En la novela “Las afinidades afectivas”, Goethe muestra como en ocasiones las personas se sienten atraídas de manera tal que amenazan las relaciones establecidas y esperadas y cómo la fuerza de esta atracción es imperativa y misteriosa. Una novela cuyo título hace referencia a uno de los problemas que habían ocupado a los químicos durante el siglo anterior. La obra de Goethe utiliza la afinidad química como metáfora y la aplica a las relaciones amorosas. La afinidad entre las sustancias, la razón por la que se formaban ciertos compuestos y no otros y por la que algunos se deshacían para rehacerse de manera diferente preocupaba a los investigadores en los últimos tiempos de la alquimia y los primeros de la química moderna.

La política española vive hoy esas atracciones y pasiones morbosas donde la banalidad y la cortedad de miras son conceptos intercambiables. Siguiendo con las analogías literarias podríamos decir que los políticos españoles no han entendido, como reprochaba Edith Wharton a los novelistas inatentos, que la originalidad no busca una nueva forma, sino una nueva visión. La crisis institucional y social que padece nuestro país más que las propuestas de un regeneracionismo escolástico y cómodo demanda una nueva mirada que sobresane las excrecencias de un tiempo político condenado a pasar.

El escenario parlamentario devenido tras los comicios últimos demuestra que hay un sesgo claro de final de ciclo que los partidos “de gobierno” no quieren entender en su intento de reconstruir una realidad que ya no existe mediante el experimento de unas relaciones afectivas que siendo necesariamente nuevas, en el sentido que el pacto es imprescindible, no les lleve a resituarse en ámbito distinto al privilegiado de la alternancia o el turno de poder. El pacto de gobierno, que no de investidura, PSOE Ciudadanos, mutila sumariamente la posibilidad de una mayoría parlamentaria  tanto por la izquierda como por la derecha por mucho que se quiera, sobre todo por parte del Partido Socialista, concebirlo como una mera cuestión instrumental y estratégica, ya que los hechos demuestran que no satisface sino a las dos minorías firmantes. Una coalición que establece unas extrañas relaciones afectivas ya que por parte de Ciudadanos se insiste en que hay que contar con el Partido Popular, mientras el PSOE acusa al resto de las fuerzas parlamentarias de izquierda de que no unirse al pacto es dejar que gobierne la derecha.

la política en nuestro país ha llegado a un nivel de levedad intelectual y ética peligrosa

Y es que hay en este juego de los pactos excesivas limitaciones dibujadas con un único trazo negro trufado de rigideces. Porque si de lo que se trata es del frívolo simulacro de la apariencia contenida en la pequeña estratagema de intentar que si visualice que la culpa de la falta de acuerdo es de los otros, es que la política en nuestro país ha llegado a un nivel de levedad intelectual y ética peligrosa. Es complicado la formación de mayorías con criterio excluyente, sobre todo cuando se trata de la formación de un gobierno que tendrá que resolver problemas que requieren la participación y el diálogo con las fuerzas políticas damnificadas de marginación impuesta en el mismo punto de partida negociador. ¿Cómo resolver el problema llamado catalán –que es más bien el problema español- negando cualquier tipo de diálogo a los diputados del otro lado del Ebro que los ciudadanos han puesto en el Congreso? ¿Qué diseño de gobierno se configura negando el apoyo de unos y otros para anatematizarlos políticamente?

Todo ello es el galimatías del canto del gallo en un complot donde se pretende que la negación sea el apriorismo del acuerdo. Una complicación que es fruto de la decadencia del sistema y de la intencionada ignorancia de esta realidad por parte de los partidos que se repartían las gabelas del bipartidismo. La quiebra del pacto de la Transición ha producido lo que Ulrieh Beck llama el poder de los impotentes: todo lo que viene fuera del marco institucional es digno de sospecha. Pero las cosas ya no van a volver a ser como antes porque la ciudadanía se ha dado cuenta que la ideología y los valores no tienen alternativas honorables ya que cuando la política se convierte en una burda lucha por el poder, deja de consistir en la definición ideológica de un espacio de convivencia para sumergirse en una pugna por conquistar territorios de dominación.

El sistema institucional para la toma de decisiones políticas en el cual, a través de una lucha competitiva por el voto popular, los individuos alcanzan el poder para decidir.

Todo lo anterior representa un enflaquecimiento de los contenidos morales y a la consiguiente desmoralización de la vida pública, mediante una concepción schumpeteriana de la democracia puramente instrumental. Es la concepción de la democracia como método: “El sistema institucional para la toma de decisiones políticas en el cual, a través de una lucha competitiva por el voto popular, los individuos alcanzan el poder para decidir.” Es un concepto mercantilista de la democracia, de mercado, en la que se renuncia a lo básico de la participación ciudadana dejando el poder a quienes mejor venden su imagen. Si la democracia es sólo un método para ganar elecciones, a nadie le toca elaborar y precisar los contenidos que deben guiarla. Este carácter instrumental de la misma política produce que la distancia entre la administración y la política sea cada vez más pequeña, con la consiguiente reducción del bagaje ideológico a manos de unos técnicos de la gestión pública.

Si todo se reduce a la seducción del consumidor en un contexto de mercadeo, donde el marketing y la publicidad operan al margen de cualquier consideración moral o ideológica, es lógico que la trivialidad de lo técnico ante lo ético suponga el abandono del concepto de ciudadanía como centro del acto político.

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