Un día de playa

 

Agricio se había colocado boca abajo en la colchoneta y permanecía en la orilla, a un par de metros de dónde el agua rompe contra la arena de la playa. Sus amigos descansaban recostados en sus toallas. Acababan de jugar un partido de vóley y ahora tomaban tranquilamente el sol semiocultos por la sombra que daba un gran parasol multicolor.

El día era claro y el sol dominaba el azul del cielo. Una pequeña brisa de Tramontana remusgaba en uno de esos calurosos días del mes de agosto. La playa, plana y natural. De esas que el mar penetra poco a poco entre la arena. De esas en las que la arena parece mecerse poco a poco entre las ondas marinas. De esas que no han sido ganadas al acantilado, en las que no corres el peligro de que a los dos metros tengas un salto abrupto y acabes con tres metros de agua por encima.

Agricio seguía boca abajo, jugando con el agua del mar que se le escapaba entre los dedos. Era raro, porque días atrás, el mar ya había devuelto la colchoneta a la playa y hoy, sin embargo, parecía quedarse permanentemente. No le dio mayor importancia. Además, estaba tan absorto viendo el fondo marino, y los pequeños peces que tenía debajo, que sólo fue un pensamiento efímero. El agua, los peces, la claridad y limpieza del mar proporcionaban una vista que invitaba a seguir observando el fondo marino. Total no debería cubrir mucho puesto que la arena se veía ahí mismo. Levantó un poco la vista mirando hacia el horizonte marítimo y se quedó un rato observando un pequeño velero que navegaba a poca distancia. Era raro también que se acercaran tanto a la playa. Como también lo era que, a su derecha tampoco hubiera nadie. Ni siquiera los niños que habitualmente se bañaban y chapoteaban con sus flotadores de colores vigilados atentamente desde la orilla por sus progenitores. Hoy es un día raro, pensó. El sol calienta pero no quema, el mar me deja tranquilo y no me devuelve a tierra, los niños no molestan,…

Cansado de jugar con el agua y de ver peces de colores, y puesto que el fondo se veía allí mismo, se tiró de la colchoneta. Era el momento de deshacer a pie el camino de vuelta hacia sus amigos. Porque Agricio no sabía nadar. Su sorpresa fue mayúscula. La gente estaba muy, muy lejos. Por lo menos había cien metros entre la línea de costa y su situación. Y tampoco hacía pie. Con el rabillo del ojo, mientras chapoteaba arriba y abajo pidiendo auxilio, vio que al fondo en la caseta del socorrista, ondeaba una bandera amarilla. ¡Socoglupglup! intentaba gritar Agricio. Pero nadie parecía prestarle atención. Socorro, dijo por fin, levantando los brazos en alto antes de volver a hundirse en las profundidades. Cuando volvió a salir, mientras volvía a pedir socorro, buscó la colchoneta con el fin de agarrarse a ella. Pero estaba muy lejos. Como a diez metros mar adentro de su posición. Al tirarse bruscamente, había producido una ola que había alejado más su salvavidas. Volvió a levantar los brazos y a pedir socorro, pero no parecía que nadie le prestase atención.

Telly, una amiga de Agricio, fue la primera en dar la voz de alarma. La colchoneta navegaba sola a mucha distancia de la playa. De su ocupante, no había ni rastro. Fueron rápidamente a la caseta del socorrista que tenían a unos cinco metros y no le encontraron. Le buscaron con la vista y vieron que estaba sacando del agua a uno de los niños que habían intentado acceder al hinchable con toboganes anclado a diez metros la playa y que, del esfuerzo de nadar mar adentro, se había quedado agotado y con peligro de ahogamiento.

Corrieron hacia él porque seguían sin ver a Agricio y la colchoneta ya solo era un punto en la lejanía del tranquilo mar. Le explicaron lo ocurrido y el socorrista les echó en cara la insensatez de que alguien que no sabe nadar se suba en una colchoneta en un día que hay resaca y una bandera amarilla ondeando en la playa. Los amigos del desaparecido le gritaban que dejase los reproches para más tarde y se pusiera a buscar a su amigo. ¿Y dónde estaba la última vez que lo visteis? Preguntó el socorrista. Los amigos, no paraban de llorar y apenas podían señalar con el dedo hacia el punto dónde parecía estar la colchoneta.

