La última novela de la escritora mexicana Carmen Boullosa, El libro de Ana (Siruela), es un ejercicio arriesgado de literatura en estado puro. Toma el recurso del “manuscrito hallado” para acercarnos a la figura de la inmortal Ana Karenina, el gran personaje creado por Tolstói. Un magnífico juego de espejos enmarcado en los años convulsos de principios de siglo XX en la Rusia zarista.


 

¿Qué le llamó la atención de la Rusia convulsa de 1905 para situar allí su historia?

Llegué ahí por necesidad de la narración. Había intentado “contar” que el libro de Ana aparecía poco después de su muerte, con Sergio aún niño, y que su manuscrito era cercano al que leyeran Stiva (Oblonski, su hermano) y un editor (y también escritor). Lo escribí en verso, pensando en un libro para jóvenes –porque en la novela de Tolstoi, Stiva así la describe–, y queriéndole hacer también un homenaje a Pushkin – su hija fue la inspiración final para el personaje de la Karenina. Terminé la versión y acepté que no cuajaba. Imaginé entonces que el libro de Ana tenía que aparecer cuando Sergio fuera más o menos de la misma edad que tenía Ana al morir. Cuando vi que podía coincidir con el Domingo Sangriento, la inmensa manifestación lidereada por el Padre Gapón, me fue irresistible “encontrar” el manuscrito de Ana en medio de esa turbulencia. Ahí nació el personaje de Clementine –la terrorista–, la conexión entre el personal de servicio del Palacio Karenin, y el centro de la trama. Y por la corriente que el Domingo Sangriento arrastraba, se fortaleció la posibilidad de que la última versión del libro de Ana estuviese “cargado” de opio –el láudano al que la Karenina recurría todos los días para coinciliar el sueño, y que teñía el ánimo de esa mujer–. Si las páginas de Ana, ensopadas de opio, contagiaban la realidad de la que mi novela hablaba –agitada, turbulenta–, entonces yo podía escribir también de una manera alterada. Mi novela tiene el ánimo alterado, tiene láudano entre renglón y renglón.

 

¿Es cierto que las historias llaman a las puertas de los escritores sin esperar su visita o todo es más concertado de lo que parece?

Las dos argumentaciones son igualmente ciertas. Si no trabaja el escritor, buscando, imaginando, leyendo, concertando, y sobre todo escribiendo, no hay “llamado” o “aparición”. Pero si no hay “llamado”, la disciplina no sirve de nada. Mi sensación al final es que uno se encuentra una novela (o un cuento), y que desnudarlo y hacerlo visible es un asunto de paciencia – más labor de arqueólogo que de inventor-.

 

Personajes que se convierten en personas, personas que son personajes… Un juego literario arriesgado pero apasionante. ¿No cree?

Sí fue apasionante. Además, no resisto optar por lo arriesgado. El riesgo es lo mío, caminar sobre la cuerda floja. Eso es vivir, a mis ojos. Y a mis ojos, eso es también escribir.

 

¿Ha sentido algún temor o responsabilidad extrema a la hora de emprender una aventura como esta de ‘resucitar’ el alma de una heroína inmortal de la literatura universal como fue la creada por Tolstói?

Temor, sí. Atracción irresistible, también. Aún así, aunque sea inmortal (y la novela de Tolstói genial) es un personaje que no me es del todo simpático. No hubiera podido escribir El libro de Ana si no fuera porque la Karenina en cierto grado me desagrada. Esa combinación –sentirse imantada, atraída, y sentir simultáneo rechazo– me permitió, me obligó, a escribir desde ella, o con ella, o contra ella, o hacia ella.

 

¿Quién fue, quién es Ana Karenina para una escritora del siglo veintiuno como es Carmen Boullosa?

Ana Karenina es (no diría fue, porque como bien la llamas es inmortal), como Doña Bárbara, una figura viva, parte del imaginario colectivo de XX y del siglo XXI. Yo no soy tanto del XXI, soy más bien del XX, pero sobre todo, por instinto, soy del XIX. Y ahí, desde el XIX, me pareció que no podía dejar el libro que ella escribió en el silencio. Mis colegas, las escritoras del XIX, han sido casi todas borradas. Por ejemplo, la divina Marietta de Veintemilla, la ecuatoriana, ¿quién se acuerda de ella? Nadie. Es por el rescate de mi gremio que escribí ese libro olvidado (aunque de ficción, existió). No se le recuerda ni aunque haya sido escrito por un personaje monumental, como la Karenina. Así que lo escribí, para acercármele y recordarlo.

 

El recurso literario del “manuscrito hallado” ofrece infinitas posibilidades desde el mismo Cervantes hasta hoy. ¿Dónde reside ese encanto imperecedero?

El recurso es más que una tentación, de muchas maneras. En la ficción, y en la vida real, también, por ejemplo pienso en los moriscos y sus libros plúmbeos. Después pienso en los “hallados” continuos –la correspondencia entre Gabriela Mistral y su compañera, por ejemplo–. La vida está llena de manuscritos escondidos. Mínimo, como escritor, uno quiere darles tinta (o su equivalente).

 

¿Qué opinaría Tolstói de que “resucite” el mito de Ana Karenina en su hijo Sergio y su esposa, e incluso que él mismo tenga una aparición estelar?

Si es verdad (como lo creo) que cuando uno llega al Más Allá los que están de ese otro lado le cobran a uno cuentas pendientes, me espera una eternidad empedrada, pero atractiva. Tolstói me hará reclamos, lo mismo Cervantes: también le tomé un personaje, hace unos años, su gitanilla, para recontar su historia (en La otra mano de Lepanto). He hecho otras. ¿Qué más puede uno pedir como escritor que un clásico le hable, así sea porque está enfadado con uno? Como lectora me esperan muchos reclamos también, como a cualquier otro lector: uno da vida diferente en cada lectura a cada libro. Me perseguirán en el Más Allá mis favoritos. Eso es tener suerte. Muerta estaré viva.

 

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El libro de Ana

Carmen Boullosa

Siruela

190 páginas

15,90 euros

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