Anorexia y Bulimia son los Trastornos de la Conducta Alimentaria más conocidos y sobre los que más se escribe; sin embargo, no son los que más se dan en la población. Este dudoso privilegio lo ocupa el Trastorno de la Conducta Alimentaria No Especificado (TCANE) que afecta a entre un 3 y un 5% de la población, tanto hombres como mujeres.

Dos ejemplos de los más conocidos Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) los podemos encontrar en el artículo que reciente escribía mi compañera de Diario 16 Vanessa (o Perra Roja de Satán,) sobre la Anorexia, o los libros de Espido Freire “Cuando comer es un infierno” y “Quería volar – Cuando comer era un infierno”, sobre la Bulimia. Sobre estos trastornos hablaré en posteriores artículos.

Cuando hablamos de un TCA nos referimos a un trastorno mental que se caracteriza por la existencia de una conducta patológica en relación con la ingesta de comida, acompañada de una obsesión por el control del peso y fobia a engordar.

Esto también se cumple para la categoría de los No Especificados; así, lo que va a diferenciarlos del resto es el hecho de que, en el momento de la evaluación y diagnóstico, no cumplen con los criterios que especifican los diferentes manuales para que se diagnostique Anorexia, Bulimia o, el recientemente admitido con entidad propia, Trastorno por Atracón.

Se podría decir que estos trastornos son un cajón de sastre, ya que entra cualquier problema con la comida que no tenga cabida en las estrictas definiciones de los trastornos que tienen entidad propia.

Muchos pensaréis que se producen como consecuencia de que vivimos en una sociedad que nos da una imagen distorsionada de lo que es “estar bien” o “estar saludable” y que se reduce, básicamente, a estar por debajo de un determinado número en la báscula, a entrar una talla S o a lucir una buena musculatura. Estos valores se generalizan a toda la población, olvidando las características individuales y dando una connotación enfermiza al concepto de “salud”.

Sin embargo, culpar a la sociedad en la que vivimos y colaboramos en su construcción, es una especie de pensamiento mágico. Es decir, si la culpa la tiene el tallaje de cierta marca de ropa o la imagen de las modelos en la pasarela, por ejemplo, me eximo de mi responsabilidad.

Partiendo de esta base, hay que ver cómo nos relacionamos con la comida. Comenzamos a relacionarnos con la comida desde que nacemos y, conforme vamos creciendo, esta actividad va adquiriendo un valor cultural y de relación con los otros.

En prácticamente todas las culturas y sociedades, todos los eventos se celebran con grandes comilonas: bodas, bautizos, graduaciones, premios,… y hasta los funerales. Y es que, cuando muere un familiar cercano, no faltan en nuestra mesa las comidas que nos traen nuestros vecinos y allegados para calmar nuestra pena. Y así aprendemos a relacionar la comida con las emociones.

Comemos cuando estamos alegres, cuando estamos tristes… y, poco a poco, algunos aprenden que comer también alivia otras emociones que consideran negativas y comen cuando tienen rabia, nostalgia, ansiedad,… Y todo ello nos lo vamos transmitiendo los unos a los otros, así como las ideas distorsionadas sobre la imagen corporal y el peso.

La conducta de controlar lo que se come les ayuda a controlar las emociones que no les gustan. Es decir, parte de una necesidad de control de la vida que se acaba reduciendo a un único aspecto de ésta: la alimentación.

La sintomatología de los pacientes con TCANE es muy variada – demasiado – por lo que su diagnóstico se complica y, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera acuden a consulta, ya que no es ni una cosa ni otra y, por tanto, se piensan que no es nada.

Podríamos encontrarnos a personas que cumplen todos los criterios para el diagnóstico de Anorexia pero que se mantienen dentro de un “peso normal” o, en el caso de las mujeres, tienen la menstruación con regularidad.

Podríamos encontrarnos a personas que se dan atracones de comida con menor frecuencia de lo que especifican los criterios diagnósticos para la Bulimia o que en ocasiones compensan (mediante vómitos, purgantes o ejercicio excesivo) y otras no o que se purgan sin necesidad de haberse producido un atracón.

Uno de los problemas de los TCANE es que la afectación que sufre el entorno (familiar, educativo o social) de la persona que lo padece no es tan grande como en el resto de TCA y, en la mayoría de las ocasiones, pasan desapercibidos.

Las personas con TCANE suelen tener inestabilidad emocional, les gusta controlar lo que ocurre a su alrededor y tienen períodos con peso normal, bajo peso y sobrepeso que se van alternando con relativa facilidad.

Algunos autores y profesionales meten dentro de los TCANE otros trastornos como la vigorexia u obsesión por conseguir un cuerpo musculoso, o la ortorexia u obsesión por los alimentos considerados saludables.

El tratamiento va a ser similar, a grandes rasgos, tanto para los TCA como para lo TCANE:

  • Control conductual y contextual, siendo necesaria la participación de la familia o un contexto de apoyo que ayude al paciente a controlar las conductas problemas. Por ejemplo, se les prohíbe salir con dinero o tarjetas de crédito, ir al baño solos o se da un tiempo mínimo y máximo para comer.
  • Control del peso, sin decirles el valor numérico del mismo.
  • Alimentación: pautas específicas de alimentación saludable, que deben ser puestas por un nutricionista.
  • Psicoeducación: conocer el trastorno y cómo funciona.
  • Psicoterapia: reestructuración de ideas irracionales, educación emocional, habilidades sociales,…

En estos casos, una vez que el paciente acuda a consulta se trabaja el que sea capaz de contarlo a otras personas y busque apoyo, ya que, como se ha comentado, suelen pasar desapercibidos. Esto va a ser algo fundamental en la recuperación.

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