Ya es inaplazable desmontar espurios mitos de belleza sin correspondencia con la realidad, que explotan y deforman la autoimagen que las mujeres tenemos de nuestro cuerpo.

Asimismo, debemos repensar, reinterpretar  y crear una nueva escala de valores, donde la salud mental y física se conviertan en prioridades absolutas.

Quien no confía en sí misma, está más muerta que viva.

Cultivar, por tanto, una inseguridad que no es sino la otra cara de la indolencia hacia el pensamiento y la desidia que conlleva la inercia, no es más que sobrevivir inconscientemente a la propia vida.

Para cambiar hay que pensar, y para confiar en lo que pensamos, es necesario llevarlo a la práctica en un binomio ensayo-error, absolutamente imprescindible.

Opinar, como mentes cautivas, lo que otros opinan, es “hablar por boca de asno” desde el abismo crecido de la estulticia, bajo la sinrazón reforzada día tras día.

Por todo lo anterior, es hora de tomar las riendas y decidir que tan real y tan grande es nuestra racionalidad como nuestra emotividad.

Y somos dueñas exclusivas de ambas.

Eso, por sí solo, es ya un planteamiento revolucionario.

Dueñas de lo que hacemos con nuestros cuerpos y de cómo determinamos cubrirlos, abrigarlos o adornarlos.

No existe expectativa ajena a la que complacer si traspasa los límites de nuestra salud física y mental, o de nuestros deseos.

De otra forma, pagaremos un precio muy caro y aciago.

La ausencia de realismo que en esta sociedad y en otras, se da sobre la relación cuerpo y edad, arrastra a la mujer hacia unas contradicciones caóticas a través de unos mandatos sociales extremadamente locos.

Se nos exige negarnos y culpabilizarnos a nosotras mismas por un hecho tan natural y enriquecedor como es el paso del tiempo.

Mas quien se niega se ningunea.

Nuestra apariencia ha de ser siempre joven, perfecta y, eso sí, avergonzada por no disimularlo más y mejor.

Hemos de ser gráciles primaveras irreales y algo mentirosas, no tomarnos en serio a nosotras mismas y permitir que tampoco lo hagan los demás.

Por poner un ejemplo sobradamente conocido, se interpreta que a los hombres el pelo blanco les confiere un aspecto más interesante, sin embargo, en una mujer no resulta atractivo y debe disimularlo.

¿Cuestión de gustos?

No, eso viene después de superar las discriminaciones.

Flagrante maltrato, que a muchas les cuesta la vida, es el hecho del tallaje en la ropa.

Nosotras tenemos que caber en la misma talla prácticamente a los veinte, treinta y cincuenta años, si no es así, nos cuesta encontrar prendas.

Problema que no tiene la población masculina.

De nuevo la segregación está presente.

La mayor parte de las empresas ignoran, de forma nada inocente, que nuestros cuerpos cambian con los años y se reparten de distinta manera.

Somos naturaleza y esos cambios son intrínsecos a la vida, están bien y forman parte de nuestra evolución.

Las pasarelas de moda envían desequilibrados mensajes, explícitos e implícitos, vistiendo la anorexia y la bulimia; enfermedades que hunden sus raíces en mitificar un yo ideal despreciando la realidad.

Algo así como una invitación a torturarse para no aceptar que somos seres de carne y hueso, y declarar una sumisión total hacia la búsqueda de aprobación ajena.

Desde un punto de vista económico, es obvio que una producción de tallas más acordes con gran parte de la población, aumentaría exponencialmente los beneficios de este negocio.

¿Cuál es entonces el críptico motivo para que no las fabriquen en serie?

Desgraciadamente, la razón es que no sólo se dedican a vender ropa, sino que,  incluso por encima de sus pingües ganancias, venden ideología.

El machismo, como conjunto de creencias en las que se atribuye al hombre más poder que a la mujer, no es más que una ideología distorsionadora para mantener el control patriarcal.

Tal y como lo es cualquier dictadura de un tirano para conservar su despotismo privilegiado, donde se inventan ad hoc creencias estúpidas, irracionales y mágicas.

Consiguientemente,  la moda está hecha, en general, por misóginos (tanto ellos como ellas), siendo su último fin cumplir con el primer mandato del machismo depredador, que es conseguir que las mujeres se sientan mal dentro de su piel.

No aceptar el propio cuerpo, reprime y coarta la vida afectivo-sexual.

La estrategia de la represión siempre pasa por la no aceptación de la realidad y por crear un policía interno que te recuerde constantemente lo poco  que vales.

De la baja autoestima a la falta de asertividad, no existe màs que un paso.

Lo siguiente es que las personas poco asertivas no luchan ni guerrean, ademàs su sentido crítico lo dirigen sin piedad hacia ellas mismas, de dentro a fuera están ciegas.

Así se fabrica la culpabilidad.

Son cómodas de manipular y cosificar para los sistemas políticos que las crean.

Màs tarde, resulta predecible el ser tratadas y asesinadas como objetos.

Transgredir y desobedecer semejantes tiranías en las que somos infelices, es la consigna.

Superar clichés, modas, exigencias y órdenes, como condición no negociable para alcanzar una justicia igualitaria.

Jamás caer en la falacia de estar pendientes (es decir, depender) del permiso de ningún poder déspota.

Los permisos nos los otorgamos nosotras mismas, sin ninguna duda ni vacilación.

La libertad del cuerpo y el alma, nunca se regala, se conquista siempre.

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