Hay finales que nunca deberían existir. Y sin embargo, como en la peor de las pesadillas, ocurren. Morir solo, sin que nadie se percate, te ayude, te eche ni siquiera de menos, y te encuentren doce horas después en un banco de plástico blanco de la residencia en la que estás, es uno de ellos.

Sin duda la vida da muchas vueltas, pero que tras todo el peso que se lleva a cuestas en este ir y venir de días que conforman la existencia, uno acabe dando el último suspiro consigo mismo como único testigo, es un monólogo triste e injusto que nadie debería pronunciar. Ni tan siquiera imaginar.

Por eso se me encoge el alma al pensar en ese anciano de la residencia pública de Alcorcón que acaba de morir sin pena ni gloria. O mejor dicho, con la gran pena de poner así su punto final y sin la gloria de acabar rodeado de los abrazos y mimos de tus seres queridos, o al menos de quienes deberían haber estado junto a él. Aquellos por los que tuvo mil razones para levantarse cada mañana y que por esas vueltas que da la vida, confiaron a otros su cuidado.

Duele mucho esa imagen porque es el espejo de una sociedad que no es capaz de regalar y devolver a sus habitantes la dignidad y el respeto que merecen. Mientras se buscan responsables, o seguramente cabezas de turco por un “incidente” que nunca ha debido pasar (falta de personal, de recursos económicos, de desatención…), solo pienso en él, en ese hombre sin nombre que un buen día, como cualquiera de nosotros, lo tuvo todo: una vida, una familia, muchos sueños y sin embargo falleció en un lugar tan indigno y tan frío como un mísero banco de plástico de piscina. Una imagen que me recuerda la terrible y dolorosa oda a la muerte del italiano Cesare Pavese:

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

esta muerte que nos acompaña

desde el alba a la noche, insomne

sorda, como un viejo remordimiento

o un absurdo defecto. Tus ojos

serán una palabra inútil,

un grito callado, un silencio.

Así los ves cada mañana

cuando sola te inclinas

ante el espejo. Oh, amada esperanza,

aquel día sabremos, también

que eres la vida y eres la nada.

 

Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como dejar un vicio,

como ver en el espejo.

Asomar un rostro muerto

como escuchar un labio ya cerrado.

Mudos, descenderemos al abismo”.

 

Allí donde esté solo deseo que ese hombre, que podría ser nuestro padre o abuelo, descanse por fin en paz. Que su parque ahora sea el paraíso que debió encontrar en la tierra y esté lleno de tiernos abrazos de otros seres queridos que se fueron antes. Que sus arrugas hayan pasado a mejor vida, que su muerte no haya quedado en vano.

 

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Es periodista, editora en @lideditorial y responsable de Comunicación y RR.PP de @juanmerodio. Además es Máster en Producción Radiofónica (RNE), Biblioteconomía y Documentación (Universidad Complutense) así como Mujer y Liderazgo (Aliter). Fue becaria Erasmus y Leonardo en Roma. Ha desarrollado su carrera durante 25 años a caballo entre el periodismo, la comunicación, la organización y presentación de eventos. Colabora con El Español, 20 minutos y Diario 16. Es madre de dos hijos y cree que el liderazgo y la defensa de los derechos y los valores sociales, en especial los de las mujeres, han de partir de uno mismo.

2 Comentarios

  1. Me uno a las neglicencias de dicha Residencia, por el fallecimiento de un familiar, que murio también en la soledad de su habitación. Y hasta el día siguiente no se percataron.

    Todas las reivindicaciones que se están ahciendo ahora de dicha Residencia tanto nosotros como familiares y el mismo residente lo hemos vivido y quejado. Y ese fue el peor error que pagamos.

    Solo impera la Ley del Silencio tanto por parte de la pésima Dirección como otros… que solo hubo contradicciones.

    Gracias por expresar que los mayores tienen su dignidad y necesitam ser respetados, esten donde estén

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