Verdaderamente ya nada es como antes. Vivimos una época de adulteraciones y sucedáneos: el café ya no sabe a café, el pollo sabe a plástico, la vaca a clembuterol y el tonto del pueblo, ay, el otro tonto del pueblo bonachón y lleno de babas como Dios manda también ha degenerado una barbaridad. Y es que hasta las mejores costumbres se están perdiendo. Antes, cada pueblo tenía su tonto que iba el angelito por las calles sin meterse con nadie, recogiendo colillas y jugando con un yoyó. Pero ahora, con esto de la globalización, los tontos del pueblo ya no sólo no son esos tontos tan simpáticos de antes que no sabían hacer la “o” con un canuto sino que son unos tontos antipatiquísimos que en vez de practicar para hacer la “o” como es su obligación (contemplada además en el convenio colectivo de los tontos del pueblo), pues están todo el día dando la tabarra con la yihad y cogen el canuto ese y se fabrican los tíos una metralleta o algo muchísimo peor para meterle a cualquiera que se les ponga a tiro seis o siete mil balas en el estómago… ¡Con lo que eso duele!

Yo no sé adónde vamos a ir a parar. Antes, te cruzabas con un tonto del pueblo y daba gusto verlo arrastrando una lata atada con una cuerdecita, pues no había nada que le gustara más a un tonto del pueblo que una cuerdecita para atar con ella una lata. Pero ahora los tontos del pueblo ya no se conforman con una cuerdecita normal de simple cáñamo, no; estos cargantes tontos del pueblo de ahora lo que quieren es tener una maroma bien gorda, de esparto por lo menos, para colgar por el cuello a todos los que se metan precisamente con su maroma. Y es que yo no sé qué les pasa a estos nuevos tontos del pueblo que no aguantan la más mínima broma con su maroma. Tú le dices a un tonto del pueblo que hay que ver qué maroma más fea tiene, por ejemplo, o que su maroma de usted, apreciado bobito, está un poco deshilachada, y va el tío y con la voz del que dobla a Terminator te dice:

«Toíto te lo consiento, menos faltarle a mi maroma, que maroma no hay más que una, y a ti te encontré en la calle…».

 

Y después va y te pega dieciocho mil tiros con el canuto aquel, claro. Y ésas no son formas, la verdad.

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Los tontos del pueblo de antes, como salidos de la pluma de don Camilo José Cela, eran bondadosos y de tiernas inclinaciones y sonreían siempre con una sonrisa suplicante de buey enfermo aunque le acabasen de arrear un cantazo; pero estos nuevos tontos del pueblo no sonríen ni por equivocación. Estos tontos del pueblo están siempre enfadados y son además muy pesados enseñando constantemente su maroma e intentando por fuerza que todo el mundo confiese que no hay en el mundo maroma más hermosa que la sin par maroma suya…

Yo, desde luego, estoy ya de este idiota fundamentalismo de babas, maroma y canuto hasta la tonsura.

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