república

Mientras el Congreso de los Diputados se transformaba en un palacio repleto de caballeros trajeados, reyes, reinas y princesas entre alfombras rojas y oropeles, el barómetro de La Sexta nos devolvía a la cruda realidad. Más de la mitad de los españoles sería partidario hoy de convocar un referéndum sobre monarquía o república en España. Según la encuesta, un 50,7 por ciento estaría a favor de la consulta, frente a un 44,7 que no la desea, de manera que el debate sobre la forma de Gobierno está en su momento más álgido en cuatro décadas de democracia.

En ese contexto sociológico se celebraron los actos de conmemoración de los 40 años de la Constitución Española. Allí, en primera fila del hemiciclo, como las efigies talladas en la roca del Monte Rushmore, sentaron a los ‘padres de la Constitución’ que aún viven y a cuatro ex presidentes, González, Aznar, Zapatero y Rajoy, que no son precisamente Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln pero son los nuestros. Todo fue muy solemne, a la americana, cosa rara entre los españoles, siempre dados a convertir un acto de exaltación nacional en un esperpento, una cursilada, un desfile militar o una bronca tabernaria. Hasta los reyes eméritos, Juan Carlos y Sofía, aparcaron sus “asuntillos” domésticos por el bien de España y estuvieron perfectos en su papel. La puesta en escena fue elegante y sobria, como correspondía a tan magno acontecimiento.

El discurso del rey Felipe VI fue un canto nostálgico a todo lo que las generaciones de la Transición lograron en su momento. También fue un intento desesperado por convertir el 6 de diciembre no en un homenaje a la Constitución, sino al Juancarlismo, que no es lo mismo. Sin embargo, las palabras doradas del rey a muchos españoles les sonaron a pasado, como si les estuviesen contando la historia de Abraham, Jacob, Moisés y los demás patriarcas de la Biblia. En el hemiciclo, lleno a rebosar, el discurso parecía perderse en el eco de la historia. Pese a que el monarca hizo un análisis histórico acertado de lo que fue aquella España de la Transición, le faltó detenerse en el país que quiere para el futuro.

De modo que mientras la manifestación por la III República cruzaba Madrid entre olas tricolor y radicales de los CDR y ultras españolistas quedaban para darse de palos en las calles de Girona, el monarca caía en el remember melancólico, en esa nostalgia inútil de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No tiene ningún sentido vivir en el remake permanente y mixtificado de la Transición, para muchos una estafa, para otros una novela muy bien contada y para el resto, entre los que se encuentra uno, un thriller trepidante con tiroteos de ETA y un ejército de Pancho Villa asaltando el Congreso de los Diputados. Lo cierto es que aquello pudo haber terminado de cualquier manera y si tuvo un final feliz fue gracias a la divina fortuna y a la actitud del pueblo español, que estaba hasta las gónadas de Franco y solo ansiaba vivir en libertad. Más allá de los discursos institucionales, fueron los españoles los grandes protagonistas de la Transición al aparcar sus odios y rencillas y mirar hacia el futuro. El famoso ‘espíritu de la concordia’ no fue más que una mezcla de desesperación, de cansancio tras siglos de guerras fratricidas y de miedo a que un tejerazo nos devolviera en cualquier momento a otro 36.

El problema es que aquellos españoles y españolas con chaquetas de pana, coderas y pantalones de campana que ganaron una democracia en blanco y negro ya no son los mismos ciudadanos súper tecnologizados y en alta definición de hoy. Y ahí es donde yerra el discurso del rey Felipe, en seguir aferrándose a los recuerdos del cuento que le contaba su padre antes de irse a la cama: “Mira Felipe, había una vez un hombre muy bueno y valiente que se llamaba Adolfo Suárez y que estaba rodeado de bellacos franquistas. Ese hombre noble y apuesto quería convertir España en un país democrático, pero como los malos no le dejaban los españoles tuvieron que quedarse con la monarquía, o sea contigo y conmigo, hijo…”

La fábula funcionó durante cuarenta años, cumplió su función, pero ya no cuela. Y principalmente se ha diluido el hechizo porque las nuevas generaciones han vivido toda su vida en el hedonista placer de la libertad, porque han perdido no solo el miedo, sino la inocencia, y porque además tienen estudios y Twitter para poder despotricar del rey a todas horas. Los nuevos españoles de hoy están tan lejos ya de la represión política y sexual de los años del franquismo y del vértigo de la Transición que la ven como una película vieja, mala, una españolada con Alfredo Landa y Gracita Morales.

Algunos de esos nuevos españoles estaban sentados en el hemiciclo mientras el rey soltaba su discurso del siglo pasado. Los Iglesias, Montero, Errejón y Cía –que no aplaudieron al monarca, aunque guardaron un silencio respetuoso–, son parte de esa nueva España que reclama toda la libertad a la que tienen derecho, no solo esas migajas de democracia que el Estado paternalista concede a los ciudadanos para tenerlos engañados y perpetuar un sistema económico injusto. De ahí que el referéndum sobre monarquía y república, en este momento de la historia de España, no sea una cuestión menor, sino la clave para la supervivencia del Estado.

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