Momento 1: Pánico a la novedad. 

Los científicos se pasan todo el Barroco explorando el Sistema del Mundo(1). El Romanticismo, tan visceral y sentimental, les va a servir para descubrir las implicaciones éticas y los principios humanísticos de todo el instrumental que han desarrollado. No es extraño, pues, que el impulso definitivo para la mecánica computacional y para el desarrollo de los ordenadores se lo debamos a una poeta (el Romanticismo es femenino): Ada Lovelace, la hija de un Lord Byron que también conoció e inspiró a otra gran mujer: Mary Wollstonecraft Godwin(2), que sobre sus 18 años, inspirada por Ovidio y Milton, escribirá Frankenstein o el Prometeo moderno, uno de esos libros maltratados y vulgarizados hasta la parodia, aunque al menos la parodia fuese algo como El jovencito Frankenstein.

El rasgo más significativo de esta novela es la ternura con que Mary tratará a la Criatura. Son los otros, incluido su creador, que la ha traído al mundo sin pensar, solo por que puede hacerlo, los que la prejuzgarán de acuerdo con su aspecto repulsivo. Jamás tendrá una oportunidad. Por su aspecto. No por su alma.

Momento 2: Las escuelas finlandesas.

El sistema educativo finlandés es la piedra de toque con la que se suelen medir otros sistemas educativos básicamente por la atención que éste dispensa a la educación primaria: para recoger buenos frutos hay que sembrar, lo que implica aspectos para ellos obvios como poner a la flor y nata de la sociedad a enseñar a los niños pequeños.

Hay, sin embargo, un aspecto de este sistema educativo que sale poco en los debates: su arquitectura.

Los finlandeses no construyen escuelas.

Los finlandeses construyen centros cívicos, equipamientos complejos de muchas funciones. Pueden mezclar tranquilamente un centro de día, una biblioteca, un ambulatorio y una escuela. Todos entran por la misma puerta. Hay un espacio de recepción común. La gente se mezcla. La arquitectura educa tanto como los libros, y no lo hace a partir de sus bondades estéticas, sino a partir del programa: la gente no se segrega. La sociedad es una, y así se construye.

Momento 3: Apilar funciones. 

El Centre Cultural Teresa Pàmies representa la conjunción feliz de una arquitectura sobresaliente (a cargo de los arquitectos Víctor Rahola y Jorge Vidal) y una administración que se comporta como si fuese el cliente ideal. Primero, la elección del solar: largo, profundo, entre medianeras, en el corazón del Ensanche de Barcelona: un solar más que podría contener viviendas u oficinas, un solar que se mezcla con los otros y crea ese tejido urbano heterogéneo tan necesario para que una ciudad sea una ciudad.

Segundo, el programa: una guardería, una biblioteca, un centro cívico en un solar donde parece que no tuviese que caber nada, más los servicios comunes adicionales que se producen cuando decides poner todo esto junto: una entrada común, una administración, un auditorio que resultará más barato porque podrá ser aprovechado por cualquiera de estos programas e incluso alquilado a terceros.

La arquitectura se resuelve apilando todo esto en vertical, y haciéndolo de manera contraintuitiva. Aparentemente la distribución en altura se debería realizar poniendo aquello que requiere mover menos gente arriba y lo que mueve más abajo.

Pues no.

Arriba está la pieza más grande y concurrida de todas: la biblioteca (con su propio nombre: el del fotógrafo Agustí Centelles), en contacto con la luz cenital, ofreciendo unas vistas y una relación privilegiada con la ciudad. Una batería de ascensores-lanzadera lleva a la gente desde la planta baja arriba. Los ascensores se disponen en la fachada que da a la calle y su movimiento también hace ciudad.

En el sótano, el centro cívico. Mucha luz a través de patios de buena medida.

En la planta baja, la entrada y los servicios comunes. La guardería queda pillada en sándwich entre estos equipamientos, oxigenada por una gigantesca terraza, casi un patio, que da al patio interior de manzana que, lástima, no se urbanizó como querían los arquitectos, que propusieron compactar al máximo la edificación (lo que además es más barato) para dejar la parte posterior convertida en una selva, un pedazo de naturaleza virgen en medio de la ciudad. Ahora encontramos ahí unos parterres anodinos y cuatro arbolitos. Pero igual tampoco está mal del todo. O sea: ya tenemos en Barcelona una escuela construida a la finlandesa.

La arquitectura usa sus armas para lidiar y pacificar todo este maremágnum: la proporción, el color, la compensación de volúmenes: mecanismos pictóricos y escultóricos que han conseguido que el resultado final sea atractivo, lleno de rincones, de espacios de estar y de trabajo agradables, cómodos y funcionales.

La conjunción de todos estos factores lo convierte en uno de los mejores equipamientos urbanos construidos en Barcelona en los últimos años.

Rahola y Vidal, los padres de la criatura, llamaron a este artefacto Edificio Collage. Discrepo absolutamente de este nombre. No se trata de un collage, sino de un organismo completo y coherente hecho, eso sí, de retales, de pedazos, ensamblando cosas aparentemente autónomas hasta que el resultado final cobra vida por sí mismo: ahí está de nuevo la Criatura de Frankenstein.

Sólo que esta vez estamos preparados para asimilarla. 

  1. Título del último volumen de los Principios Matemáticos de Newton que culmina y sintetiza todo su saber. No me da la gana llamarla por el nombre que se la conoce, Mary Shelley (aunque sé que tampoco voy a cambiar nada), ya que su marido no merece este honor. Mary Wollstonecraft, hija de una feminista del mismo nombre y del gran político William Godwin, crecerá con sus dos apellidos (transformado el materno en el nombre que precede a su apellido). Su biografía es apasionante y muy triste, y su compromiso con la sociedad, más en las circunstancias que se produjo, impresionante. 
  2. No me da la gana llamarla por el nombre que se la conoce, Mary Shelley (aunque sé que tampoco voy a cambiar nada), ya que su marido no merece este honor. Mary Wollstonecraft, hija de una feminista del mismo nombre y del gran político William Godwin, crecerá con sus dos apellidos (transformado el materno en el nombre que precede a su apellido). Su biografía es apasionante y muy triste, y su compromiso con la sociedad, más en las circunstancias que se produjo, impresionante.
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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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