Bartolome de Medina.

Aprovechando que en el mes de octubre tiene lugar el día de la Hispanidad (símbolo institucional del nacionalismo español que conmemora la conquista y sometimiento de gran parte del continente americano), parece oportuno hablar de una de las aplicaciones más importantes que la sal tuvo en la América castellana: la amalgamación de la plata. Si bien los estudios existentes en torno a la extracción e impacto económico de la plata son abundantes y muy antiguos –como los estudios de Martín de Azpilicueta durante el siglo XVI– éstos suelen obviar el papel revolucionario del método del patio y la aplicación de la sal para el despegue de la producción de plata en el continente. A través del presente artículo vamos a intentar reducir el déficit informativo existente al respecto.

 

Colonización y explotación de América

Después de reconocer que la expedición de Colón no llegó a Cipango (Japón), sino que se trataba de un territorio nuevo y desconocido para los europeos, da comienzo una espectacular política de sometimiento y control del territorio. Una carrera, la colonización y establecimiento de las primeras rutas del Atlántico, que de una u otra forma ya habían iniciado portugueses y castellanos en el siglo XV a través del Tratado de Alcázovas-Toledo (1479). No obstante, la nueva realidad americana modificó las condiciones antes previstas y un posterior acuerdo, el Tratado de Tordesillas de (1494), estableció las nuevas áreas de influencia para ambos Estados.

Los castellanos establecieron un férreo control militar al que siguió posteriormente una organización administrativa y política en torno a los virreinatos de Nueva España, Perú, Nueva Granada y Río de la Plata. Bajo esta estructura, que nada tiene que ver con las inestables factorías aplicada por los portugueses, se produce una profundización en el aprovechamiento de los recursos americanos y su población.

Esta estabilidad territorial y organizativa –con sus respectivos altibajos–, permitió que la explotación de la plata fuese un hecho en lugares como Zumpango, Sultepec y Taxco (México), y Porco (Perú). Pero sobre todo sirvió para organizar el mayor movimiento minero que hasta el momento se había dado en el contienen americano a través de las minas de Potosí (1545), y Zacatecas (1546).

Desde entonces el centro de gravedad de la economía occidental cambió de escenario, pasando del Mediterráneo al Atlántico. El mercantilismo encontró en la plata americana el combustible necesario para despegar y convertir a Europa en la punta de lanza del capitalismo. El sistema comercial puesto en marcha, conocido como comercio triangular, permitía distribuir las manufacturas europeas y los esclavos africanos en América y, de paso, volver de allí con materias primas a bajo coste. Un ciclo que se repetía continuamente y que supuso, a través de la explotación sin miramientos de recursos y seres humanos, un acumulamiento de riquezas en el viejo continente jamás vista en toda su historia.

Hacienda de beneficio.

 

Mercurio, sal y el “método del patio”

Para Castilla, de forma directa, y para toda Europa, de forma indirecta –los castellanos costeaban con plata las guerras y los recursos de los que sus reinos carecían–, la plata se convirtió en la principal industria y materia de exportación.

En un principio todo pareció ir sobre ruedas gracias al aprovechamiento de las abundantes vetas de oro y plata nativa superficial. La obtención de ambos metales no requería ni de mucho tiempo ni de elevados costos, de manera que su ritmo de extracción fue elevado. Obviamente este sistema se antojaba circunstancial, pues en la medida en que las vetas nativas superficiales fuesen desapareciendo, la ley de los minerales descendería y, por tanto, los costos de producción se elevarían enormemente. A mediados de siglo XVI ocurrió lo inevitable, el sistema estaba en peligro y requería de una pronta solución.

El Imperio castellano y el naciente capitalismo Europeo quedó en manos, sin él saberlo ni nadie esperarlo, del comerciante Bartolomé de Medina. El sevillano fue uno de tantos acomodados que no desperdició la oportunidad de hacer riqueza y, cuando fuese posible, acumular más. Esta actitud y su contacto con el comercio indiano le permitieron, por una parte, conocer la realidad de allí, y de otra buscar una ingeniosa solución que le llevase a cumplir su deseo de riqueza.

