Todavía hoy seguimos sorprendiéndonos con el hecho natural de que en el interior continental existan enormes yacimientos salinos, sobre todo si para acceder a éstos hay que perforar profundas galerías en enormes montañas o recurrir a largas jornadas de travesía a través de un inhóspito desierto hasta dar con la mina o el oasis salado que nos permite hacernos con el valioso oro blanco.

En ese sentido, uno de los ejemplos más llamativos y atractivos para los investigadores de las Ciencias Sociales es el de la sal que se encuentra “atrapada”, bien en forma sólida o disuelta, en el desierto del Sahara o “Bahr Bela ma”, cuya traducción del árabe significa “mar sin agua”.

Esta poética analogía árabe entre el desierto y el mar, parece mucho más que certera si nos basamos en que hace 30 millones de años el que es el desierto más grande del mundo (9 millones de km2), se encontraba bajo las aguas del Mar de Tethys. Su posterior transformación en un ecosistema árido se debe a la colisión del continente africano con el europeo y la paulatina elevación de todo el territorio, produciendo a su vez la retención y aislamiento de masas de aguas de este antiguo mar.

 

La formación geológica y transformación cíclica del Sahara

Nota: La imagen de la izquierda muestra la situación del Sahara hace 30 millones de años. La central se corresponde con la formación del desierto hace 3 millones de años. La de la derecha muestra el Sahara hace 5.500 años. Fuente: HistoryCannel, 2016.

Posteriormente, estas aguas saladas sufrieron el azote de los vientos y el calor inherente a la nueva latitud (es el lugar más caliente de la Tierra con registros de 60ºC), desecándolas hasta que, hace unos 3 millones de años, toda la zona ya estaba formando el enorme mar sin agua que hoy conocemos.

A parte de ello también sabemos que el Sahara se encuentra sometido a un cíclico proceso de transformación que, cada 20mil años y gracias a la variación de la inclinación de la órbita terrestre, hace que las lluvias del sur se ubiquen sobre éste y poco a poco se vaya convirtiendo, como ocurrió hace 5.500 años, en un agradable “vergel”. Posteriormente, la vuelta a la situación habitual de la órbita terrestre conlleva la retirada de las lluvias y el vergel vuelve a ser de nuevo un territorio árido y desolador.

La unión de ambos fenómenos son los que permiten explicar la existencia de sal en este mar sin agua. Primero porque el aislamiento y desecación de las aguas aisladas en la primitiva superficie sahariana es el origen de la presencia de yacimientos de sal que, tras su sometimiento a la colmatación de las cuencas y su plegamiento, quedaron enterradas bajo las arenas. Un ejemplo de este tipo de explotación son las minas de Taghaza y Taoudeni ubicadas en el actual Estado de Mali.

 

Trabajadores en la mina de Taoudeni

Fuente: Flickr, 2010.

Pero también, y gracias a la existencia de enormes masas de aguas subterráneas (fruto de la variación climática que se produjo hace 5.500 años), algunos de los yacimientos son disueltos por dichas corrientes que emergen a la superficie en forma de oasis salados como los que encontramos en Bilma, Fachi y Teguidda n Tessoumt.

 

Balsas de concentración en Bilma

Fuente: Tectonicablog, 2014.

Lo más interesante de este conjunto de yacimientos salados es que permite explicar, en cierta forma, la ocupación y consolidación entorno a un desierto de grandes reinos e imperios –siendo uno de los más representativos el Malí–, así como el florecimiento de influyentes ciudades comerciales, caso de Timbuktú y Agadez, que se consolidan a partir del siglo XI al socaire de las rutas caravaneras transaharianas.

Estas rutas, controladas principalmente por los Tuareg, eran fundamentales para conectar las riquezas del sur y norte de África, con los intereses comerciales existentes en el Mediterráneo. Pero, sobre todo, permitía cubrir el déficit salino del sur con la sal del norte. De esta forma, en las ciudades de antes citadas, aparte del comercio multitud de productos manufacturados, el principal negocio estribaba en el intercambio de sal por oro.

La afluencia de productos básicos, refinadas manufacturas y una importante actividad financiera, hizo de efecto llamada para personas de especial relevancia socioeconómica y cultural del entorno. De esta forma, una ciudad como Timbuktú, pudo convertirse rápidamente en un prestigioso y relevante centro cultural subsahariano, cuyos ecos resonaban con fuerza en el viejo continente europeo.

La actividad caravanera continuó influyendo de esta forma en la historia y economía del territorio hasta que, en el siglo XV, la intervención de los portugueses en la costa Atlántica fue poco a poco haciendo que el centro de acción comercial pasara de las ciudades del Sahel a las factorías atlánticas. Con la posterior invasión, colonización e intervención en el interior continental por parte de los diferentes Estados europeos a lo largo del siglo XIX, las rutas transaharianas parecían quedar definitivamente desarticuladas.

 

Caravana de sal en Mauritania

Fuente: Reuters, 2006.

Pese a todos estos avatares a día de hoy siguen surcando por el mar sin agua, con menor ímpetu que ataño, cientos de camellos cargados de sal de Taoudeni o Bilma. Se trata de una actividad que ni por volumen ni transcendencia se puede comparar con la de hace siglos, pues ahora responde a un comercio menor relacionado con una economía de subsistencia para aquellos pueblos o aldeas que, como algunos Tuareg, se mantienen al margen, de forma voluntaria o forzada, del proceso de globalización capitalista.

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