 

El cadáver de Agricio apareció tres días después en una de las redes de pesca de uno de los barcos que faenaban a una milla de la costa.

 


Mal de muchos,…

 

Hace unos días, a consecuencia del temporal de nieve sucedido en este país se hizo viral una llamada de socorro de unos chavales que en Asturias habían subido con un todo terreno al Anglirú y se habían quedado allí incomunicados. La respuesta del servicio 112 de Asturias es todo un despropósito. Uno más en un país en el que algunos miles de personas estuvieron más de 17 horas retenidos entre la autopista de peaje A6, y la N-VI a la que fueron desviados los vehículos cuando, al parecer, cerraron la autopista. El actor Patxi Freitez fue uno de ellos y lo contaba así en la cafetera (minuto 53).

Esta situación en la que Patxi fue uno de los convidados sin quererlo ni merecerlo, me llevó a una discusión importante con personas allegadas. Éstas le echaban la culpa de lo sucedido a la insensatez de los conductores que salen a la carretera habiendo advertencias serias de temporal. Vamos que hacerle caso a los avisos dados por televisión, adelantar el viaje porque parecía que el domingo iba a ser peor y querer volver a tu casa después de navidades porque el lunes 8 de enero había que ir a currar, es toda una insensatez propia de individuos obtusos que no piensan lo que hacen.

Esta polémica de insensateces y memos que se aburren y no tienen otra cosa que hacer que meterse en la boca del lobo, no es nueva. Nos llevan metiendo esa idea con calzador desde hace algún tiempo. ¡Claro que hay personas irresponsables que se van a la sierra en chanclas en primavera! También hay padres que sacan a sus hijos bebés de excursión sin ropa de abrigo. Y muchos que se pasan con el alcohol y luego cogen el coche (aunque eso no se vea como irresponsabilidad, ni peligroso). La mayor parte de las situaciones de peligro son sobrevenidas. Situaciones en las que la inexperiencia y, sobre todo la incapacidad para prever acontecimientos, te pueden meter en un buen lío. El relato que ilustra este artículo es uno de ellos. Fue una situación que yo viví muy de cerca (sin resultado de muerte, claro). El mar tenía un pelín de resaca y en lugar de echar los objetos que flotaban a la arena, como en los días anteriores, ese día los introducía mar adentro. ¿Fue imprudencia? Los que allí estábamos no vimos ninguna bandera. Tampoco somos hombres ni mujeres de mar y el Mediterráneo es generalmente una balsa de aceite. Y sobre todo éramos muy jóvenes. Tuvimos la suerte de que mi amigo salió solo, aun sin saber nadar, porque tuvo la suficiente sangre fría como para tomárselo con calma y bracear poco a poco descansando cuando estaba fatigado. Y es que, a veces, cien kilómetros son todo un mundo. En otra ocasión salimos de excursión a Riofrío en Segovia. En Madrid, 25 grados. Manga corta. Finales del mes de mayo. Segovia es fría y por eso llevamos unas sudaderas. Llegamos a Riofrío con sol, temperatura agradable. Vimos el palacio, dimos una vuelta y cuando nos disponíamos a comer, empezó a nevar con ganas. Tuvimos la suerte de no quedar incomunicados y salir de allí sin problemas ¿Fue inconsciencia por nuestra parte? Yo creo que no.

Aquí el problema sigue siendo el de siempre. El empeño de los gobiernos liberales en adelgazar los servicios públicos hasta hacerlos incompetentes. En el caso de los chavales del Anglirú, supongo que los efectivos estaban en otros servicios y que no consideran que su situación fuera prioritaria. Cuando en los servicios de socorro trabajan la mitad de efectivos que hace ocho años, pasan estas cosas, que a las emergencias hay que darlas prioridad. Lo mismo que cuando vas a urgencias y te llaman a los 30 segundos para valorarte y luego estás allí seis horas. Esa escasez de personal hace además que los que trabajan allí sufran una presión, a veces, imposible de soportar y que, de repente y sin saber muy bien porqué, se saturan y acaban pagando con el usuario. Es una forma de relajar tensiones. En el caso del Anglirú, ¿qué hubiera pasado si los chavales hubieran seguido las instrucciones del 112, hubieran emprendido a pie la ruta, todos menos el que no llevaba ropa de abrigo, y se hubieran perdido entre la nieve? ¿Y si el que se quedó solo, hubiera muerto congelado? Los servicios de rescate están para eso, para intentar salvar vidas. Otra cosa es que luego se valore la situación de cada cual y se exijan responsabilidades económicas o de otra índole.

