Nos los recordaba Álvaro Cunqueiro, como se sabe, estuvo a punto de ser escrita en catalán la Divina Comedia, y no lo fue por razones políticas y temporales: a sus enemigos toscanos los puso Dante en toscano en el infierno. De todas formas, están los tercetos catalanes de la comedia inolvidable. Dante se encuentra en el Purgatorio a Arnaldo Daniel, uno de los grandes trovadores, y pregunta quién es: “Io so Arnau que plor i vai cantán. Considerós la pasada folor…” Si el Dante hubiera escrito en catalán la Divina Comedia, concluye el escritor de Mondoñedo, nadie hubiera podido evitar una Cataluña independiente y soberana.

Como Portugal no hubiera sido nunca la nación independiente que es sin Los lusiadas (en portugués: Os Lusíadas), una epopeya en verso escrita por Luis de Camoês. Es una obra maestra de la literatura en portugués. Se publicó en 1572, tres años después del regreso del autor de Oriente. Se compone de diez cantos de tamaño variable dividido en octavas reales. Se la considera una de las mejores epopeyas de épica culta del Renacimiento.[ Lusiadas significa “los hijos de Luso”. Según la leyenda, los portugueses descienden de Luso, hijo del dios Baco, que conquistó por las armas el territorio que después será Lusitania, o sea, Portugal. La palabra fue creada por el humanista André de Resende, y Camôes la empleó por primera vez en lengua portuguesa. Este nombre colectivo indica claramente que el sujeto épico del poema no es un hombre concreto, sino el pueblo portugués, lo que supone la consolidación definitiva de los elementos culturales identitarios en el imaginario colectivo luso.

La cultura, por tanto, construye los sustantivos trascendentes de los territorios donde emergen y como consecuencia de las realidades materiales y espirituales que la contextualizan. La discontinuidad cultural, por las interferencias históricas de intereses estamentales y económicos que llegan hasta nuestros días, ha propiciado distorsiones graves en la identidad nacional. Quizá, por ello, España no ha llegado a existir nunca y sí grandes españoles, hombres y mujeres, clamando en el desierto, aislados y solos, como Borges dijo de los cordobeses Séneca y Lucano: que antes del español escribieron toda la literatura española. Desde Felipe II hasta nuestros días no ha habido en nuestro país, salvo paréntesis históricos dramáticamente liquidados, un Estado nacional, sino un Estado ideológico y, por ello, excluyente en el que gran parte de los ciudadanos han tenido que sobrevivir arropándose en la inautenticidad, desde los judíos conversos o los mudéjares hasta los antipatria de la verborrea insoportable de los años del caudillaje.

Las múltiples suplantaciones identitarias, culturales y políticas, crean la artificiosidad, fantasmagorías las llamaba Ortega, suficiente para que a través de sucedáneos se produzca el grado adecuado de posverdad al objeto de que sea posible la invalidación de la construcciones culturales integradoras y emancipadoras. Para ello, se concentran los sustitutivos mediáticos de papel couché y contenidos audiovisuales soft que alejan a la opinión pública del pensamiento crítico y, por tanto, de su propia conciencia social y cultural. Es de esta industria de la no trascendencia y evasión de la que procede Máxim Huerta y desde cuya perspectiva se iba a gestionar la cultura de nuestro país. Su dimisión no cambia nada en este ámbito conceptual de la política cultural, ya que José Guirao procede del otro vector complementario de los sucedáneos culturales, en este caso, la burocracia institucional ligada, en la mayoría de los casos, el aparato fundacional de entidades financieras donde las gestión escolástica de los bienes culturales limita sus capacidades identitarias y transformadoras de la cultura en sus términos morales y trascendentes. En definitiva, los elementos culturalmente placebos que nos impiden descubrir que sous les pavés, la plage.

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