Cuando colaboración significa explotación, aunque venga disfrazada de modernidad digital, los ciudadanos, tanto los que están afectados como los que no, esperan ayuda y, sobre todo, una respuesta inmediata del Estado y sus administraciones para acabar con esa situación de fraude, engaño, estafa, o chantaje. Pero junta a ella, también es conveniente una respuesta ciudadana que de apoyo y soporte cotidiano a esta batalla contra cualquier tipo de explotación.

Todos sabemos que la lluvia convierte Madrid en una ratonera, que visualiza el fracaso de la gestión del tráfico por parte del ayuntamiento de Ahora Madrid. Atascos kilométricos en las calles hacen que puedas estar horas para llegar de un lugar a otro. Estos días, varias personas me comentaban no solo su enfado por el tiempo perdido encerrado en el coche, sino su sorpresa ante un fenómeno reciente que habían observado y les había preocupado por la dureza del mismo. Me refiero a los riders.

De un tiempo a esta parte, en las calles de las grandes ciudades se puede ver con bastante frecuencia a repartidores de mensajería o comida de nuevas plataformas digitales de reparto, en moto o bicicletas, con unas grandes mochilas a sus espaldas, que se juegan la vida entre el tráfico con el fin de poder llevar algo de dinero a sus casas. Son los denominados riders, y en Madrid ya son más de 400.

Estas personas, que van en moto o en bicicleta, trabajan en una condiciones de explotación y precariedad que se pueden resumir en: el trabajador pone su bicicleta o moto; su smartphone para los pedidos; paga sus cotizaciones; tiene que tener algún tipo de seguro porque es él quien responde de los incidentes de tráfico que pueda tener; cobra por pedido; si está enfermo o coge vacaciones no tiene ingresos; y al empezar a trabajar la empresa le cobra una fianza de 60 euros por el equipo que les da, es decir, por la mochila, la funda del móvil y por una batería auxiliar.

Estas empresas, que tienen nombres como Deliveroo, Glovo, Ubereats, y Stuart entre otras, imponen las condiciones y sus precios. Te obligan a ser autónomo y te usan a destajo bajo un contrato mercantil, que hace que la empresa se ahorre un salario en convenio, las cotizaciones sociales, las indemnizaciones por despido, los días de vacaciones, y el resto de derechos laborales.

Y además, en muchas ocasiones te exigen ser autónomo dependiente, es decir, una forma de trabajar en exclusividad para una única empresa cuando el 75 por ciento de tus ingresos procede de un solo pagador. Una forma más de control e intimidación.

Control, porque pueden saber en todo momento la geolocalización del trabajador y decidir cuándo podrá recibir pedidos. Intimidación, porque si protestas o no acatas sus órdenes puedes estar en la calle esperando sin ningún pedido, no tener pedidos en la semana siguiente como aviso, o simplemente ser desconectado sin ningún tipo de explicación o indemnización.

En teoría estos riders son autónomos, pero la tarifa y los clientes no los escoge el repartidor, sino la empresa. Esto último, es clave, porque como denuncian los propios trabajadores demuestra que son falsos autónomos.

Alguien puede en este momento preguntarse ¿Y las empresas que opinan? Las empresas defienden su modelo de negocio, afirmando que es un contrato de prestación de servicios, no hay jornadas, los repartidores se conectan cuando y donde quieren, las horas que consideran y deciden sus propias rutas.

Pero, siendo un poco curioso chocan varias cuestiones. La primera, es que empresas dedicadas al reparto no tiene ni un repartidor en nómina. La inmensa mayoría de sus raiders son autónomos dependientes y el resto autónomos. Las empresas contestan que gestionan repartos y para eso no es necesario tenerlos en nómina. Curioso.

La segunda, es cómo estas empresas tienen mucho interés en imponer su vocabulario. Así, se prohíbe usar palabras como salario, trabajo, contratación, y en su lugar aparecen “pago por servicio”, “actividad” y “colaboración”, siempre mucha “colaboración”. Curioso.

La tercera, es el propio modelo de negocio, donde las empresas ingresan las ganancias por dos fuentes: por el consumidor y sus acuerdos con proveedores y por el trabajador, al eliminar los costes de la relación laboral. Pero al tiempo, estas multinacionales pueden mantener perdidas millonarias en sus cuentas durante años. Curioso.

Otras preguntas qué surgen es si vale la pena y cuánto cobran estas personas. En cuanto a la primera, es la falta de trabajo la que aboca a muchas personas a esta actividad. Es decir, es la necesidad. Una necesidad, que además se ceba con los trabajadores menos cualificados y más desprotegidos.

En cuanto a cuento cobran, unos 4 euros por pedido, dependiendo si se hace en bicicleta o en moto, la distancia, la hora y día de la semana, y las condiciones atmosféricas. La gran mayoría, ganan un salario por debajo del Salario Mínimo Interprofesional (SMI).

Todo lo anterior, deja a las claras una situación de precariedad y explotación a la que es preciso poner fin. En otras palabras, hay que acabar con toda esta falsa economía colaborativa, donde el 70 por ciento de los trabajadores de la economía de los encargos digitales no tienen protección social.

Por este motivo, es muy positivo que UGT, por una parte, haya denunciado ante la Dirección General de Trabajo la situación de fraude laboral existente. Y por otra, solicite que se regularicen las relaciones laborales de aquellas empresas que utilizan la digitalización para socavar los derechos de los trabajadores.

Y es esperanzador, que la Inspección de Trabajo, primero en Valencia y luego en Madrid, haya concluido que los repartidores de Deliveroo son falsos autónomos y exigen a la empresa el reintegro de 160.000 euros en las cotizaciones a la Seguridad Social de al menos 50 de los empleados, en el primero de los casos.

Concretamente, señala que “se ha comprobado que la relación que unía a estas personas con la mercantil de referencia encubría una auténtica relación laboral y, por tanto, una falta de alta y cotización en el Régimen General”. Procediendo a comunicar su alta en la Seguridad Social.

Una buena noticia, porque como se dice coloquialmente “no todo vale por la pasta”. Un primer paso para dignificar un trabajo que no está dignificado.

La próxima vez que nos crucemos con un riders: EMPATÍA. Pero sobre todo DERECHOS.

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