Exhausto, cansado de los malos tratos recibidos sin desmayo y con inquina por sus carceleros, enfermo, agotado de dar tumbos de cárcel en cárcel, pero siempre ilusionado con una luz cegadora que nunca ya llegaría a ver, el poeta de Orihuela Miguel Hernández siguió pensando hasta el último suspiro en su segundo hijo, Manolillo, que a su vez después dejaría constancia también de su pena por la ausencia del padre en las lágrimas cuyo rastro que aún se pueden apreciar en el libro de cuentos que el poeta le tradujo del inglés entre barrotes para intentar regalárselo en mano. Ni siquiera eso le dejaron sus verdugos.

El 28 de marzo de hace 75 años moría a los 31 años de edad en la cárcel de Alicante el poeta Miguel Hernández, la voz del pueblo, la voz del campo, la voz del alma desnuda contra la barbarie. Durante sus últimos días de vida decidió dejar escritos en papel higiénico cuatro cuentos dirigidos a su segundo hijo, Manuel Miguel, Manolillo, nacido el 4 de enero de 1939, un niño al que sólo pudo conocer a través de los barrotes de las rejas poco antes de morir. Estos cuatro cuentos son: El potro obscuro, El conejito, Un hogar en el árbol y La gatita Mancha y el ovillo rojo. En este último, posiblemente lo último que escribió antes de morir en la cárcel, finaliza con un poema: “Porque el gato más valiente / si sale escaldado un día / huye del agua caliente / pero, además, de la fría”. En una de sus numerosas cartas dirigidas a su esposa Josefina Manresa, el poeta le expresa su principal deseo, más allá de un plato de pescado guisado: “Yo quiero ver a mi hijo y a mi hija y dar al primero un caballo y un libro con dos cuentos que le he traducido del inglés”.

Manuel Miguel, el segundo hijo que el poeta vio solo unos instantes desde la cárcel antes de morir.

Nórdica Libros ha presentado una exquisita edición ilustrada por cuatro artistas gráficos (Sara Morante, Adolfo Serra, Alfonso Zapico y Damián Flores) con los cuatro últimos cuentos escritos por el poeta y dirigidos a Manolillo, su última creación literaria antes de caer abatido por la tuberculosis después de malvivir de cárcel en cárcel maltratado por los franquistas. Estos relatos fueron publicados por primera vez en dos tantas: dos de ellos en 1988 y los otros dos en 2010.

El encuentro cara a cara de Miguel Hernández con su segundo hijo lo recordaba mucho tiempo después su viuda, Josefina Manresa: “Transcurrió un mes así hasta que por fin lo pude ver. Lo sacaban entre dos personas que no sé si serían presos, cogido del brazo y lo dejaron agarrado a la reja. Llevaba un libro en la mano, eran dos cuentos para su hijo que él había traducido del inglés. Al terminarse la comunicación quiso darle él por su mano el libro al niño y no lo dejaron, como era su deseo. Así me lo decía en una esquela. Un guardia se lo tomó, y me lo dio a mí. Cuando el niño supo leer lo hice dueño del libro, pero más bien su lectura le hacía llorar al acordarse de su padre. Ahí están los borrones de las lágrimas que caían en las páginas”.

Última página del manuscrito de La gatita Mancha y el ovillo rojo, posiblemente su última creación, escrita en papel higiénico.

Lo demás ya solo es emoción contenida, historia y mucha literatura, la que guarda la obra de un hombre que, verso a verso, edificó un monumento inconmensurable e imperecedero a la libertad. “En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba. / Pero tu sangre, / escarcha de azúcar, / cebolla y hambre”. Es solo una estrofa de un poema universal, pero, como ese guiso de pescado con el que soñaba para reponer sus maltrechas fuerzas desde la cárcel, recoge toda la esencia de su arte.

 

 

Cuentos para mi hijo Manolillo

Miguel Hernández
Nórdica
72 páginas
18 €

 

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