Contaba Camilo José Cela que tenía recortado un anuncio aparecido en las páginas de El Liberal poco antes de la guerra y que decía así: “Viuda joven, saludable y bien parecida desea protección caballero formal preferible funcionario o sacerdote.” Nada de tibiezas, reclamaba la viuda, gente de orden como Dios manda, que está siempre por encima del pecado. Los pusilánimes, los tibios fueron entregados por Dante al peor de los infiernos. “Porque eres tibio, ni frío ni caliente, comenzaré a vomitarte de mi boca” dice el Apocalipsis a la iglesia de Laodicea.

Hay una España, terca e impertinente en su constancia histórica, que patrimonializa la centralidad de lo que debe o no debe ser, para, sin reparo alguno, proclamar como excrecencia doctrinaria todo aquello que se sitúa en sus márgenes. Es la nación que se nos declaraba eterna y que tiene que serlo por el largo rato de su acomodo en los avatares de nuestro país. Una España añeja que tiene como natural el que ante ella sólo cabe someterse. Hubo durante el siglo XIX un partido político llamado de los exaltados (que ya por sí el nombre estresa por cuanto se imagina uno a los militantes siempre con las venas de la frente hinchadas y hablando a gritos) al cual pertenecía el político liberal Francisco Martínez de la Rosa, que fue toparse con las afiladas aristas de la España seria y polvorienta y tornarse su ánimo tan propenso a la contemporización  que le valió el mote de “rosita la pastelera“.

La Transición, una vez derrotado Franco por la biología, superó las dos Españas, por abducción de la más extensa alrededor de los ijares de siempre: la imperante nación donde no se pone el sol de los conspicuos intereses de las minorías que, a falta de un espíritu nacional colectivo, pretenden que sus mercaderías y réditos sean la encarnación patria bajo el nombre de “marca España.” Esa España radical de los privilegios estamentales y económicos, que impone performativamente la casuística del lenguaje, los ademanes y los actos políticos,  para construir un escenario donde la democracia, los derechos y libertades ciudadanas o la justicia social acaben siendo las “rositas pasteleras” del orden establecido. El equilibro de lo mesurado es de tal excentricidad que se contempla en la esgrima de la vida pública española cómo la derecha radical reclama, de acuerdo con el ortopédico y parcial ecosistema político, una prudencia en la izquierda que obliga a la desnaturalización de los progresistas para ser parte del régimen. Son estas inercias históricas las que hicieron que el mismísimo conde de Romanones durante la Restauración canovista se considerara de izquierdas.

La crisis institucional, política y social que padecemos no es sino el desprendimiento tumultuoso del atrezzo inauténtico en el que el sistema funda su tautológica supervivencia. Ello supone la incapacidad de organizar el caos de  las contradicciones que supura el régimen de poder. Son esas inautenticidades las que provocan, como nos advertía Gil de Biedma, que la historia de España sea la peor de todas las historias porque acaba mal. Y en ese ápice crítico se encuentran las mayorías sociales que se debaten en la pobreza, el paro, la exclusión mientras se les dice que todo va bien y que el verdadero problema nacional es que los extremistas de la izquierda nos van a comer por los pies.

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