Ningún diletante del punk, de las subculturas y de lo bizarre en general debería pasar por alto el magnífico documental Dressing for Pleasure (1977), veinticinco aprovechadísimos minutos en los que John Samson, anarquista recalcitrante y cineasta maldito, hace entrevistas y filma en plena acción a la fauna más heterodoxa de la escena sado y fetichista del Londres de la época. Gran parte del metraje está dedicado a Sex, la tienda que Malcolm McLaren y Vivienne Westwood regentaban en King’s Road, donde los gourmets londinenses del látex, el cuero y los complementos BDSM acudían a dejarse las libras esterlinas y abastecer sus fondos de armario. Sin embargo, por lo que Sex ha pasado a la historia es porque se constituyó en cantera y punto de encuentro para la naciente generación de punk y new wave británico. No en vano McLaren era el manager de los Sex Pistols; algunos de sus componentes (Glen Matlock y el mismísimo Sid Vicious) trabajaron en algún momento en la boutique (así como Chrissie Hynde de The Pretenders).

Independientemente de lo que hicieran en la cama, todos ellos se apropiaron de la estética transgresora que se respiraba en la tienda para darle un toque de rebeldía nihilista a su imagen personal y artística (planos que en esta gente eran intercambiables). De este modo, los collares de perro, las cadenas y la ropa de cuero con tachuelas dejaron de ser cosa de raritos para devenir fenómeno de masas, nuevo alimento para esa bestia insaciable y caprichosa que es la moda.

Se ha criticado mucho a McLaren y a Westwood porque instrumentalizaron desde su nacimiento el punk británico y lo convirtieron en una máquina de vender ropa y merchandising; lo que aparentaba antisistema y contracultural sirvió para hacerles inmensamente ricos. “Cash from chaos” fue uno de los lemas de McLaren, escrito con flores al pie de su sepultura cuando lo enterraron en 2010. Hay alguien a quien, en todo caso, podemos considerar libre de pecado y de quien no tenemos duda sobre su autenticidad: la dependienta de Sex, que dentro de aquel círculo se convirtió en una figura más icónica aún que las estrellas del rock que le compraban complementos. Algunos consideran, de hecho, que ella sola se inventó, por cuenta propia, la estética del punk. Ahí es nada. Hablo de Pamela Rooke, alias Jordan. Hoy, al contrario que su exjefa la Westwood, Jordan no es inmensamente rica. Pasados sus años locos, se gana la vida humildemente criando gatos birmanos.

Jordan in SEXLa carismática presencia de Jordan se come la pantalla en el documental de John Samson. Cuenta sin complejos frente al objetivo cómo, con total naturalidad, no podía parar de provocar y marcar tendencia vistiéndose de zorra futurista, cosa que hacía ya fuera a una fiesta de modernos o a comprar el pan. Una de sus señas de identidad era una exagerada sombra de ojos prolongada transversalmente hasta las sienes, en forma de antifaz de mapache. Este maquillaje se convertiría en emblemático para la estética cyberpunk cuando, años después, el estilista Michael Kaplan lo aplicara sobre el rostro de Daryl Hannah como la replicante Priscilla Stratton, “Pris”, en Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Toda la imagen de Pris guarda un parecido más que sospechoso con el vestuario kinky de Jordan: collar de perro, botas altas, cardado oxigenado y un catsuit de lycra semitransparente, desgarrado a carrerones, que le ciñe todo el cuerpo. He encontrado una foto de Jordan en los setenta que la muestra acurrucada entre maniquíes en el escaparate de Sex. ¿No es una anticipación visionaria de la escena que presenta a la mortífera Pris de Ridley Scott entre los muñecos de J. F. Sebastian? El imaginario de la ciencia-ficción contemporánea quiso ver a los replicantes rebeldes de un futuro distópico como punks pasados de rosca. La Pris de Blade Runner es una prostituta cyborg (“basic pleasure model”) de instintos asesinos, una fantasía peligrosa que domesticamos conjurándola sobre el celuloide. No es casual que su aspecto tan heterodoxamente hipersexualizado provenga directamente de las mismas catacumbas fetish de las que salieron iconos como Siouxsie o Adam Ant.

Esta no es la única forma en que la escena fetichista de los setenta influenció la estética de la ciencia-ficción contemporánea. En los planos de Dressing for Pleasure desfilan también amantes del látex enfundados en trajes-armadura de reluciente plástico negro, combinados con capas de amplio vuelo inspiradas en los clásicos impermeables Mackintosh, y con la cabeza enclaustrada en herméticas máscaras de breathplay, a medio camino entre caretas antigás y rostros de robot de serie B. Estos conjuntos tan peculiares son obra de John Sutcliffe, diseñador de moda en plástico y factótum de la revista de culto AtomAge. Frente a tal estampa, un espectador poco avisado se preguntará qué hacen esos tipos disfrazados de Darth Vader. Seguramente le sorprenderá saber que Star Wars aún no se había estrenado.

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