En 1993, cuando era líder sindical y aún no se había volcado a la arena político partidaria, el ex Presidente Luiz Inácio ‘Lula’ Da Silva afirmó que ‘Há no congresso uma minoria que se preocupa e trabalha pelo país, mas há uma maioria de uns trezentos picaretas que defendem apenas seus próprios interesses’ (Hay en el congreso una minoría que se preocupa y trabaja por el país, pero hay una mayoría de unos trescientos pícaros que defienden sólo sus propios intereses).

Basados en esta frase, en el año 1995 Os Paralamas do Sucesso, un grupo de rock brasileño, compuso una canción en la que afirmaban que ‘Luiz Inácio falou, Luiz Inácio avisou’, que Lula había hablado y avisado, en lo que fue según el líder del grupo, Herbert Vianna, la canción de la que más se habló pero que menos se escuchó en la historia del Brasil.

Pero el avance de las causas judiciales en las que Lula está envuelto exponen que no siempre habló, que no siempre avisó, y no tanto por el hecho de sus implicancias personales, de las cuales deberá rendir cuentas, sino por el hecho de haber defraudado el apoyo popular obtenido entre los brasileños.

Lula se convirtió en 2002 en el candidato presidencial de izquierda con mayor apoyo popular en el mundo, tras haberse presentados anteriormente en tres oportunidades para el mismo cargo, y en 2003 se transformó en el primer Presidente de izquierdas de la República Federativa del Brasil. Durante su mandato logró importantes mejoras para su país y sus compatriotas, pero no pudo evitar que su gestión se viera involucrada en denuncias de corrupción. Y no sólo su gestión, sino también él mismo, y por esos hechos hoy la justicia le pide explicaciones.

Se plantea entonces un debate filosófico y ético respecto a en qué medida el fin justifica los medios. En mi opinión la honestidad es un umbral básico desde el que se debe avanzar en pos de mejorar la calidad de vida de las personas con un horizonte de mayor igualdad y libertad, y aún habiendo obtenido mejoras en este sentido, éstas se desdibujan si se hicieron sobre la base de un hecho deshonesto.

La consecuencia de esto, como ocurriera en Argentina en los últimos tres gobiernos peronistas, apropiándose del discurso y las señas de identificación de la centroizquierda aunque no pertenezcan a este sector ideológico, el electorado busca salidas electorales en sectores opuestos al cuestionado y no en alternativas que abreven en las mismas fuentes. Según sospecha la justicia brasileña y en principio lo tiene probado, Lula y su sucesora Dilma Rousseff, no pudieron hacer políticas progresistas de manera honesta, sino que sacaron provecho personal de su accionar como funcionarios públicos.

Días atrás se debatió judicialmente si Lula era culpable o no de las acusaciones de corrupción que pesaban en su contra, y el Partido de los Trabajadores en lugar de exigir un juicio justo en el que se evalúen las pruebas existentes para determinar el grado de culpabilidad de Lula cerró fuerzas en derredor suyo y, en palabras de su Presidente, afirmó que ‘Lula será candidato y participará en las elecciones. Sería una tragedia política retirar a un candidato que tiene la mayoría de intención de voto, no podemos admitir eso. Lo que está en juego es prohibir votar a una parcela expresiva de la población. Más de 40 millones de brasileños quieren votar a Lula. Una acción contra el presidente no es contra él, es contra esos millones de brasileños.’ Actitud corporativa.

Lo que afirma Gleisi Hoffmann es lo que ha guiado el accionar de los funcionarios del PT ante cada acusación judicial. Recurren al apoyo electoral como si eso los situara por encima de la ley y con el derecho a actuar en su contra.

Es entonces cuando se vuelve a debatir la cuestión de la apropiación de ciertos valores, puesto que tal como se plantea, cualquier sentencia judicial contra Lula es una sentencia contra la izquierda, contra un cuerpo ideológico, y si uno aprueba el accionar judicial queda parado, sólo por eso, en la vereda opuesta a la de los cuestionados.

Debemos recuperar la ética en la gestión de la cosa pública, y entender que no hay razón de Estado que justifique la comisión de delitos.

La justicia ya confirmo la sentencia de Lula, habrá que ver qué hace el Tribunal Electoral si el PT insiste en la candidatura de Lula, puesto que la ley le impide serlo, y si actúa de acuerdo a la ley, cómo reacciona el PT, puesto que Gleisi Hoffmann ya anunció que no hay Plan B y que si Lula no es candidato presidencial su partido tomará acciones extremas.

Decían Os Paralamas en aquella canción que ‘Brasília é uma ilha, eu falo porque eu sei, uma cidade que fabrica sua própria lei’ (Brasilia es una isla, yo hablo porque sé, una ciudad que fabrica su propia ley), y así fue mientras Lula y Dilma ocuparon el despacho presidencial en Planalto, pero todo llega a su fin y su futuro se jugó en Porto Alegre, la ciudad desde donde el Partido de los Trabajadores inició su camino a la Presidencia de la Nación a partir de las gestiones de Olivio Dutra y Tarso Genro desde finales de la década del 80, en el siglo pasado, y que paradójicamente no tiene su propia ley sino que rige la misma que para todos los brasileños.

Un sueño socialista como el que tenía el PT en sus orígenes.

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