Mira a sus hijos desde la distancia sin poder evitar la cercanía del amor. Los observa mientras juegan en la alfombra del salón y ella ultima un informe que debe entregar antes de que anochezca para que a primera hora de la mañana su jefe pueda leerlo. Se permite esos segundos de descanso para observar a sus pequeños. Seis y cuatro años. Moreno y rubio. Ojos oscuros y claros. Uno, muy bueno; el otro, muy travieso. Los dos tan suyos, tan necesarios como el agua que corre por el cuerpo tras un día de estrés; como esa palabra que consuela cuando uno cree que nada podrá calmar su desconsuelo; como el calor de un abrazo cuando el desgarro es lo único que acepta; como esa luz del sol que broncea el alma. Cada uno en su mundo, los dos en el suyo.

Juegan a construir naves espaciales con cientos de fichas de distintos colores y tamaños; a montar la pista donde aterrizarán para comenzar un nuevo viaje espacial, con sus focos luminosos en rojo y azul, con los dragones escondidos en otras cajas que salvarán con su fuego al invasor. Entonces ve en esos dos niños a sus dos hermanos, y se ve a ella misma escondiendo su muñeca, la que lloraba al quitarle el chupete, para acercarse a ellos y casi suplicar que la dejen construir castillos, aunque sea para luego convertirse en princesa. Ahí están, los tres, amasando ilusiones como se amasa el pan de madrugada para dorarlo en el horno. ¿Y si ellos fueran también tres?

Ha entrado un correo electrónico. Son unos datos que debe incorporar al informe que está redactando. Olvida su locura y se centra de nuevo en su trabajo, pero uno de los niños la llama, es el mayor que aburrido reclama su atención. Necesita más tiempo, entonces recuerda que pronto llegarán los Reyes Magos y que no han escrito la carta. Coge dos folios y los pone sobre la alfombra, también un lapicero, la goma blanca y la caja de las pinturas. Les pide que piensen si han sido buenos o malos, y sin mentiras para que no les crezca la nariz como a Pinocho. El mayor deberá escribir el nombre de sus regalos; el pequeño, como aún no reconoce las letras, tendrá que pintarlos.

Al rato vuelve a mirar a sus hijos, a pensar cómo es posible sentir tanto amor. El moreno, tumbado, sigue escribiendo; el rubio lleva un rato sentado sin hacer nada. Apaga su ordenador tras adjuntar el documento y darle a enviar y se sienta también en la alfombra. El primero corre rápido a enseñarle todo lo que quiere, porque ha sido muy bueno; el otro sigue a su aire. Ella le pide la carta y se sorprende al ver que solo hay un plato pintado de azul en el centro. La mamá desconcertada le pregunta; él, sin moverse del sitio y tocándose la nariz, le contesta que quiere agua, bastante agua para que puedan beber los tres camellos.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

nueve + 17 =