Hace un par de semanas tuve la oportunidad de compartir unos días con alumnos de máster de la Universidad de París-Sorbona. Cursaban el Máster de Estudios Hispánicos, personas interesadísimas, sobre todo, en Historia Moderna de la Península Ibérica. Primero estuvimos en Sanlúcar de Barrameda, en el Archivo de la Casa de los Medina Sidonia y, posteriormente, pasamos los últimos días de la semana en la Ciudad de Sevilla, entre el Archivo de Indias, el Histórico Provincial y la propia Facultad de Geografía e Historia. Lo verdaderamente significativo de este escrito nada que ver tiene con la escuela internacional que refiero, sino con una respuesta que me marcó enormemente.

El ser humano busca relacionarse y conocer a personas de diferentes culturas, posiblemente por su curiosidad a otras formas. Tuve oportunidad de entablar conversación diariamente con un compañero negro, proveniente de un país pobre, alguien del que traigo un buen recuerdo. El primer contacto verbal que tuve con él fue en una de las mesas del Archivo de Medina Sidonia, buscando algún legajo relativo a la Casa de los Vélez en el siglo XVI. Me hablaba de su preocupación por la paleografía, estaba interesado en aprender lo máximo posible para poder hacer una buena tesis doctoral sobre la evangelización de Nueva Granada. Coincidíamos en uno de los pilares esenciales para la investigación histórica y que más problemas suscita entre los estudiantes de esta disciplina, la lectura de escritura antigua. Pude recomendarle un libro maravilloso con el que yo me inicié en este campo, El Arte de leer Escritura Antigua, de Manuel Romero Tallafigo.

De ese primer contacto, surgió un diálogo constante y diario sobre diferentes temas. Me llamó la atención la preocupación que tenía por el dinero frente al resto de sus compañeros, que no estaban escatimando en gastos. El modelo de beca funciona de manera diferente en Francia, de tal manera que los estudiantes españoles ya contábamos con el dinero para esta semana de estudios, mientras que ellos tenían que pagar de su propio dinero, el cual le sería devuelto una vez presentado el gasto que había supuesto la semana.

En una de las conversaciones le pregunté que de dónde provenía, me habló de un país pobre, con una calidad de vida muy por debajo de la europea. Él refleja una de esas personas que se han visto obligadas a madurar antes de lo habitual, una persona que deseaba estudiar y para ello se echó la mochila al hombro y partió a París, buscó un trabajo y empezó a formarse en una de las más primitivas universidades europeas. Mi padre soy yo, me dijo, yo pago mis estudios, mi casa y lo que necesito, por eso no puedo ir como van ellos. Este chico trabaja en un supermercado y cuenta con las horas justas para poder desplazarse de su trabajo a las clases. Se dedica a estudiar y escribir su investigación en la noche.

Apasionado, como otros muchos lo somos, de sus estudios de Historia, pero con una diferencia, no es un erasmus, sino un inmigrante que tuvo que salir de su país para poder optar a una formación de calidad. Aspira a volver a su lugar de origen y trabajar en educación. Humilde, trabajador y siempre sonriendo, un anónimo de veinticuatro años que merece mi reconocimiento.

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