Tengo voluntad de ir, a la exposición de Luis Sanz el Mítico en el número 39 de la calle Valverde (tantas noches divertidas e infinitas en ese calle). Tengo voluntad pero me lo tomo con calma, tanta que cuando salgo del Club Jacinto ya son las ocho y media; y la exposición estaba anunciada para las ocho. No importa. Seguro que aguantan. Miro en el esmarfon el mejor modo de ir. Buá. Hay que hacer transbordo o coger dos autobuses. ¿Y si voy andando? ¡Vamos a por ello! Cinco kilómetros, una hora; ni muy rápido ni muy lento.

Ya no estarán, me digo durante los últimos minutos y los últimos metros. Pero ¡hay gente en la puerta! Entro. Y la galería José Rincón era una fiesta y Luis Sanz el Mítico su causante y epicentro. Qué bueno. Qué bien. Qué divertido. Cuanta gente interesante de alma y de cuerpo. Qué bueno y qué rebueno. No conozco a casi nadie; cuando llego. Soy amigo de prácticamente todo el mundo, cuando me voy. Qué guapas las chicas rubias y qué guapas las chicas morenas. Qué ingenioso el conversador, Luis, que utilizaba trocitos de pasta como filtros de sus cigarrillos. Teresa Angie Dolly, hola.

-¿Quién pone dinero para comprar más cerveza y vino?

Yo el primero, por supuesto. Y pasa una hora, y pasan dos horas… y van a cerrar la galería.

Estoy allí gracias a Luis Sanz el Mítico (lo del Mítico lo explico luego), gracias a que se le ha ocurrido convertir las ondas de sonido que nacen de su interior en grabados. Líneas, fondos, colores. Los rojos, los amarillos, incluso los grises, por supuesto los negros. Ondas hipnóticas sin alharacas ni exhibicionismos huecos. Doy varias vueltas entre los cuadros, los grabados, mirando, mirando y escuchando. Porque aquello suena, y suena muy bien: a alegría de vivir. Sí, eso es a l que suena la obra de Luis Sanz: a alegría de vivir; el mejor dj pintor que nunca he visto. Y la prueba era el ambiente de fiesta, Mad Madrid parecía New York New York. Todos los artistas y todas las cervezas y la risa corriendo corriendo corriendo.

 

CODA: Lo del Mítico. Es una historia un poco larga y quizá daría para otro artículo, pero bah, ya que estamos en ello. Comienza en Hamburgo, el pintor Joaquín Capa íntimo amigo de mi colegazo Diego Sánchez-Bustamante, exponía en una galería de allí (habría que contar más cosas, como que Diego a la sazón era el cónsul en Stuttgart y que yo estaba en su casa de visita, pero si sigo por ahí me pierdo y acabaré olvidando explicar por qué en mi agenda de teléfonos llamo a Luis Sanz el Mítico).

Estábamos en que Capa hacía una exposición en Hamburgo, y… esto no se puede contar despacio, me he metido en camisa de once varas. A ver como me apaño para salir. Resumiendo. A la mujer de Joaquín Capa, la excelente dibujante y pintora María Luisa Sanz, tardé tiempo en conocerla, y cuando sucedió me habían hablado tanto de ella, que al verla no pude evitar decir:

-La mítica María Luisa Sanz.

Y a ella le gustó, y la palabra siempre ha nimbado con discreción su nombre desde entonces.

El siguiente paso es explicar que María Luisa tenía un sobrino, que además era su secretario. Siempre oía hablar de él pero jamás le vi. Y de repente una vez el sobrino estaba fatal, entre la vida y la muerte o así lo recuerdo, porque le había atropellado un coche. Y lo siguiente fue que lo vi hace cosa de un año, también en una exposición (otra vez de Joaquín Capa), en la Johnny Cool; allí le conocí. Y me cayó muy bien, aún mejor de lo que imaginaba. Le pedí el teléfono para que me avisara si exponía para hablar de su obra en Diario16 -he cumplido-, y al terminar de pedirle el teléfono le hice una foto y grabé su nombre en la agenda: Luis Sanz El Mítico. Salió así, sin pensar, quizá porque al igual que me pasó con su María Luisa Sanz había oído muchísimo hablar de él antes de conocerlo. O porque lo es, Mítico, y me di cuenta. Como mítica ha sido la presentación del 15 de diciembre de 2017 en la galería José Rincón. Cuanta alegría y ganas de vivir, qué divertida y generosa fiesta.

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