La Noria

-¿Y ahora qué? Le decía Metodio a su compañera Prisca.

– ¿Ahora? Esto lleva mucho tiempo barruntando. No te hagas el sorprendido. Sabes igual que yo que esto iba a pasar.

Metodio, Prisca y los demás vecinos de la pequeña villa de Valdorros, vivían de una noria que sacaba agua de una Torca inundada con la que regaban las plantas que sembraban en una depresión rodeada de lomas. El suelo no era malo pero la lluvia escaseaba. Desde tiempos inmemoriales, el agua para regar era subida a una balsa en mitad de la ladera de una de las lomas en cuya base se encontraba la charca. Desde tiempos también remotos, a uno de los engranajes de la noria, le faltaba uno de los husillos o dientes que se introducían en el otro arbolete, lo que producía una distensión en la rueda de agua que provocaba fricción y un rendimiento menor de lo debido. En los tiempos en los que la rueca quedó mellada, las familias sembraban para subsistir y el burro que hacía girar la rueda, daba vueltas sobre la noria, apenas tres horas al día. Tenían suficiente con ello. No les preocupaba, por tanto su arreglo.

Pasado un tiempo desde que uno de los husos se partiera, llegó a la zona un personaje siniestro, que delimitó cien hectáreas de lomas y riscos y construyó una casa junto a la poza de dónde los vecinos sacaban el agua. La balsa seguía siendo municipal, pero ahora, para acceder a la misma, por el camino, había que bordear la valla por tres de las lomas que rodeaban el municipio y recorrer diez kilómetros. Durante años, se había accedido por una senda que el inicuo personaje había vallado para impedir el paso.

El abuelo de Prisca, había negociado con el creso, una solución intermedia. Ellos le darían una décima parte de la cosecha y éste les dejaría pasar por la senda. Durante un tiempo todo fue bien. El potentado se hacía mayor e iba relajando sus propósitos y consideraba que el diezmo era sustancioso y suficiente para sus nuevos propósitos.

Pero el pérfido malandrín murió y llegaron sus hijos. Ahora el diezmo, a repartir, les parecía poco. Así que comenzaron con el plan abandonado por su padre de quedarse con toda el agua de la Torca y además empezaron a poner ojo en alguna de las tierras más fértiles. Lo primero que hicieron fue volver a cerrar el acceso por la senda. Además, mandaron a uno de sus empleados que labrara el camino que llevaba a la balsa. Entonces volvieron a abrir la senda y a cobrar un peaje por su uso. Los labriegos, seguían necesitando poco y consideraron que era mejor pagar que tener que enfrentarse a los ruines descendientes o que recorrer los diez kilómetros por un camino lleno de baches. Suplieron el pago del peaje aumentando la producción de agua y sembrando cultivos que necesitaban más riego pero eran más rentables, aunque además de agua, necesitaban abono químico que también tenían que comprar. Pasados unos años, como la situación se había estancado, los arribistas mandaron manipular la rueda del agua de forma que en dos semanas, se rompieron dos husos más de la rueca. Además, envenenaron al burro que poco a poco fue perdiendo fuerza hasta que acabó no pudiendo tirar de la noria. Los aldeanos, pensaron que todo era mala suerte y se resignaron. Muerto el burro, los hijos del primer mandamás, se prestaron a cambiar el burro por un motor que hiciera girar la rueca. Los vecinos les pagarían un alquiler por el invento. Los arribistas, para convencer a los aldeanos, les hablaron de regalarles la gasolina. Una vez instalado el motor, empezaron a cobrarla y cada vez más cara. Los labriegos, una vez más, pensaron que era mejor pagar la gasolina que tener que volver a montar los aparejos del burro y encontrar otro burro al que ya nadie quería cuidar y alimentar.

A la muerte de los hijos, se hicieron con la hacienda los nietos. Ahora eran ocho en lugar de dos. Ya no les bastaba con las ganancias de la gasolina. Y ya no las querían las tierras para nada. Preferían explotar servicios. Así que montaron una escalera mecánica para subir a la balsa. Y subieron el peaje. Los vecinos empezaron a estar molestos, pero nuevamente se dieron por satisfechos porque ahora, aunque era más caro, subían más rápido y mejor. Aunque ninguno de ellos tuviera prisa, ni la urgencia fuera un factor del que dependieran sus cosechas.

Pero no les pareció suficiente. Así que convencieron al ayuntamiento para que les diera la gestión de la balsa. Ellos prometieron arreglar la noria y reparar el estanque a cambio de la gestión. Los labriegos, comenzaron a pagar también por el agua que usaban para el riego. Consiguieron la cesión y no invirtieron ni un duro en reparaciones.

