Sucedió hace ya más de un mes, pero esta es una historia que no necesita de las olas de la actualidad, pues es más fuerte que el tiempo.

Era de noche, Manolo, Manuel Domínguez Moreno, había venido a Madrid por asuntos de trabajo, me llamó y quedamos en vernos. Le pasaría a buscar por el agradable hotel en la calle Jorge Juan en donde estaba alojado y luego iríamos a picar o cenar algo. Pero no fuimos a cualquier sitio. El restaurante más cercano al hotel estaba demasiado lleno, el situado en la acera opuesta no nos convenció a ninguno de los dos.

-He visto un gallego mientras venía, creo que no está lejos.

-Vamos -respondió.

Sólo al llegar advertí que ya había estado allí, uno o dos meses antes, con Ramón Pernas, hombre mágico, algo no tan raro entre gallegos, y escritor de voz inconfundible. Ocafu, ese era, es, el nombre del restaurante y lo escribo porque sorprendentemente me acuerdo: siempre olvido los nombres de los sitios, practico la no memoria para dejar el máximo espacio posible al aire en los pasillos del cerebro.

Pensé que de algún modo la taberna gallega. Galicia y la magia, nos había llamado y convocado. Y después de lo que sucedió esa noche aún más lo creo y pienso.

Había fútbol en la televisión, un partido más o menos importante, pero eso sí que en absoluto lo recuerdo. Tampoco lo que comimos aunque todo estaba muy bueno. A mí, cuando quedo con un amigo, lo que más me interesa es conversar, entremezclar discursos y pensamientos.

Hablamos de trabajo y de proyectos, de momentos comunes, nos conocemos hace ya más de doce años, pero al poco comenzamos a tocar temas de mayor calado, temas de los que no se puede hablar con cualquiera, porque la mayoría de las personas miran hacia otro lado y se asustan, cuando se menciona la palabra muerte.

No era el caso. A Manolo le había oído decir muchas veces la frase “yo no creo en la muerte” y siempre había querido profundizar más al respecto, descubrir que había bajo la piel de esas palabras.

Fue entonces cuando sucedió, y quizá antes de publicar este texto debería consultarlo con mi amigo porque lo que sigue es íntimo y es posible que vaya a pecar de indiscreto. No voy a consultar nada. Voy a seguir escribiendo.

Hay muchos grados de muerte, tantos como formas de seguir vivo cuando se apaga la electricidad del cuerpo. Y en ello estábamos, explorando el otro lado con el máximo cuidado y respeto, cuando lo dijo, y al decirlo sucedió algo portentoso e inolvidable.

-Mientras yo viva mis padres están aquí, bailando.

Movió la mano derecha en dirección a la ventana, negra y brillante gracias a la complicidad de la noche y yo miré hacia donde señalaban sus dedos y los vi, los sentí: un hombre y una mujer en una estampa como antigua, sonriendo satisfechos, orgullosos -no era para menos- de su hijo, que los mantenía bailando en su corazón y en su intelecto.

Se sigue viviendo después de muerto mientras alguien nos lleva consigo, en su interior. Alguien que nos ha conocido bien, conocido y querido. Hay otros modos: la obra de los creadores, gestas, monumentos… huellas de su paso por el mundo que consiguen dejar unos pocos. Pero ninguna de esas huellas probablemente pueda ser tan poderosa como lo fue el gesto de Manolo, Manuel Domínguez Moreno, cuando movió la mano derecha con seguridad de chamán y logró hacerme sentir la presencia, real, de sus padres. Absolutamente inolvidable momento.

Muchos días después, ya había decidido que iba a escribir sobre lo sucedido pero también que no iba a tener ninguna prisa en hacerlo, le mandé un correo preguntándole por sus nombres, el nombre de su padre, Manuel, y del su madre, Antonia. Aquí los dejo, fascinado y orgulloso de haberlos conocido, de haberlos visto y sentido gracias a la magia que para mí y ante mí hizo Manolo, Manuel Domínguez Moreno, su hijo.

 

(Mecanografía: Ángel Arteaga Balaguer)

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