Después de su victoria frente al padre divino, y antes de la derrota ante los tres sabios dioses, a Mura se le ocurrió una nueva idea para alcanzar el estatus de divinidad.

Todos los dioses contaban con sus propios reinos, unos gobernaban inmensas ciudades en la tierra, otros vivían en lujosos jardines sobre las nueves, y algunos levantaron paraísos para que las almas de sus fieles pudieran seguir sirviéndoles tras la muerte. En todos estos lugares se podía notar la influencia de la divinidad a la que pertenecían; eran la representación de su elemento. Por ello el dios demonio decidió crear su propio reino; uno como ninguno se había visto hasta entonces.

Para empezar buscó originalidad, y por ello puso los cimientos de su obra en las profundidades de la tierra, donde ningún ser vivo había morado. A este lugar lo bautizó como Panasurá, un reino donde los demonios podrían estar a salvo del mundo exterior y convivir sin preocupación.

Para las gentes de Shamar los demonios no son una raza, o ni siquiera una especie, denominan demonio a todo ser que consideran antinatural, o que no encaje en ningún lado. Por ello Mura creó ese refugio, para que todos los repudiados y marginados como él, hallaran un hogar. En Panasurá convocó a los malformados, enfermos sin remedio, dementes, malparidos, engendros, desquiciados, abortados, y a todo aquel que hubiese recibido el rechazo del mundo. Allí crearon una civilización que demostró estar a la altura de cualquier otra. Los demonios al fin conocieron la felicidad, salvo por un pequeño detalle: su líder.

Hasta ellos temían la ira de Mura, pues este al enfadarse era como una tormenta de fuego que todo lo calcinaba. Les aterraba su locura, imposible de predecir. Y por encima de todo les preocupaba el miedo del dios demonio. Ellos habían conocido en sus carnes el miedo del mundo hacia ellos, sabían mejor que nadie que no existe nada más peligrosos que una persona con miedo, y nadie guardaba más miedo en su interior que Mura.

La decisión fue unánime, para que Panasurá funcionase, Mura debía de marcharse. Era cuestión de tiempo que su miedo le volviera contra su propio pueblo, y que cometiese una barbarie con tal de sentirse seguro. El dios demonio aceptó sin presentar objeción, pues había creado ese reino para que los demonios pudieran vivir en paz y quería que así siguiese siendo; mas no pensaba marcharse sin darles un escarmiento por expulsarle.

Reunió el frío de su helado corazón, que no era más que un tempano de hielo, y con él azotó Panasurá con un aliento fétido e invernal. Tal fue la ventisca que expulsaron sus pulmones, que el interior de la tierra perdió el calor para siempre. Y para rematar usó su descomunal fuerza para destruir todas las entradas y salidas al reino, encerrando así a los demonios para siempre, y protegiendoles del exterior por toda la eternidad.

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