Y así estaban ahora. Con una noria totalmente inservible y un gran agujero en la alberca. Prisca, la única que se había opuesto desde el principio a la privatización de su forma de vida, ya les había advertido lo que pasaría. Pero nadie le hacía caso. Decían que mucho oponerse, pero que ella también usaba el agua y la escalera.

De ahí su discusión con su compañero Metodio.

-¿Quién arreglará la noria? Le preguntó Metodio.

-Nadie, respondió Prisca. Ahora traerán una bomba que saque el agua, y un albañil que arregle el alberque. Y lo pagaremos nosotros. Y además nos subirán el recibo por el consumo de agua.

 


 

Luchar en Diferido

 

Últimamente vengo asistiendo a una feroz crítica sobre las formaciones de izquierda y su culpabilidad sobre el ascenso de la extrema derecha y la pérdida del estado social.

No se puede negar que la formación tradicionalmente autodenominada izquierda, el PSOE, lleva desde el congreso de Suresnes, en el que eligió al infiltrado Felipe González como secretario, comportándose, primero como una formación demócrata cristiana, para abrazar directamente y sin tapujos este hijoputismo liberal que trajeron a este mundo globalizado la Mano de Hierro (e hígado de oca) Margaret Tatcher y el infame actor y peor persona Ronald Reagan.

También parece evidente que PODEMOS, al cambiar su discurso rupturista y querer integrarse a toda costa en el sistema del 78, equivocadamente bajo mi punto de vista, queriendo atraer al votante del PSOE, ha conseguido que éstos les repudien y que dos, de los cinco millones de sus votantes, hayan huido horrorizados hacia la abstención, y al proclamarse como innovador y democrático en su forma de hacer y sin embargo actuar como un partido más de la vieja guardia (primarias dirigidas, olvido del mandato asambleario (los círculos), directrices de arriba abajo, etc.), han decepcionado a muchos y sobre todo, han conseguido deshabilitar la lucha en las calles y los principios del 15M.

Aun partiendo de esas premisas y aseverando su verosimilitud, echarle la culpa a los partidos, mientras tú estás sentado tranquilamente en el sofá de tu casa absorbiendo fútbol o cuando tu única lucha consiste en criticar desde tu columna o tu programa de radio que todo está mal y que los partidos son los culpables, no parece que sea ni muy original, ni siquiera inédito. En España, le llevamos echando la culpa a alguien (los liberales, Franco, Felipe, la corona, o San Pedro bendito) desde el año 1898, sin que, la mayor parte del pueblo, haya movido ni un sólo pelo para cambiar la situación.

Primero el miedo a la cárcel y las torturas del franquismo. Cuarenta años esperando a que el dictador, sátrapa y genocida muriera en la cama. Sólo unos pocos valientes jugándose el pellejo y las torturas de infames personajes como Billy el Niño o el Orejas, consiguieron meter el suficiente miedo al poder (dentro y fuera de España) como para que idearan el plan del régimen del 78. Cuando Felipe González, en ese maléfico plan que acabó destruyendo todo el tejido industrial de este país, empezó a adelgazar el estado social y a crear pobres, el miedo al paro nos dejó impávidos y como forma de aliviar nuestra conciencia, creímos aquello de que era una industria obsoleta e inevitable su desmantelamiento. Más tarde, cuando las corruptelas del PSOE eran tan evidentes que eran imposibles de tapar, dirigidos desde las televisiones privadas confiamos el poder a un insufrible personajillo déspota, ególatra, mal gestor y manipulador, (como había demostrado ya en Castilla y León dónde inventó una historia de corruptelas al pobre Demetrio Madrid para llegar a la Presidencia de la Junta y una vez conseguido el poder, arrinconar a todo aquel que no fuera de su cuerda y dar acceso a los suyos). Un pérfido arribista que acabó dejándonos sin empresas públicas privatizando sectores estratégicos, usando dinero público para su promoción personal (como la medalla del Congreso de USA), metiéndonos en una guerra que ha traído el terror a occidente y hasta casando a su hija como si fuera una princesa en una boda en la que la mayor parte de los invitados están sentados en el banquillo de la corrupció. Después creímos que Zapatero era un personaje tapado, de esos hombres de paja que llegan al poder y acaban demostrando arrojo, y cuando acabó vendiéndonos la estafa del liberalismo como la única solución plausible, en lugar de echarnos a la calle, nos quedamos viendo como la mayor parte del pueblo perdía sus casas, su trabajo, su forma de vida y hasta su orgullo. Es más, en lugar de apoyar al movimiento de la gente que habíamos estallado diciendo ¡Basta!, se pusieron de parte de los malos, llamándonos perroflautas, piojosos y exaltados. Ahora que el trabajo ya no es el medio para sobrevivir, el miedo al terrorismo y a la incertidumbre (y eso que el futuro ya no puede ser peor) nos sigue dejando paralizados y asumiendo las vicisitudes como un mal menor. Apoyamos a los corruptos, a los ladrones, a los que se han beneficiado del dinero público para sus “Business” y a los que se han quedado con lo público como forma de seguir acumulando riqueza porque es ya la única forma que tienen de explotarnos.

