Desde el desarrollismo franquista, que abandonó a su suerte a la España rural para ocuparse de la industrialización de Madrid, Cataluña y el País Vasco, los pueblos de las dos Mesetas que viven fundamentalmente de la agricultura, después de largas décadas de un lento pero implacable declive económico, social y cultural, se encaminan cada vez más deprisa al abandono por parte de buena parte de sus habitantes que buscan un futuro para ellos y sus hijos. Muchos pueblos ya han desaparecido por completo y otros muchos están a punto de hacerlo. Y la mayoría de ellos lleva ya varios años perdiendo población y lo seguirá haciendo y cada vez será más evidente el abandono, la deserción, la huida de sus vecinos como soldados vencidos huyendo a la desbandada al grito de sálvese quien pueda, dejando atrás un desolado campo de batalla. Una batalla que sin apoyos ni ayudas de ninguna clase, sin rescates que valgan, definitivamente perdieron. Tan solo van quedando en los pueblos los viejos y éstos, por ley natural, van desapareciendo y con ellos una cultura, un conocimiento, una memoria que ya no tiene a quien transmitirse porque los que deberían recibirla para seguir transmitiéndola a la siguiente generación ya hace mucho que emigraron del pueblo buscando en otras regiones y otros países el trabajo, el futuro, la vida que aquí no encuentran. Desde hace décadas, los pueblos, no lo olvidemos, siempre han sido una cantera de emigrantes, porque nunca han sido capaces de alimentar a sus hijos, pero ahora el porcentaje de emigrantes se ha disparado y la despoblación es una realidad cada vez más palpable

Nunca, ni en estos pueblos ni en ningún otro sitio, han atado a los perros con longanizas. Pero siempre ha habido trabajo en el campo al menos para ir tirando. Y en el peor de los casos, con unos meses trabajando ajeno y las cuatro fanegas de viña y tierra propias, la gente, mejor o peor, se ha ido apañando. Pero esta crisis sin límites unida a que Castilla La Mancha es la tercera comunidad autónoma más pobre de España, sin recursos alternativos, ni plan B de ningún tipo, ha hecho que la agricultura, en permanente crisis, estancada y empobrecida, con los precios de sus productos por los suelos, haya sido incapaz de ofrecer trabajo alguno, ni siquiera temporal y precario.

Los agricultores han sido como el mar al calentamiento del planeta: siempre han absorbido en gran medida los efectos de las crisis económicas, las pequeñas, las medianas y también las grandes. Y gracias a ellos se ha conseguido si no parar si al menos aminorar las consecuencias económicas y sociales que llevaban aparejadas tales crisis, recesiones, depresiones, baches o “desaceleración transitoria de la economía” como la llamó el sin par Zapatero a esta crisis que curiosamente solo afecta a los sectores más débiles de la sociedad, entre ellos principalmente a los trabajadores, y que lleva casi una década entre nosotros y que todavía no ha acabado ni mucho menos: seguimos en caída libre, y esa es una realidad innegable a pesar de toda la propaganda del PP, toda  esa obscena fanfarria en el sentido de que la crisis va quedando atrás, una milonga que suena falsa y tramposa desde la primera nota. Zapatero negó la crisis, y hubiera negado el sol que nos alumbra si así se lo hubieran ordenado sus amos del poder económico europeos y de aquí, del terreno, ante los que se postró como un pastorcillo de Fátima, invocando una incomprensible “razón de Estado” que nunca nos explicó. Habría que recordarle a don José Luis, premiado con  un abono en el Consejo de Estado, que solo los perros deberían tener amo.

El PP, en su línea, con total desfachatez, niega la evidencia de que los trabajadores todavía no hemos tocado fondo ni seguramente lo haremos nunca porque esta crisis ha venido para quedarse y ajustarnos las cuentas, conjurando así el riesgo, el peligro de que después  de unos años de bonanza, nos hayamos venido arriba pensando que todo el monte es orégano y pretendamos mantener nuestros derechos y disfrutar de una calidad de vida digna y decente. A los trabajadores ha ido destinada esta mal llamada crisis, que no es otra cosa que la instauración de un nuevo orden económico y social de corte neoliberal que cuenta con la colaboración y la complicidad necesaria de los dos grandes partidos que apuntalan este sistema, cuyo primer mandamiento y principal es que los trabajadores no puedan levantar cabeza jamás. Y este nuevo régimen ha venido para cargarse a ese Estado del bienestar que parecía definitiva y sólidamente instalado entre nosotros. Y lo han conseguido hasta el punto que no solo  nos hemos resignado a ganar setecientos euros al mes, eso el que los gana, sino que damos gracias por ello y por tener un trabajo precario y temporal que apenas nos llega a fin de mes, cuando hace unos años a los que ganaban mil euros se les tenía por poco menos que unos parias.

Esto que se ha dado en llamar crisis no pasará mientras el poder económico que nos dirige ya descaradamente y con total desfachatez, dicte sin traba ni limitación alguna las leyes que en unos pocos años han recortado todos los derechos de los trabajadores y nos han sometido a unas condiciones que jamás hubieran aceptado los trabajadores de las generaciones anteriores a la nuestra. Y todavía creemos insensatamente que esta crisis pasará y volverán los buenos años anteriores a ella. Y lo creemos de la misma absurda e irrazonable manera, salvando las distancias, que los judíos de los campos de exterminio nazi a los que daban una piedra cuando entraban en las “duchas” diciéndoles  que era jabón y ellos  apretaban la piedra en sus manos cerrando los ojos y haciendo esfuerzos por creer en contra de todas las evidencias, entregándose a la vana ilusión, a la ciega esperanza de que las cosas no eran lo que parecían: que la piedra no era piedra sino  jabón y la cámara de gas no era tal cosa sino una sencilla e inofensiva ducha.

