Volvió como vuelve cada año: sin perder la sonrisa y con sus manos
llenas de versos. Poemas que escribe en folios con letra grande, por si
la vista le pasa una mala pasada, por si le falla la memoria, por si en
algún segundo la palabra que rima se olvida. Por si acaso… Pero ese
por si acaso no llega. Demasiada vida, demasiada experiencia y
trayectoria a sus espaldas, demasiadas emociones las que provoca el
poeta, Miguel, Miguel Hernández. Otra vez, las que sean necesarias. No
llega el olvido de los versos porque no quiere olvidarlos, porque se
convierten en música dentro de su cabeza, porque no se cansa de
recitarlos, acá o allá, donde sea, porque aquel poeta, del que dice
que es ” bueno y bondadoso”, ocupa un lugar en su corazón.
Volvió como vuelve cada año, desde siempre, desde hace tantos. Con sus
canas que recuerda aquellas otras, las irreales, cuando había que
disimular su juventud; con la misma figura de caballero de ese conde que
le dio fama, el de Montecristo, y con el que también tuvo sus
desencuentros. Amores y desamores. Odios y reconciliaciones. Como la
vida. Como Miguel. Un pasado que se llena de presente cuando aún se le
acercan unos y otros, hombres y mujeres, y le recuerdan aquellas
imágenes en televisión en blanco y negro. Pero ahora no toca, no.
Viene con sus versos impresos para recordar al poeta muerto hace ya nada
menos que 75 años, en Alicante, en aquella cárcel fría y llena de
injusticias. Y después de tantas y tantas y tantas, ¿diez, doce,
catorce? Aquellos días tristes en que no dejó de escribir mientras la
enfermedad le iba quitando todas las fuerzas, todo, menos la libertad. Y
vino para recordárnoslo, para recitar esos poemas, inolvidables, que
encierran sentimientos, dolor, rabia, dulzura.
Se preparó su vaso de agua y una silla para estar cerca de los alumnos
de los cursos de verano. Que no calle la voz; que siga cerrando sus ojos
y lance los versos al aire; que hable una y dos y mil veces del poeta de
Orihuela que luchó por sus ideales, por ser libre y que estuvo en las
trincheras desde donde escribió crónicas de guerra. Miguel, Miguel
Hernández. Y se escucha un poema tras otro poema mientras algo se
remueve. Y su voz, esa voz.

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