Hastiados de muchas de las cosas que nos rodean. Hartos de ver pasar la solución a los problemas, en lugar de buscarlas. Indignados, como se dice ahora, tanto en la calle como en los despachos… En esta situación se oye un grito que dice: ¡Moderación!

Y en ese momento, uno se cuestiona ¿por qué? Seguimos acomplejados ante la denigración, cuando no negación, de que, a veces, ser radical es sinónimo de negativo. De que, en ocasiones, es preciso buscar la diferenciación a las salidas habituales, que eternizan o cronifican nuestros males.

Lo que se identifica con la línea recta, también puede asemejarse al rebaño, a la cabeza baja, al conformismo. Y creo que no es momento de dudas. Ni de mantenernos imperturbables esperando a que el tiempo, cuyo paso es lento para el que padece sus consecuencias, remedie nuestras preocupaciones.

Por esa razón se necesita imaginación. Hemos coincidido en que algunas de las recetas tradicionales no valen: ya no nos gustan las campañas electorales repletas de los mismos carteles o el mitin para las menguadas huestes. Ahora queremos debates, plazas, asambleas abiertas, actos públicos donde escuchar e intervenir….

Tenemos que tener la decencia de aplaudir y agradecer al que reconoce tu trabajo, al mismo tiempo que recoger y analizar el que intensamente lo critica. Dicho esto, no significa que sólo vale echar por tierra lo ejecutado, que esté de moda soliviantar o acusar sin pruebas. Mientras haya argumentos, habrá réplicas. Si no, indiferencia, dado que queda claro que no se pretende construir, sino desbancar.

Asentados los principios. Claras las ideas. Ya habrá momento para los puntos de encuentro. Ahora defendamos con fuerza, con radicalidad nuestras posiciones. En caso contrario, como se decía coloquialmente, se escogerá antes un original que una copia. Por tanto, moderación, ¿por qué?

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