No hay más que poner la radio o la televisión para constatar, fehacientemente, que una nueva profesión ha nacido: los politólogos. Hay politólogos en todas partes y a todas horas, politólogos en las tertulias de la Griso y de Ana Rosa, politólogos en los telediarios, politólogos hasta en la sopa.

Ayer mismo entré en el ascensor y me encontré con el vecino politólogo del quinto que iba a tirar la basura. Quiso echarme la charla urgente sobre el último barómetro del CIS y claro, tuve que cortarle por lo sano. Le doy un consejo de buena fe, amigo lector: nunca deje decir la primera palabra a un politólogo o estará perdido sin remedio.

Son los nuevos sociópatas de nuestro tiempo. A un politólogo le das los buenos días y te echa una charla sobre las confluencias de padre y muy señor mío que te deja patas arriba y listo papeles para el resto de la jornada. Hoy todos quieren ser politólogos, es lo que mola, lo que vende en la tele, y si antes en las fiestas se ligaba preguntando aquello de estudias o diseñas hoy se le entra a la chai de turno diciéndole estudias o eres politóloga.

Hay un overbooking de analistas de la cosa, de politólogos, ya digo. Un exceso, un stock, un pasote. Uno ya no puede dar un paso por la calle sin tropezarse con un politólogo. Siempre van muy repeinados, bien vestidos y arreglados (el chaleco es fundamental) y además de la buena presencia tienen un piquito de oro que para sí lo hubiera querido Sócrates.

Manejan la jerga, hacen malabarismos con los números, tiran de encuestas y predicciones. Elaboran teorías muy sesudas que rara vez se cumplen pero todo el mundo les pide opinión, consejo y análisis de última hora. Los politólogos son como aquellos augures de Roma que abrían las entrañas de los pájaros para saber qué iba a pasar en las Galias. Solo que Roma terminó cayendo por los indignados de la época, que eran los bárbaros, sin que los politólogos de entonces, como los de ahora, las vieran venir.

Mi politólogo favorito es sin duda Ignacio Sánchez Cuenca, ese que ha escrito un libro bajo el título La desfachatez intelectual, donde pone a caldo a los escritores que escriben de política. Dice que gente como Vargas Llosa, Javier Marías, Fernando Savater o Pérez-Reverte, nada, cuatro indocumentados que no saben juntar dos líneas seguidas, y otros muchos, no deberían escribir de política tan alegremente porque dan contenidos “superficiales, poco meditados y poco informados” envueltos en un estilo “campanudo, prepotente y muy tajante”.

Además opina que no está seguro de que sea bueno que  haya “intelectuales de referencia”, de modo que andábamos escasos de cultura pero a partir de ahora, de triunfar estas propuestas extrañas y coercitivas de la Ciencia Política moderna, iremos en taparrabos cultural.

Por si fuera poco el hombre va y critica que en España los escritores no hayan salido aún del 98 y escriban todos desde el pesimismo y el desencanto, como si aquí se pudiera escribir de otra manera. Todo apunta a que este señor quiere cargarse el columnismo patrio y secular, tan brillante y potente, que tantas páginas gloriosas ha dado a la literatura española desde el patriarca Larra, e imponernos así la dictadura fuerte de los legajos de la Politología, tan escolásticos, aburridos y coñazo.

Si de los politólogos dependiera, aquí todos hablaríamos raro, marciano, con muchos datos matemáticos, muchas encuestas y cálculos de probabilidades, eso sí, soltando palabros como sorpasso que deberían estar perseguidos por la Fiscalía. El señor Sánchez Cuenca nos quiere poner mirando para ídem en un nuevo alarde de talibanismo intelectual, cultural, cargándose de un plumazo todo lo bueno que tiene una columna literaria y política a la vez, y privándonos del último placer que nos queda ya: sorber el primer café de la mañana con aromas de escándalo y corrupción mientras se degusta, carajilleramente, un clásico Vargas, un fino Marías o un ardiente Pérez-Reverte.

No parece que sobren escritores que se metan en harinas políticas en esta España ágrafa y enferma de incultura, sino todo lo contrario. Lo que sobran son fantasmas. Y politólogos.

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