de aquellos versos del “Infierno”: “La terra lagrimosa diede vento.” Un abandono de todo lo que no sea un feroz darwinismo social que no repara en gastos morales y puesto al servicio de los intereses de unos pocos.

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