Bartolomé tenía conocimiento del experimental método germano de amalgamación de la plata y el oro sin fundición a través del alemán Maese Lorenzo. El sistema era conocido desde la antigüedad, pues diferentes tratados de Plinio el Viejo o Vitrubio hablan de ello, pero su variante en frío no era aplicado en Europa.

El proceso empleaba mercurio, plata, sulfuro de hierro o cobre y, sobre todo, abundante sal disuelta en agua. La mezcla, tras varias semanas de continuados movimientos, era lavada, de manera que el mercurio y la plata resultante eran separados mediante el calor.

El comerciante sevillano fue por tanto un pionero en su experimentación, primero en su casa recuperando dichos metales presentes en los retales de tejido y, posteriormente, en las americanas minas de Pachuca propiedad del metalúrgico Hernando Rivadeneyra. Tras varios años de trabajo logró dar con la clave y su revolución tecnológica, que permitía obtener plata a bajo coste, estuvo vigente hasta que en siglo XIX se descubre el beneficio por cianuración.

 

La complicada extracción, gestión y distribución de la sal

Con la introducción del método del patio la producción y comercialización de la sal toma otro sentido en América. De hecho, el capital humano presente en américa, tan apreciado por el Imperio para sus trabajos forzados en haciendas y minas, también fueron empleados en las salinas.

Hasta mediados de siglo XVI la producción salina en América era una actividad casi marginal, y consistía en el aprovechamiento de la sal nativus o servirse de la sal importada desde las Islas Canarias. De manera que fue la urgencia por obtener sal para la actividad argentífera la que reactivó el sector salinero en América y lo organizó. Las haciendas de beneficio necesitaban sal de forma constante y, como su ausencia podía paralizar durante semanas el proceso, la legislación castellana se apresuró a regular y garantizar su funcionamiento.

La puesta en marcha de esta actividad no fue nada fácil. Primero hubo problemas con la mano de obra indígena empleada en los trabajos de recuperación de la sal que, conocedores de las duras condiciones (altas temperaturas, la abrasión de la piel, deshidratación, etc…), rehusaban incorporarse a las salinas o se escapaban de ellas.

En segundo lugar debe sumarse un problema logístico relacionado con las distancias entre la salina y la mina que, al tratarse de largas jornadas, hacía poco rentable el transporte de la sal y, por tanto, eran pocos los arrieros dispuestos a colaborar. A demás, la combinación de ambos factores supuso que las explotaciones salinas fuesen poco atractivas para los arrendatarios.

Por otra parte, algunos salineros o comerciantes, sabedores de la importancia de la sal en la amalgama de la plata, se acopiaban de ingentes cantidades de sal para elevar su precio, haciendo así que su consideración de oro blanco tomase valor real.

Pronto surgieron ingenios para las limitaciones de abastecimiento, bien a través de legislaciones que regulaban y sancionaban operaciones, o mediante ingeniosos inventes que permitían recuperar algo de la sal empleada en la amalgamación. Pese a ello la producción de plata siempre estuvo sujeta a los altibajos de la producción salina americana.

 

Sin sal no hay beneficio, ni Imperio… ni capitalismo

El objetivo, a través de estos artículos, es mostrar la importancia de la sal en la historia y cómo sus aplicaciones fueron, en determinados momentos, fundamentales para el desarrollo o consolidación de Estados, pueblos y culturas.

En este caso, la sal desempeñó un papel esencial en el desarrollo de la política económica mercantilista, la consolidación del llamado Imperio castellano y el enriquecimiento de comerciantes, empresarios y prestamistas europeos. Su aplicación en las haciendas de beneficio garantizó, en un momento de crisis productivo, la obtención de plata sin grandes inversiones.

Desde entonces la sal cobró especial protagonismo en América a través de su organización y regulación. Las mimas fueron explotadas por los auténticos sostenedores del sistema, la mano de obra esclava (americana o africana), que garantizaba abundante sal a bajo coste. Esta apreciación fue hecha en su tiempo por Humboldt, de quién no nos podemos esperar una crítica al respecto, sino más bien una apreciación descriptiva del hecho.

Por tanto, debemos considerar que, sin la aplicación de la sal el beneficio de la plata en América hubiese decaído y, dada la dependencia del Imperio y del naciente capitalismo europeo, quizás la historia y el presente actual de Europa sería otro bien distinto.

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