Corría abril y mujeres y hombres andaban buscando complementos flamencos para ferias y romerías. Sevilla, Huelva, la baja Extremadura y otras tierras, eran un hervidero de jóvenes que, acompañadas de sus madres, andaban buscando las ideales costuras del traje de sus sueños por los escaparates de la calle Cuna. Otras, en cambio, preferían comprar telas por metros para diseñar su propio vestido o buscar por internet algún diseño triunfante en alguna pasarela flamenca.

Paseando por la ciudad con una amiga y con este ambientillo de flores, flecos, estampadas telas y sevillanas, nos decidimos a entrar en una tienda situada en la calle Francos, cerca de la Plaza de Jesús de la Pasión. Una vez dentro, encontramos como una muchacha se probaba un vestido de una elegancia supina, destacado entre los que pudieran gustar.

Curioso, centré mi atención en la conversación de la clienta con la dependienta, que además era diseñadora. Según pude entender, para que la chica pudiera probarse el vestido hubo que desmontar el maniquí en el que se encontraba expuesto. Ninguna gracia le hizo a la propietaria de la marca escuchar como su traje era rechazado por su elevado coste, tanto es así que cuando la interesada dijo que no se lo quedaría por su precio, la diseñadora exclamó con aires pedantes: “hombre, es que no es el traje de una modista de pueblo, es un traje bien hecho”. Y aquí vino mi frustración.

¿Las modistas de pueblo no cosen bien? Esta fue la pregunta que me vino a la cabeza nada más escuchar a aquella señora pronunciar su comentario, se me cambió la cara, me quedé pasmado. Toda la tarde anduve dándole vueltas al pensamiento de aquella mujer que, con aires presumidos, había despreciado la labor de las modistas particulares. Claro, uno que es de pueblo y sabe de buena mano cómo trabajan las modistas no podía quedar tranquilo ante semejante ataque a un noble oficio como es éste.

Pues bien, todos aquellos que piensen que las tiendas que abarrotan el centro de las ciudades de España poseen prendas de calidad andan más que equivocados, engañados. Desprestigiar a una modista supone quitarle valor a la realización artesanal de cualquier manufactura. Al igual que nunca se podrá comparar una lata de albóndigas del Mercadona con un guiso realizado a fuego lento y con todo el cariño de un hogar, tampoco puede ponerse en evidencia el trabajo de una modista, porque te realizan piezas que en muchas ocasiones pueden ser envidiadas por la alta costura, por su paciencia, finura, empeño y exclusividad en su realización. Una modista o un sastre pueden asegurarte que tu traje no sea como el de la persona que se sienta a tu lado en una cena, sin embargo, si compras un vestido en alguna tienda puedes ver tres más en el mismo lugar y a la misma hora.

Señoras modistas, queridos sastres, levantad la cabeza, con dignidad reconoced vuestro oficio porque son ustedes auténticos genios de los que muchos diseñadores deberían aprender. A los buenos consumidores les digo, no duden en encargar en alguna ocasión un traje a un particular, se sentirán satisfechos, les doy mi palabra.

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