La novela Mírame, de Antonio Ungar, que desde la semana pasada podemos encontrar en librerías, es un compendio, en tan solo 192 páginas de la Francia contemporánea, aunque su temática es extensible al corazón de cualquier capital europea: alquileres caros, desempleo, servicios sociales en deterioro y, como centro de la novela, la inmigración.

El hombre francés que protagoniza y narra el relato deviene, a medida que este avanza, en un ejemplo de la ambigüedad de una Europa que se dirime entre un aperturismo receloso y el resentimiento de una clase media empobrecida, encarnada en este personaje masculino, cuyo nombre desconocemos, y que condiciona las formas narrativas que toma la narración a través de su carácter obsesivo-compulsivo: comienza siendo un diario, pero también se transforma en enumeraciones de rutinas dominicales -“13) Emocionado, como cada domingo a las 11.15, ver por el vano estrechísimo el humo que sube por el patio y que se pierde en el rectángulo perfecto del firmamento”- o relaciones detalladas de la ropa que viste la joven paraguaya a la que espía (no en vano la novela se titula Mírame, en alusión al estrecho espionaje, con micrófonos y binoculares, que el narrador protagonista ejerce sobre su vecina). También el lector encontrará otras formas narrativas que solo podrá interpretar en el contexto, innovadoras y claves para entender completamente el argumento.

En ese sentido, Mírame es una novela que sabe descansar sobre la forma y el argumento a partes iguales, incluso dando un poco más de visibilidad a la primera.

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