El Modelo ha logrado que España sea de los países en donde más ha aumentado la desigualdad durante la denominada crisis. Antes de su inicio, el 20% más rico tenía una renta aproximadamente 5,6 veces más elevada que el 20% más pobre. Otro de los éxitos del equipo económico de Rajoy es haber elevado esta cifra a 6,8% en 2014.

Daño colateral es un término utilizado por diversas fuerzas armadas para referirse al daño no intencional o accidental, producto de una operación militar. El término comenzó siendo un eufemismo acuñado por el ejército de los Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, y puede referirse a fuego amigo o destrucción de civiles y sus propiedades. Eufemismos aparte, esta denominación se populariza cuando llega al público durante la Guerra del Golfo Pérsico en 1991 durante los informes militares televisados, y era utilizado para referirse a las víctimas civiles durante el bombardeo de Irak. La dificultad para diferenciar ficción con realidad, cuando se difunden imágenes sangrientas básicamente por TV, un medio “frío”, tiene bastante que ver con la banalización de la violencia.

Sería adecuado recordar lo que escondemos en las cunetas de nuestra historia. Durante la dictadura de Francisco Franco, a partir de 1939, se practicó el terrorismo de Estado, donde, entre otras acciones, se fusiló a más de 50.000 ciudadanos por diferencias políticas, etc. y encarcelaron otros cientos de miles. De acuerdo a publicaciones de historiadores de la talla de Julián Casanova o Paul Preston, y precisamente de este último en su libro “El holocausto español”, la cifra aproximada es de 150.000 víctimas inocentes a manos de los sublevados. En 2008, el recuento del juez Baltasar Garzón sobre la represión en zona nacional reunió 143.353 víctimas. ¿Daños colaterales? La Historia está repleta de episodios sangrientos. Las victimas miran desde las cuencas vacías de sus calaveras la industria del entretenimiento que se ha montado a su costa. Sin llegar en todos los casos a esos extremos, la categoría de circunstancias dramáticas que rodean a la vida de muchos europeos, también se difunden con verdadera falta de consideración a la dignidad humana. Los refugiados nos recuerdan la decadencia de esta Europa de los mercados que negoció en la sombra el TTIP.

La política comunicativa basada en los sucesos, sangre y sexo, es contribuyente de la desvinculación entre ficción y realidad. Las personas terminan “insensibilizándose”, “deshumanizándose”, frente al fenómeno de las catástrofes humanitarias. Sean estas derivadas de conflictos bélicos, fenómenos climatológicos o exterminios religiosos o étnicos. Las personas siguen comiendo su hamburguesa mientras los telediarios muestran sin pudores las entrañas de las víctimas. El riesgo de descontextualizar los escenarios, en dónde se desarrollan estos acontecimientos, suele tener que ver con lo efímero del “time prime”. La memoria colectiva es frágil. De eso saben bien los expertos en campañas políticas. Los accidentes del Metro de Valencia y del Alvia se taparon con misas, además de dificultar las investigaciones de la Justicia.

El Movemento Galego de Saude Mental indicó en una conferencia de prensa que según los cálculos de un grupo de especialistas, el año pasado hubo en Galicia 390 víctimas de suicidio, lo que representa una tasa de 14 por cada 100.000 habitantes, muy por encima de la media de España. La Comunidad con la tasa más elevada es el Principado de Asturias que, según datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2013 hubo un total de 333 muertos, lo que supone una incidencia de 12,3 por cada 100.000 habitantes, cuatro puntos por encima de la media del conjunto de España. Estas víctimas se derivan de las decisiones para recortar y. así, aplicar el Modelo, a juicio de esta Asociación de Galicia.

Para qué hablar de las carencias alimentarias y sanitarias a las que pretenden llevarnos los defensores del Modelo. Ridiculizan los informes de Caritas y otras organizaciones semejantes. Invisibilizan que los recortes que ya han pactado en Bruselas, estando en funciones, agravarán la situación incrementando las víctimas. En tanto, la Justicia se ha vuelto ignorante de este estado de cosas. Parece ser que es una cuestión de mayorías de ultracatólicos, con lo que eso conlleva.

En otra categoría, también debemos ubicar a los cronistas y literatos que procuraron y procuran capturar para la posteridad su sufrimiento, o el de los demás, y el momento histórico en el que tuvieron lugar. Preservan la “memoria”. Los que “producen” autobiografías exculpatorias, constituyen otra categoría de personajes. Me reservo la opinión, no dispongo de todos los elementos.