Los trabajadores, quiénes si no, hemos pagado todas las consecuencias de todas las crisis porque nunca hemos estado lo suficientemente unidos para defendernos de los que nos ven exclusivamente como útiles y necesarias herramientas con las que ganar dinero. Y de la clase trabajadora, los agricultores han sido la fuerza de choque, los destinados a la primera línea de fuego. Y esto ha sido así porque se da por supuesto que ellos lo aguantan todo. Ellos, los que siempre han vivido y sobrevivido del campo han cargado sobre sus hombros con buena parte de esta crisis y todas las anteriores con una resignación a toda prueba. Y con esta mal llamada crisis parecía que todo iba a seguir igual, que no pasaría nada, que la costumbre de seguir adelante apechugando con lo que viniera continuaría más o menos como siempre. Pero la verdad es que los agricultores, esas mujeres y hombres que parecen haber hecho el campamento en el sitio de Numancia y la mili en los tiempos más duros de la dura Esparta, cada vez más empobrecidos, y cada vez con todo más en contra, más cuesta arriba y con el viento de frente, empiezan a flaquear, se empiezan a hartar de producir algo que después de mucho trabajo, y en el mejor de los casos, solo les dará para cubrir gastos. Y esta situación que ya empieza a ser insostenible está condenando a los pueblos que viven casi exclusivamente del campo, primero a una penosa agonía y después a una lenta pero implacable desaparición.

Y este fenómeno que parece nuevo, no lo es en modo alguno, tan solo es uno de los últimos estadios de una larga enfermedad incurable cuyos efectos terminales ya son muy visibles. Y para constatar esta situación basta darse una vuelta por los pueblos de las dos Castillas para palpar el silencio, el abandono, la desolación, la dejadez, la indolencia y el hastío que reina en ellos. Pueblos donde en lugar de gente trabajando, se ven a cuatro viejos y ya casi ni eso porque se les recluye en residencias. Lo que se ve por todas partes son calles tristes, vacías, llenas de casas en venta, casas ya vencidas por la ruina o encaminadas inexorablemente a ella. Por todas partes se ven casas que siempre estuvieron habitadas por generaciones de la misma familia y ahora están abandonadas a merced del tiempo arrasador. Casas y portadas de las que en un tiempo no muy lejano salían carros, aperos y caballerías y después tractores con sus aperos y remolques y ahora están selladas por la broza, y las tapias de estas portadas recuerdan los versos de Quevedo: “Miré los muros de la patria mía, si un  tiempo fuertes ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados…”. Tapias que olvidaron el color de la cal y que guardan en su interior solares colonizados por la maleza y la hojarasca como en las novelas de García Márquez. Casas en otro tiempo llenas de vida, con las cámaras llenas de cereal y las vigas llenas de uvas y melones y ahora se muestran abandonadas por sus últimos habitantes que las ponen en venta para emigrar hacía otros lugares buscando un futuro que aquí no existe y casi tampoco el presente, que se muestra lleno de pesadumbre, mohíno y taciturno.

Es de suponer que a nadie le cogerá por sorpresa esta decadencia cada vez más visible, más palpable, este hundimiento que avanza todavía más deprisa que el temido desierto. Pero desde Don Quijote, La Mancha es un territorio literario y sus gentes, a la manera del inmortal hidalgo han sabido soñar e imaginar lo que no tenían, que era casi todo y esperar armados de paciencia mejores tiempos que jamás llegaron o llegaron demasiado tarde que es casi lo mismo. También fueron conscientes de aquello que decía Unamuno: “Espera, que solo el que espera vive. Pero teme el día en que se te conviertan en recuerdo las esperanzas”. Nuestros mayores  han tirado desde siempre de su carácter seco, duro y fuerte, de su callo ancestral, de su aguante aparentemente infinito para seguir adelante. De siempre se han alimentado de esa imprescindible filosofía pegada a la tierra, a lo cotidiano, que les a ayudado a vivir tanto como los alimentos.

Pero estos son otros tiempos y ya no se ve la vida como un duro y forzoso ejercicio de supervivencia, un pulso continuo y agotador contra las adversidades, y se busca en otros lugares lo que aquí no se encuentra. Aunque hubo un tiempo en el que se tuvo la sensación de que había futuro, pero ese tiempo pasó rápidamente a la manera de la comitiva que atraviesa el pueblo a toda velocidad en la película “Bienvenido Mister Marshall”, dejando a su paso una polvareda donde se diluyen todos los sueños y esperanzas de progreso de la gente. Se atribuye a  Estrabón, historiador y geógrafo griego de la época del emperador Augusto, la exagerada y quizás totalmente falsa afirmación de que una ardilla podía recorrer la península desde Algeciras a los Pirineos sin bajarse de los árboles. Dentro de poco, de no mediar serias, contundentes y eficaces políticas de Estado, y acordándonos de Estrabón, diremos que un salicón, una de esas plantas rodadores que hemos visto tantas veces en las películas del Oeste, podrá recorrer las dos Mesetas sin que nada estorbe ni dificulte su incansable avance.

Y ya puestos a decir, y sin miedo a equivocarse, también se podría cruzar España de parte a parte sin tocar el suelo pisando sobre las cabezas de los pobres. Y sobraría gente, habida cuenta de que en este país viven, malviven sería más acertado decir, trece millones de pobres. ¿Orgullosos de ser Españoles? No gracias.

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