Últimamente estamos tan ocupados con la bomba demente del yihadista, con la crisis de Podemos y el tea party de Vargas Llosa que nos estamos olvidando de él, del gran estadista, del ser superior: de Mariano, de Rajoy.

Anda el hombre escondido por ahí, en alguna parte, en algún lugar, unas veces agazapado entre los cañaverales de Doñana (escopeta en mano, como el odioso de los Morancos que va matando hermosos felinos africanos) otras camuflado entre el bullicio y los ministros de las bajas cumbres de la UE, sin abrir mucho el pico para no llamar la atención, y siempre perdiendo el tiempo con el running por algún pueblo de Pontevedra que aún no lo haya declarado persona non grata, si es que queda alguno en el mapa.

Cualquier cosa es buena para eludir sus responsabilidades como presidente en defunciones, para no dar razones de por qué se hunde su partido y para que lo dejen en paz, que es como se siente más cómodo. El presidente siempre ha sido un hombre camastrón de puro y Marca y no lo vamos a cambiar a estas alturas crespusculares de legislatura vital, cuando ya va camino del hogar del jubilado, o sea del Senado.

De vez en cuando le da una entrevista a Alsina, si quiera por disimular un poco, y va y suelta una de sus perlas filosóficas, como que no sabe nada de nada del pitufeo en el PP valenciano ni cuándo ha dado él la orden de retirar las actas a los concejales y asesores que estaban en el ajo. Yo no tengo por qué estar al tanto de todo, faltaría más, debe estar pensando. De todo no, señor presidente, pero estaría bien que se enterara de algo alguna vez.

Mariano es como Proust, siempre anda buscando el tiempo perdido o los papeles de Bárcenas que se los ha dejado en alguna parte, vaya despiste. Cualquier día se levanta y nos dice que no sabe quién es Rita, o Aznar, o qué es eso que algunos llaman Partido Popular.

En realidad para saber hay que leer, y Mariano no lee mucho, ésa es la verdad, salvo el Marca, ya lo hemos dicho unas líneas más arriba y no vamos a caer en el chiste fácil, que para eso está la Twitter. De hecho, cuando Alsina le pregunta al inefable presidente qué ha leído en los últimos meses, él dice que ‘Cinco esquinas’, de Vargas Llosa, que es un libro que “está bien”, y “uno de Eduardo Mendoza, algo sobre una modelo”, pero que no recuerda el título. Un libro sobre una modelo. ¿No será que es el señor presidente quien empieza a dar signos preocupantes de estar comportándose como una modelo? Las bellas mises pierden la memoria con una facilidad pasmosa cuando les preguntan sobre los libros que leen o sobre cuál es la capital de Rusia, pero es que lo de Mariano empieza a ser grave, alarmante, para ingresar.

Mucho nos tememos que el manda gallego esté empezando a dar los primeros síntomas de debilidad senil, como esa tía abuela enlutada que todos tenemos y que no recuerda dónde ha dejado los supositorios para la visícula.

España no puede continuar con un líder tan olvidadizo. Un presidente amnésico es un peligro para todos, para un país, para el mundo entero, porque unas veces no recuerda qué libro tiene en la mesita de noche y a los cinco minutos se olvida de que tiene que ir al Parlamento a dar explicaciones sobre los refugiados o en qué cajón tiene guardado el maletín nuclear. Para mí que el maletín cargado de radiactividad que anda perdido por Sevilla es el maletín de Mariano. Rajoy chochea, está flojo de neuronas, no se cosca ni recuerda, ni siquiera su nombre, y ahí está ya la joven y pizpireta Soraya, que es mucho más rápida y ágil que él, pidiendo a gritos el relevo. A Rajoy que le den la pastillita roja para la cabeza y lo metan ya en urgencias. O en el Senado.

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