Traslado para el centro de estas ideas a aquellos que tienen por cometido banalizar el dolor en aras del mero entretenimiento. Contribuyen a la idea extendida de que la ficción suplanta a la realidad. Se constituyen en operadores, o se convierten en defensores extremos de los causantes de los males de vastos sectores ciudadanos. En la mayoría de los casos, sin embargo, son vulgares cómplices del encubrimiento de la sangrante realidad cotidiana. Por publicarlo morbosamente, o por ignorarlo ignominiosamente. Cuando una persona es maltratada y su caso se expone ante las audiencias con el mero propósito de incrementar el rating, o se convierte en un tema de debate de personas con una competencia cuestionable en la materia, simplemente se consigue degradar la condición humana. La aparente suplantación, a través del espectáculo de debates televisivos, de la responsabilidad de las instituciones creadas a tales fines, supone una evidencia del fracaso de ambas. Esos programas, a su vez, configuran una “válvula de escape” para liberar las tensiones sociales desencadenadas.

La visión maniquea de las audiencias, ya fue tratada por Roland Barthes en su magnífico ensayo “Mitologías”. Según este autor, el mito, es un habla despolitizada, pero que oculta el propósito de naturalizar las condiciones sociales de existencia, que siempre responden a los intereses de unos pocos. En este trabajo, en una de sus reflexiones, procura resolver la representación de las ideologías enfrentadas en la metáfora del cacht, la lucha libre profesional y folletinesca: “¿Qué es, entonces, un canalla para ese público compuesto en parte, pareciera, de informales? Esencialmente un inestable que sólo admite las reglas cuando le son útiles y transgrede la continuidad formal de las actitudes. Es un hombre imprevisible, por lo tanto asocial. Se refugia detrás de la ley cuando juzga que le es propicia y la traiciona cuando le es útil hacerlo; unas veces niega el límite formal del ring y continúa golpeando a un adversario protegido legalmente por las cuerdas, otras restablece ese límite y reclama la protección de lo que un instante antes no respetaba”.

Esta metáfora puede ser aplicable a políticos, tertulianos o periodistas. Para culminar: “El golpe prohibido se transforma en irregular cuando destruye un equilibrio cuantitativo y perturba la cuenta rigurosa de las compensaciones; lo que el público condena no es la transgresión de pálidas reglas oficiales, sino la falta de venganza, la falta de penalidad. Por eso, nada más excitante para la multitud que el puntapié enfático dado a un canalla vencido;…”

Los debates y otras modalidades reúnen una buena parte de estas características. Personalmente creo que el control que se ejerce sobre los medios de comunicación, por la vía de la financiación o las licencias de nuevas emisoras, intenta resolver esa cuestión. Canaliza la ira popular hacia un abismo de impotencia en su expresión. Comercian con el dolor, pero no contribuyen a mitigarlo. Puro espectáculo. Poco rigor. Pocas propuestas. Banalidades, en suma.

Ello es aún más, cuando las próximas convocatorias electorales exigen que desde el gobierno se emitan mensajes positivos como un mantra. Dentro de los canales que los difunden, la TV tiene una responsabilidad determinante. En este medio son contados los casos de ejercicio periodístico que resuelve el sentimiento de injusticia que acumula el ciudadano medio. Para compensar llevan a cabo entrevistas que son ejemplo de una degradación de la profesión: no buscan la verdad, enaltecen la mentira del relato construido. Por ejemplo, cuando las medidas adoptadas día tras día en toda la legislatura, por el gobierno actual, que son fuente de pena y dolor para amplios sectores de españoles, los asesores lograron convencer a Rajoy de presentarse ante los medios de comunicación. De este modo, pareciera que se procuran justificar de tales efectos perversos mediante declaraciones escalonadas a diferentes programas de radios y televisiones, siempre entre algodones. Pero no es al único al que cuidan.

El resto de medios, con tímidas precisiones sepultadas por entusiasmos de periodistas complacientes con el poder, procuran mantener la fidelidad de sus oyentes, con entrevistas menos críticas, o más amables, según las conveniencias de los que deciden. De entre todos, los “medios del sistema”, no lo tienen fácil para evitar la fuga de lectores que soporta su medio. Alguna razón habrá.

La pregunta que me viene ahora es, ¿qué propósito persiguen aquellos periodistas que sólo muestran el lado sórdido del drama humano sin apuntar a los responsables que han producido esas víctimas? ¿Cuál es el cometido por el que se solazan con la pena y el desencanto desde la confortable marquesina de un plató televisivo o en un estudio radial, sin formular propuestas esclarecedoras para descubrir a los causantes del mal o, al menos, resolutivas de las consecuencias de políticas restrictivas? ¿Este es el periodismo que nos merecemos? Tal vez la respuesta sea “sí”. En ese punto, el dolor se habrá convertido en mercancía y nosotros en víctimas. Recuerdo a Ayn Rand cuando afirmaba que: “Potencialmente, un gobierno es la amenaza más peligrosa para los derechos del hombre: tiene un monopolio legal sobre el uso de la fuerza física en contra de las víctimas legalmente desarmadas.”

Pienso en los gobernantes y miembros de la Justicia que profesan devotamente religiones basadas en los actos de contrición… imagino el peso de su conciencia… y siento pena por ellos. Mientras tanto, las víctimas del Modelo aguardan al 26J.

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