Al hablar del nazismo y los motivos para indignarse en su libro “Indignaos”, Herman Hessel señalaba: “para nosotros, resistir era no aceptar la ocupación alemana, la derrota. Era relativamente simple. (…) Es cierto, las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo, demasiado complejo. ¿Quién manda?, ¿quién decide? No siempre es fácil distinguir entre todas las corrientes que nos gobiernan. Ya no se trata de una pequeña élite cuyas artimañas comprendemos perfectamente. Es un mundo vasto, y nos damos cuenta de que es interdependiente. Vivimos en una interconectividad como no ha existido jamás. Pero en este mundo hay cosas insoportables. Para verlo, debemos observar bien, buscar. Yo le digo a los jóvenes: buscad un poco, encontraréis. La peor actitud es la indiferencia, decir «paso de todo, ya me las apaño». Si os comportáis así, perdéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre. Uno de los componentes indispensables: la facultad de indignación y el compromiso que la sigue.”

Creo que es importante tener presente esto en cualquier lucha política de nuestros tiempos. En dictaduras el enemigo es claro, el objetivo es palpable. La dominación está encabezada por un régimen claramente autoritario, tiránico e injusto. Hoy en día, en cambio, vivimos en un estado de aparente bienestar y justicia.

Lo mismo ocurre con la lucha feminista, que hoy en día se ha convertido en una difícil tarea. Porque nos enfrentamos a un enemigo invisible, un fantasma omnipresente, un techo de cristal. Son muchas las mejoras que hemos conquistado. Pero nos hemos topado con un muro invisible, una represión sutil, un campo de fuerza que dificulta nuestra lucha porque nos divide, porque no es lo suficientemente valiente para un enfrentamiento cara a cara y necesita del refugio de nuevas formas de dominación. Lo que empieza a conocerse como neomachismo, y que es un movimiento que se dedica a denigrar la lucha feminista y desviar el debate.

Vivimos en una aparente igualdad. Podemos votar, trabajar y vivir de forma autónoma, sin necesidad de depender de un marido o un padre. Podemos hacer muchas cosas que antes nos estaban prohibidas por ley. Y podemos denunciar muchas agresiones que antes la ley permitía. Hemos conquistado la igualdad aparente, y hemos obligado a los que ejercen la opresión a buscar medios subrepticios, a maquillarse y camuflarse. Pero nos queda conquistar la igualdad real. Vivimos en un mundo de enemigos invisibles, de justicia aparente e injusticia invisibilizada.

Y el caso de la desigualdad entre hombres y mujeres no es una excepción. Cuando se habla sobre las muchas discriminaciones e impedimentos que las mujeres hoy en día han de superar muchos hombres tienden a ponerse a la defensiva. No os lo toméis como algo personal, simplemente sois parte de un sistema de dominación en el que necesariamente debéis hallar vuestro posicionamiento y del que no sois ajenos. Los hombres deben sentirse aludidos, por supuesto. Pero no como enemigos de las mujeres, sino como posibles instrumentos de ese sistema de dominación.

Puede que no todos matéis. Puede que no todos violéis. Puede que no todos hayáis golpeado a vuestras parejas. Pero todos, en algún momento de vuestras vidas, habéis actuado como instrumento de un sistema opresor. Y ningún acto de opresión es inocuo. Muy al contrario, son precisamente en esas formas de dominación sutiles en las que un sistema de opresión se manifiesta con más vehemencia y a través de las cuales se asegura su continuidad.

Por eso, para resistir ante esos actos de opresión, para transformar nuestro sistema en un modelo justo que garantice la igualdad efectiva de hombres y mujeres, necesitamos seguir cuestionando nuestros actos, los mensajes que nos llegan desde nuestro sistema y que condicionan los mismos. Por eso sigue siendo imprescindible continuar celebrando el día internacional de la mujer y conmemorando su lucha, la de todas, la de todos. Porque somos parte de ese sistema que opera a nivel mundial y derrocarlo está en nuestras manos.

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Inés Moreno (Alcalá de Henares, 1992) Graduada en Derecho y Ciencias Políticas por la Universidad Carlos III de Madrid y máster en Derecho Internacional Medioambiental por Háskóli Íslands (Universidad de Islandia). Ha desarrollado su actividad investigadora entorno a la gobernanza global y los derechos humanos de tercera generación. Activista de Amnistía Internacional España de 2011 a 2015. En su actividad literaria colabora con la editorial Playa de Ákaba con la que ha publicado su primer poemario, Akasia.

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