La salud mental no debería ser algo con lo que las farmacéutica jugaran. Mucho menos lo debería ser la salud mental infantil

Desde hace ya varios años, el diagnóstico de niños con TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) se ha ido dando sin control y la palabra “hiperactivo/a” se ha introducido en nuestro vocabulario y nuestra vida con una normalidad pasmosa.

Los niños y niñas con un diagnóstico médico y psiquiátrico de TDAH eran y son medicados con Metilfenidato que tiene efectos secundarios para quienes lo toman y cuyo tratamiento debe suspenderse llegada la adolescencia, ya que los efectos secundarios son mucho más adversos.

A partir de la adolescencia, si no han recibido un tratamiento terapéutico adecuado, pasan a “la nada”. Ya no hay medicación, ya no hay tratamiento. Ahora vas a ser una persona adulta con TDAH y tendrás que tomar otros medicamentos para adultos.

El TDAH no es más que un ejemplo de un trastorno mental infantil – cuya existencia real se cuestiona bastante en algunos ámbitos de la salud mental – y, desde la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria se han hecho eco del aumento del diagnóstico de trastornos mentales en niñas y niños.

Tanto los profesionales de la sanidad como los padres y familias deberían plantearse el por qué se ha llegado a esta situación de sobre-diagnóstico.

La búsqueda de la perfección y la no repetición de roles

Lo que sí hemos aprendido con el paso de los años es la importancia que lo aprendido y acontecido en nuestra infancia tiene en el posterior desarrollo como adulto. Por tanto, intentamos cuidar al máximo todo aquello a lo que nuestros hijos están expuestos, minimizando las influencias negativas – principalmente en el contexto escolar.

Está claro que para el profesorado es mucho más cómodo contar con una clase llena de niños que no molestan, que atienden en todo momento, que no protestan y que se limitan a estar en su silla. Pero también es así para los padres.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que estamos hablando de niños y que ello significa estar en continuo movimiento, en continua evolución y en una constante búsqueda de estímulos que los hagan estar ilusionados en el día a día; y el problema surge cuando limitamos el que los niños y niñas tengan un desarrollo normal y abierto a las nuevas experiencias y a los cambios para que sean capaces de desarrollar su propia personalidad. Esto lo hacemos porque queremos tener al hijo o al alumno perfecto: educado, respetuoso con los demás, con un nivel de actividad medio, que saque buenas notas,…

Por otra parte, cargamos a nuestros hijos con las etiquetas que sus padres llevaron en su infancia para que no vuelva a repetirse “el fracaso” que tuvieron estos en el ámbito educativo y “puedan llegar a ser alguien”. Así, nos olvidamos de que, en el futuro, el ahora niño tomará sus propias decisiones y que tiene el mismo derecho a equivocarse y aprender de los errores que han tenido los padres.

Así, cuando vemos que el niño no es perfecto (no saca buenas notas, altera a la clase, presta poca atención,…) o que está repitiendo el papel que tuvo su padre o madre en el colegio es más fácil culpar de todo ello a la existencia de un trastorno mental que a la incapacidad de padres o profesores para hacer frente a niños que tienen mayores exigencias o que necesitan más atención.

Quizás deberíamos plantearnos si el “déficit de atención” realmente lo están sufriendo los niños, porque los padres y/o profesores no se la están dando.

Y, quizás, esto que ocurre con la infancia y la salud mental infantil, se está dando también en los adultos. Hemos pasado a estar diagnosticados con trastornos mentales y, como consecuencia, medicados por encima de nuestras posibilidades y, sobre todo, de nuestras necesidades.

 

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