Seguimos creyendo todas las mentiras que se cuentan sobre los catalanes que, como bien explica aquí Beatriz Talegón, son fruto de la manipulación mediática y de la ignorancia de un pueblo sometido que prefiere creer aquello que no le comporte ningún tipo de esfuerzo mental o incomodidad en sus penosas vidas.

 

¿Quién es el culpable de que haya desaparecido el estado social? ¿Quién es el culpable de que la Sanidad Pública se esté desmantelando (doblando el gasto además)? ¿Quién es el culpable de que la Educación Pública esté en sus peores momentos? ¿Los partidos?

Como siempre es mucho más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la gran viga que nos cruza los nuestros. Nos han llevado a una sociedad egocéntrica en el que el individualismo es el único valor que prevalece. Como a los ratones de laboratorio nos han doblegado con el azucarillo del consumismo. Somos nosotros los que preferimos llevar a nuestros hijos a colegios concertados en los que no haya gitanos o emigrantes pobres. Somos nosotros los que, aceptamos de buena gana las derivaciones hospitalarias, los que no nos oponemos a una gestión privada de la sanidad que eleva el coste en varios miles de millones de Euros. Somos nosotros los que consumimos seis horas de TV al día, los que aceptamos la basura mediática que nos echan de comer en los noticiarios de A3media, Telecinco o RTVE. Somos nosotros los que, mientras podamos vivir de la pensión del abuelo, preferimos estar hacinados y tener para tabaco o un Iphone X que luchar por una vida digna, un trabajo sin explotación o un futuro para nuestros hijos. Somos nosotros los que, en lugar de comprar a nuestro vecino de la tienda de abajo, preferimos ir a esas grandes superficies que venden barato a costa de la explotación de personas el en sur de Asia. Explotación que ha acabado globalizando el mercado revertiendo en nuestros salarios, en nuestras condiciones de vida y en nuestro poder adquisitivo. Son nuestros vecinos, los de la tienda de abajo, los que mantienen con su voto y sus chanchullos a los sinvergüenzas que acaban allanando la legislación para que las grandes multinacionales les hagan la competencia desleal. Somos nosotros los que, ante una situación de precariedad, pobreza y desaliento, preferimos confiar el voto a personajillos de extrema derecha, como Rivera, que proponen un modelo sanitario como el americano en el que los pobres y los desafortunados a los que les van mal las cosas, no tienen cabida. Quiénes proponen desregular totalmente el mercado laboral para que los empresarios puedan pagarte lo que quieran y hacerte trabajar en las condiciones que mejor les plazcan. Somos nosotros los que preferimos estar en el sofá paciendo en la TV, antes que acercarse a la Asociación de Vecinos del Barrio, a esa asamblea de vecinos que prepara movilizaciones o a la plataforma que lucha por la sanidad o la educación pública. Porque es más fácil que otros te hagan el trabajo. Porque es más fácil confiar el voto en otros a quiénes poder ponerles a caldo. Porque es más fácil echarle la culpa a quiénes ocupan parte de su tiempo libre en la lucha y tienen conflictos familiares por ello, que hacer autocrítica y llegar a la conclusión de que somos unos mierdas y que todo lo que nos pasa es poco, porque si permites que te roben y lo consientes, acabarán quitándote hasta la vida. Porque no es Red-Bull lo que da alas, sino la impunidad. Y como en el poema de Niemöller, cuando se lleven nuestra vida y seamos conscientes, ya será tarde para poner los bueyes delante del carro.

La izquierda no es un ente etéreo. La izquierda la forman las personas y su comportamiento. Y los derechos no se ganan dando aplausos a los corruptos, a sus cómplices o permaneciendo impasibles. Los derechos se ganan actuando en persona. No es posible la delegación de la lucha.

 

Salud, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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