13 de abril de 2016, vísperas de la República. En el cementerio de la Almudena, frente al camposanto civil en el que están enterrados buena parte de los españoles a los que he admirado alguna vez, y envuelto en unos versos de Cernuda, despedimos a Shangay Lily, a quien cualquier definición se le quedaba pequeña, incluso la palabra artivista que había inventado para presentarse.

En la ceremonia me vienen a la cabeza aquellas palabras tan sentidas de Pistol y Mistress Quickly frente al féretro del bonachón de Falstaff, esa figura shakesperiana tan imponente como Shangay:

“—Yo quisiera estar con él, sea en el cielo o en el infierno.

—No, seguro que no está en el infierno. Está en el cielo en paz, si es que alguna vez un hombre llegó allí. Ha tenido una hermosa muerte. Se ha ido como un niño recién bautizado. Partió justamente entre el mediodía y la una, cuando la marea bajaba. Cuando le vi jugar de aquella manera tan infantil con las flores y manotear sus sábanas, comprendí que estaba a punto de morir pues la nariz se le afilaba y desvariaba sobre los campos verdes”.

Aquí hay mucha gente presentando sus respetos a Shangay. Está Juan de Loxa, poeta amigo, que fundó la Casa Museo de Lorca en su tierra natal, “un libro de paredes blancas”. Lorca, como Cernuda poeta, como Shangay poeta: si hubieran compartido generación igual daría ser del 27 como homociborg, de tantas afinidades compartidas. Aquí están Lucía Etxebarria o Leo Bassi, también a su manera activistas y payasos, buena gente que también quiere hacer del mundo un lugar mejor, más diverso, más divertido, más libre. En esta despedida no se lee la Biblia, sino Plasma Virago: vida y obra de un poeta anticapitalista (Huerga & Fierro), el manifiesto de Shangay que fue su credo poético: “mi patria es el vientre de mi madre”. Shangay era lo que los anglosajones llaman bigger than life, un Orson Welles drag, una Divine comunista, un Harold Bloom travestido (que es más de lo que a su manera ha sido Camille Paglia), una Pasionaria queer con la sensibilidad de Gertrude Stein o de Oscar Wilde.

Los trabajadores de Telemadrid jamás olvidaremos su compromiso inquebrantable con nuestra causa. Su performance tan Sinead O´Connor en el programa de la Tárrega, rasgando la fotografía de la Lideresa Suprema y denunciando la manipulación grosera de la cadena nos sirvió a los trabajadores como ejemplo de gesto valiente, como modelo de conducta moral de una persona tan íntegra, digna y honesta que no le importaba perder contratos, parabienes o amistades por defender lo que creía justo. Cómo no recordarle herido por la enfermedad y sosteniendo nuestra pancarta, desgañitándose en la protesta contra nuestros despidos, solidarizándose como pocos lo hicieron, regalándonos su calor en cada abrazo.

Shangay, el que supo transformar la frivolidad en compromiso, el que promovió la revista que llevaba en portada el orgullo de salir del armario, el que removió los cabarés y los teatros y el que se adscribió a todas las causas buenas y las luchas por nuestros derechos. Nunca olvidaremos al compañero de platós y de pancartas, compañero del alma o compañera.

 

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Realizador, periodista, dibujante, guionista, músico, escritor o activista dependiendo de la hora del día. Actualmente trabaja en Telemadrid.

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