Pero no. En este país el hijoputismo nos ha incrustado una conciencia de culpabilidad. Además de habernos dejado sin servicios, encima nos han colado la idea de que cualquier cosa excepcional que nos pase, es culpa nuestra. Todo es por nuestra ineptitud e irresponsabilidad. Las mujeres son violadas por su vestimenta o por atreverse a ir solas a altas horas de la noche. Si te roban la cartera, es culpa tuya por no llevarla escondida en la entrepierna. Si te roban el Iphone, no haberlo dejado a la vista. Si te entran en casa en vacaciones, es porque has descuidado el correo en el buzón o porque le has dicho a tu carnicero que te ibas a la playa. Los que se quedan atrapados en la nieve lo hacen porque son unos memos y no siguen las instrucciones que, a toro pasado, un tipo que no estaba al pie del cañón, sino que se encontraba tranquilamente en su casa de Sevilla y su Jefe que estaba también en Sevilla viendo el fútbol, dicen que te han dado claramente.

Por otra parte, desde hace también algunos años, los que trabajamos en algún servicio público venimos notando como se nos ha metido el chip del cliente en lugar de ciudadano usuario que paga con sus impuestos el servicio. Nuevamente el hijoputismo liberal. Así se acaba perdiendo el respeto por quién accede a un servicio y se le acaba tratando como un mero cliente de bajo perfil del que sabemos, además, que no podrá dejar de venir a “comprar” lo nuestro, por muy mal que se le trate, porque no se puede ir a buscarlo a otro sitio.

Lo peor es que el mensaje de odiar al que reclama, de tratar de imbécil al que sufre un accidente o se queda atrapado en la montaña o acaba cayendo al mar, ha calado profundamente y el pueblo clama contra ellos. Es otra válvula de escape. Una forma de tapar tus propias miserias metiéndote con la desgracia del vecino.

Empiezo a entender lo que pasa con Cataluña. La gente siente gusto porque los políticos sigan presos y porque se les quiten sus derechos como ciudadanos aunque no haya sentencia de inhabilitación. Aquello de “a por ellos” es una expresión de odio irracional hacia todo aquello que se aparte de los cánones establecidos por esos señores del hijoputismo.

Nos han quitado la educación sustituyéndola por el adoctrinamiento liberal. El negocio es lo primero y lo único importante. Los pobres lo son por su mala cabeza. Los ocupas son unos jetas que no quieren pagar casa y los parados, unos vagos que no quieren trabajar o que no quieren someterse como los demás. Los empre-saurios crean riqueza aunque a ti te obliguen a trabajar 12 horas por setecientos euros, sin turno de libranza, ni vacaciones. Están creando ciegos llenos de odio cuya única felicidad en la vida es alegrarse de que al vecino le vayan mal las cosas.

 

Spain is always different, my friend. O como dice @Macjuanma olvídense de toda posibilidad de cambio porque esto es España. Hasta la historia se ha convertido en poshistoria en beneficio del hijoputismo opresor. Existe un vacío hecho a propósito entre los Reyes Católicos, a los que se ha tomado como padres de un país inexistente (entonces) llamado España, y la última guerra civil de la que se sigue hablando como movimiento salvador en lugar de como golpe de estado opresor. Todo lo que no siga las consignas de “una, grande y libre” es considerado herejía. Da igual si te roban, te explotan, te mueres esperando un diagnóstico médico o tus hijos tienen fracaso escolar por la saturación de las aulas, porque lo importante sigue siendo España. Y como aquí no se vive en ningún sitio a pesar de la ruina económica, social y laboral en la que sobrevivimos.

Permítanme decirles que somos unos PALURDOS.

 

Salud, república y muchas más escuelas.

 

 

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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