Mi nombre es lo de menos, porque mi historia, quitando las particularidades, podría ser la historia de cualquier niña, de casi cualquier país del mundo, de cualquier provincia, ciudad o pueblo.

Yo crecí felizmente, rodeada de comodidades, de una familia unida que me quería, jugando… mi infancia está llena de risas y sueños, de amor, de cambios, pero sí, sobre todo de recuerdos felices.
Hay veces que esa felicidad dura mucho tiempo, hasta que la adolescencia viene a despertarnos de ese sueño infantil, hay otras, como mi caso, que un suceso te despierta de golpe, te arranca las últimas bocanadas de niñez y te obliga a crecer , marcando, por desgracia, el resto de tu vida.
No quiero poner fechas a lo ocurrido, porque de poco sirve, solo diré, que aquella noche de febrero, yo tenía 10 años.
Fue en una ciudad del sur, una noche tras salir del teatro, allá por febrero, bendito febrero, maldito que fue aquel para mí.
Esa noche estábamos mis padres, mis tíos, mi prima y yo.

 

Mi prima y yo habíamos estado correteando, cantando, jugando, haciendo de las nuestras en un bar mientras los mayores, mis padres y mis tíos, cenaban; llegamos a casa, y nos mandaron ponernos el pijama, era hora de dormir, como cualquiera con esa edad , odiábamos ir a la cama.

En aquel dormitorio, había tres camas, una litera y frente a ella una cama individual. Mi hermano mayor, dormía en la cama individual, mi prima en la litera de abajo y yo arriba. Mi hermano, aquella noche, y debido a que era mayor, se acostaba más tarde, podía estar más tiempo con sus amigos.

Mi tío, el padre de mi prima, vino a ver como estábamos y su hija le pidió que le rascara la espalda hasta quedar dormida, yo, con esa inocencia que aun guardaba, le pedí lo mismo.

Mi prima cayó a los diez minutos y entonces me tocó a mí, maldita noche, maldita inocencia, maldita confianza…

Ese hombre comenzó acariciando mi espalda, y todo iba como debía ir, pero algo cambió en aquel momento, “date la vuelta”, me dijo, “así puedo hacerte cosquillas en la barriga”, lo decía mientras tiraba de mí hacia él para que me girara, y sí, yo lo hice. Ahí empezó una pesadilla que se alargaría por más de un año. Al estar boca arriba sus manos no acariciaron solo mi barriga, también comenzaron a acariciar mis pechos, mi ingle, todas esas zonas erógenas que yo no quería que me tocara nadie aún. Él rompió esa barrera de confianza, partió mi inocencia, me robó mis últimos días de infancia. La primera vez que alguien me tocó, fue sin permiso, fue indeseado, fue una pesadilla incomprensible para mi cabeza de diez años.

Duró demasiado, por miedo a romper una familia, por miedo a que nadie me creyera, por miedo a que fuera culpa mía, por miedo a estar loca, por miedo a que dejaran de quererme, por miedo a dejar a mi prima sin su padre… por miedo… ¿Qué más da a qué? Él era una figura de autoridad para mí, alguien que sabía, supuestamente, qué era mejor para mí, me había visto crecer junto a su hija, me había tenido en brazos cuando empezaba a respirar y ahora me arrancaba ese aire.

Yo cerraba los ojos, pensaba que si el creía que dormía, entonces aquello pasaría, se iría antes, pero no, nunca fue así, y cada vez , sus sucias caricias duraban más tiempo, cada vez se acercaba más a mí…

Cuando acababa, arropado por el oscuro silencio de la noche, frente a una ventana que había en el cuarto donde yo dormía cuando me quedaba en casa de mi prima, él se erguía orgullo ante la luna y como un lobo, de esos que me acechaban en mis pesadillas infantiles, parecía aullar. Ahí, frente a esa ventana se quedaba un rato de espaldas a mí, yo observaba pidiendo a quien fuera que me oyese, que lo dejase ya por aquella noche.

