Junto con los problemas a la hora de la comida, los problemas para que los niños tengan un sueño “normal” son los que más preocupan a los padres y los que más suelen darse en la infancia.

Dormir es necesario a lo largo de toda la vida. Nos ayuda a restablecer el equilibrio físico y mental y, especialmente en niños y adolescentes, ayuda a mantener la atención, consolidar lo aprendido y disminuir las conductas disruptivas. Así, esta preocupación por los problemas con el sueño es normal, ya que estas situaciones trastocan la dinámica familiar y hace que se les preste una atención, en ocasiones, excesiva a los problemas; y ello sólo consigue que aumenten o se mantengan en el tiempo.

En general, el tiempo que le dedicamos a dormir va disminuyendo. Así, pasamos de las 16 a 18 horas que le dedica un recién nacido a las 11 horas de media que le dedican los niños de entre 3 y 10 años. A partir de esta edad y durante la adolescencia la media de horas de sueño se sitúa entre las 8 y las 10 horas, destacando un retraso en la hora de irse a dormir y la hora de levantarse que se suele dar en la adolescencia.

Por un lado, los problemas para irse a dormir o que el niño se duerma durante el día implican que se lleve a cabo un tratamiento fundamentalmente conductual a través de educación e higiene del sueño. Por otro, existen trastornos que afectan durante el sueño. Estos problemas son: sonanbulismo, terrores nocturnos, pesadillas, despertar confusional y movimientos rítmicos (balanceo de cabeza o cuerpo, jactatio capitis o golpes de la cabeza con el cabecero o la almohada,…).

Todos estos trastornos que se producen a lo largo de la noche van a variar en su aparición, existiendo momentos en los que es normal que el niño los realice. Así, cuando creamos que existe algún tipo de problema debemos acudir al pediatra para que nos aclare hasta qué punto puede constituir un trastorno o es sólo una fase por la que pasa el niño.

En la práctica clínica, los psicólogos nos encontramos con que hay una relación muy estrecha entre sacar a una edad tardía al niño de la cama o la habitación de los padres y que, posteriormente, hayan desarrollado algún problema con el sueño.

Esto no quiere decir que a todos los niños que se saque tarde de la habitación de los padres vayan a desarrollar estos problemas, pero sí que hay más posibilidades de que esto ocurra. Así, la edad idónea para sacar al niño o niña de la habitación va a estar en torno al primer año de vida y, preferiblemente, sobre los 6 meses.

También ayuda a su mantenimiento el que no se tenga una rutina de “irse a la cama” bien elaborada o mantenida diariamente. Muchas veces, los padres son más permisivos en fin de semana, lo que hace que no se mantengan los patrones de forma adecuada y, por tanto, los niños van a dormir peor y se verá alterada su vida cotidiana en la escuela, lo que irá creando un círculo vicioso que empeorará los problemas con el sueño. A esta rutina la llamamos “Higiene del sueño“.

Hay que evitar las bebidas con cafeína, sobre todo en la cena, y que no realicen actividades que se puedan considerar excitantes con, al menos, 2 horas de antelación al momento de irse a dormir.

Mantener al niño ocupado y aprendiendo es importante para su desarrollo físico y mental, pero esto no debe hacerse en exceso. Hemos llegado al punto de tener a nuestros hijos todo el día ocupados: colegio, clases particulares, extraescolares, entrenamientos, etc… lo que, más que contribuir al aprendizaje y el desarrollo, los estresa y sobreestimula, pudiendo producir también alguno de estos trastornos del sueño, ya que el cerebro es incapaz de desconectar de esa sobre-excitación. Lo normal es establecer una actividad diaria tras el colegio, con la que puedan disfrutar y aprender.

Por su parte, hacerse pipí por las noches no es un trastorno del sueño, sino un trastorno de la evacuación. Tiene entidad propia y tratamiento propio, aunque su existencia está muy ligada a los trastornos del sueño en niños y adolescentes.

Estos son algunos de los factores influyentes y algunas recomendaciones que los profesionales podemos dar al respecto. Y no hay que olvidar que no hablar de que ocurren estas cosas sólo fomenta que el problema continúe.

(Artículo publicado en la edición impresa de Diario 16. Número 6 – Septiembre)


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