El modelo cultural amoroso en el que somos educadas las mujeres va en correlación con aquello que llamamos el “mito del amor romántico” con toda su carga implícita de “amor a cualquier precio”, “el amor de pareja como único centro de nuestras vidas”, el mito de la “media naranja” (que nos convierte en mujeres desposeídas de nosotras mismas dejando de ser sujetos de derechos ) y el “amor hasta que la muerte nos separe”.

Pues bien, es este modelo amoroso el que normalizan e incorporan nuestras jóvenes en una perversa identificación del amor con el control, con el aislamiento, con la anulación. Los datos de violencia en las parejas jóvenes, según diversos organismos internacionales, hablan por sí mismos de un aumento progresivo y alarmante. Pero antes de la violencia explícita se dan, en el comienzo de las relaciones de pareja, lo que el psicólogo Luis Bonino definió como los micromachismos, que son maniobras de control que ejercen algunos varones en las relaciones de pareja que se mueven en el ámbito de lo micro, lo casi imperceptible, son violencias invisibles y difícilmente detectables, que se definieron como tales por el daño que producen a través de la repetición de las mismas, a lo largo de la relación, en la autoestima y autonomía de las mujeres.

Estas maniobras de control se realizan para mantener el dominio, reafirmar dicho dominio frente a la mujer que se “rebela” por su lugar en la relación y resistirse al aumento de poder personal de la mujer con la que se tiene una relación. A través de los mismos, como desarrolla Bonino, se trata de imponer sin consensuar el propio punto de vista o razón. Son efectivos porque los varones tienen un aliado poderoso para usarlos: el orden social, que les otorga el “monopolio de la razón”.

Estos micromachismos se clasifican en tres tipos: directos, encubiertos y de crisis. En los directos, el varón usa la fuerza moral o psíquica para intentar doblegar y hacer sentir que ella no tiene razón. Algunos ejemplos son las maniobras dirigidas a atemorizar, que implican un arte en el que la mirada, el tono de voz y los gestos sirven para intimidar, para indicar que si no se obedece va a haber bronca.

Otras maniobras de este tipo de micromachismos son la toma de decisiones sin consultar con la pareja, el ganar por cansancio imponiendo la propia opinión hasta que la mujer acepta a cambio de un poco de paz. Los micromachismos encubiertos son aquellos en los que el varón oculta su objetivo de dominio. Estas maniobras son muy sutiles e impiden el pensamiento y la acción eficaz de la mujer, llevándola a hacer lo que no quiere y conduciéndola en la dirección elegida por él. Ejemplos de estas maniobras son el abuso de la capacidad femenina del cuidado, exigiendo que sea la mujer quien se ocupe del cuidado de los hij@s , de la familia, de él, de sus amigos, de las tareas domésticas obligándola a un sobreesfuerzo vital que le impide su desarrollo personal, incumplir promesas, crear una red de mentiras para no comprometerse, utilizar los silencios para no tener que pactar ni negociar con alguien a quien no considera un igual. Y por último, los micromachismos de crisis se utilizan en momentos donde la mujer, por cambios en su vida, aumenta el poder personal o ante la pérdida del poder del varón por razones físicas o laborales. Él, al sentirse perjudicado y ver que su posición de poder pierde valor, utiliza estas maniobras para restablecer su statu quo. Ejemplo de las mismas son la desconexión y el distanciamiento para hacer sentir a la mujer culpable de pensar en ella y en su desarrollo profesional y de no invertir lo suficiente en la relación, además de las amenazas de abandono y de irse con otra mujer “más comprensiva y cuidadosa” son algunas de estas maniobras.

Aprender a detectar estas microviolencias a través del conocimiento y dar voz a los y las expertas y a los movimientos de mujeres en los medios de comunicación son fundamentales para rescatar la vida de muchas de nuestras jóvenes. Pero además es una obligación política y moral de toda la sociedad y las instituciones priorizar la lucha contra la violencia de género en todas sus dimensiones y considerarla una prioridad de Estado.

Sin embargo, entre otras voces autorizadas de expertas y organizaciones, el fórum de Política Feminista advierte que el gasto en políticas de mujer y contra la violencia machista ha caído 17 millones en cuatro años. El presupuesto destinado a la prevención de la violencia de género alcanza los 23,7 millones, mientras que en 2011 la cifra era 30,3, es decir, un recorte del 21,7%.

En cuanto al dinero aplicado en acciones específicas contra la violencia machista, las expertas hablan de al menos un retroceso del 22% entre 2011 y 2015.

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