Una de las culpas que llevas encima mientras sucede, es esa de no ser capaz de hablar cuando tu prima te pide que vayas a jugar a su casa, que te quedes a dormir. Le dices que no crees que tu madre te deje, y miras a tu madre esperando que ella entienda tu súplica, pero no puede entenderla porque ni imagina lo que sucede, ni si quiera su mente adulta es capaz de imaginar que eso le puede estar sucediendo a su hija.

Al final, cuando una noche te despiertas en una cama ajena a la tuya, con un hombre tras de ti que te echa su aliento en tu nuca, cuando un escalofrío recorre tu cuerpo y piensas “¿Qué me va a hacer más¿Durante cúanto tiempo más?” Cuándo temes la respuesta y a la vez todo tú ser la sabe, empieza a superarte ese miedo primigenio, empiezas a temer más por tí que por lo que los demás piensen de tí, y entonces, cuando la desesperación llama a tu puerta, cuando sabes que eso no va a acabar nunca, por mucho que reces, grites o llores en soledad, solo entonces comienzas a hablar.

Primero se lo cuentas a una amiga, a tí que me ayudaste a llamar por teléfono a aquel número para casos de abusos en la infacia, durante aquel verano, a tí que fuiste la primera en decirme que no fue culpa mía, a ti que aunque te vea poco te quiero como a una hermana, gracias.

Después, cuando alguien que no eres tú, alguien ajeno te confirma que aquello no está bien, que no es normal, ya por diciembre , te atreves a contárselo a tus padres. La primera reacción es la esperada… ” ¿Estás segura? Es muy grave ” , por desgracia sí, estoy segura, no dura mucho la duda y a mi padre se le parte el corazón y yo puedo sentirlo… ellos eran uña y carne y para mi mente infantil “por mi culpa van a dejar de serlo”.

Mi padre, con su dolor, fue quien se enfrentó a él en el salón de mi casa, mientras mi madre y yo , arriba callábamos. Yo estaba muy mal, nerviosa… pero al menos sabía que no volvería a ocurrir aunque el camino que me quedaba por recorrer, era largo, muy largo.

Él lo negó todo, que yo me lo inventaba, dijo, le echó la culpa a mi gran imaginación, a mi edad, a Dios sabe qué, pero a mí, la culpa, al final, era mía.

Mi madre, por su parte, se encargó de que lo supiera su hermana y ante ella sí lo admitió y ella decidió perdonarle.

Hoy, dieciocho años después, siguen casado, mi familia lo sabe, todos menos mis abuelos que son mayores, y él sigue siendo “de la familia”, para su mujer, para su hija, para las hermanas de mi madre… a veces me da la sensación de que creen que soy yo la “mala”, la que no perdona… Se equivocan, no es cuestión de perdón, aunque perdonar sea divino, una acaba por superar todo aquello, no, no es cuestión de perdón. Hay una parte dentro de ti, aunque lo hayas superado, que se revuelve por dentro cuando está cerca, que recuerda el miedo, las pesadillas, la angustia, el dolor…

Yo no decidí que pasará, nunca le dí mi consentimiento, nunca lo quise, nunca podré recordarlo como un mero episodio más de mi vida… y aun así, aunque es mi infancia la que quedó rota, mi vida la que se interrumpió, mis noches las que se plagaron de pesadillas durante años, mis tardes las que se llenaron con citas de psicólogos… aun así soy  yo la que tengo que dejarlo pasar.

El dolor que produce saber que tu familia, no tu padre, no tu madre, no tu hermano… tus tías que también te han criado, piensen que “ya está bien” y que “debes dejarlo pasar”, que no entiendan que no puedas estar en la misma habitación aunque él esté en una punta y tú en otra, que eso produce ansiedad, que no podrías pasarlo bien aunque lo desearas más que nada, porque quien mató tu niñez está allí… duele como puñaladas, enseña mejor que cualquier libro que aun nos queda mucho por enseñar a esta sociedad si la víctima es culpa de la víctima que no pueda comer con su verdugo.

E.B.

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