Si a alguien le preguntamos qué es la menopausia, no tardará en darnos una respuesta acertada a nuestra pregunta; pero no ocurre así si preguntamos sobre la andropausia (más conocida con el término vulgar de “pitopausia”) o, en el caso de que conocieran de qué va, se desconocen cuáles son los síntomas que la caracterizan.

La menopausia se caracteriza por llegar con el cese de la menstruación en las mujeres y los cambios en los niveles hormonales que ello provoca. Este proceso forma parte del lento envejecimiento de los órganos reproductivos femeninos.

Por su parte, el (más o menos) equivalente masculino, la andropausia es el resultado de la reducción de la producción y liberación de testosterona y, por tanto, de la función reproductora como resultado del envejecimiento natural del hombre.

La principal diferencia entre ambos es la edad en la que comienzan a aparecer los síntomas. Si bien, en las mujeres la edad media ronda los 50 años, en los hombres suelen aparecer los síntomas (si lo hacen) a partir de los 60 años. Ello trae consigo dificultades en la pareja, por la pérdida del apetito sexual que se produce en ambos casos.

También es verdad que, a la hora de la comparación, la menopausia gana por goleada en cuanto a síntomas físicos negativos se refiere, ya que aunque muchos de ellos también están presentes en hombres, no son tan acusados. Esto ocurre con el deterioro óseo, sudoración excesiva, dolores en la zona pélvica y problemas circulatorios que afectan al aparato reproductor (tumoraciones en el pene, inclinación excesiva hacia un lado,…), entre otros.

Pero es en el aspecto psicológico donde la andropausia puede ganar. Esto ocurre, principalmente, por la falta de información al respecto y porque supone un tabú para los hombres hablar de sus problemas sexuales. De esta manera, la pérdida de potencia sexual o de la líbido sumergen al hombre en un estado similar al de los síntomas depresivos, ya que para la mayoría el no poder practicar la penetración durante el sexo, por un problema que perciben como propio, les lleva a tener un sentimiento disfuncional de pérdida y vacío.

En el caso de las mujeres, aunque también conlleva síntomas psicológicos cercanos a la depresión o la ansiedad, no es un tema tan tabú como el caso de los hombres, lo que les permite buscar ayuda o compartir las situaciones con sus parejas o con gente de confianza, ayudando a reducir los posibles efectos negativos que pudiera tener la llegada de la misma.

En ambos sexos nos vamos a encontrar con irritabilidad, insomnio, fatiga, nerviosismo, ansiedad, cambios emocionales rápidos y numerosos y una afección de la vida en pareja (en todos los terrenos, no sólo el sexual).

Lo más importante es tener información al respecto, acudiendo a profesionales que nos puedan aconsejar y que nos enseñen a saber vivir con los síntomas y a minimizar su efecto en nuestras vidas, sobre todo cuando la relación de pareja o la vida de la propia persona se ven muy afectadas.

Como factores protectores ante estos cambios tendremos:

  • Dieta saludable.
  • Ejercicio físico.
  • Eliminar hábitos tóxicos (tabaco y alcohol sobre todo).
  • Cumplir una serie de hábitos a la hora de dormir (realizar las mismas rutinas antes de ir a la cama).
  • Hablar con la pareja.

En el terreno sexual, debemos hacer sentir cómoda a la pareja y tener en cuenta que la penetración no tiene que ser el fin de todo acto sexual. Igualmente, aunque el orgasmo se supone que es la culminación de la práctica sexual percibida como placentera, siempre se pueden llevar a cabo otras prácticas que nos proporcionen placer a lo largo de todo el acto. Estas consideraciones harán que las relaciones sexuales no sean percibidas de forma que nos generen ansiedad.

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