Los descamisados

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Hay pocos descamisados, en vocablo peronista adoptado otrora por Alfonso Guerra, luchando por unos ideales de redención. Son cada vez más pero se han hecho invisibles gracias a esa economía ecuménica aceptada por todos, incluidos los progresistas posmodernos, que los hace invisibles ya que para esta ciencia de la desigualdad la ventaja de los menos es lo que llama expansión y crecimiento. La impuesta inexistencia social de los descamisados ha hecho que dejen de ser el sujeto histórico de la izquierda tradicional, enfrascada en buscar un fantasmagórico centro político, exculpatorio de su sesgo conservador, como ascua mortecina apóstata de su propia sociología.

Los partidos de izquierdas han dejado de ser organizaciones de masas para convertirse en partidos de cuadros con muchos cargos públicos y orgánicos que, como barruntaba Eugenio D’Ors de una fiesta oficial a la que fue invitado, entre tantas jerarquías debe haber alguna repetida. Y el poder, los equilibrios de poder, las cuotas de poder, los cabildeos de poder, son asuntos enjundiosos en el escenario político. La etiología de la influencia en la vida pública no linda en ninguno de sus vértices con una poderosa gründlichkeit, cavilar profundo, sino que atiende más a la fuerza contenida de la que hablaba Azorín, la visibilidad de un poder mesiánico cuyas adherencias consideraba el Eclesiastés pecados pocos elegantes.

El fatalismo en la sociedad actual es el verdadero enemigo del pueblo. Como afirman Serge Latouche y Didier Hapagès, sin la hipótesis de que otro mundo es posible, sencillamente no hay política, sino sólo gestión administrativa y tecnocrática de los individuos y las cosas. Las fuerzas de progreso, en ese contexto, se han convertido en una alternancia mecánica y no en alternativa verdadera. Es por ello, que los lazos entre los partidos reformistas gestionarios de la redistribución social y las clases populares están distendidos o rotos, mientras las élites privadas y públicas están orgánicamente ligadas bajo el efecto de la privatización del mundo y de la reducción del espacio público.

Abolida la aspiración a otra sociedad posible y necesaria sólo puede existir el vacio para todos aquellos a quienes Gabriel Tarde llamaba los rechazados del mundo. Sin instrumentos cívicos de autodefensa, desalojados de la centralidad social, impuesta la dualidad de la sociedad como realidad irreversible, ¿dónde pueden alojar los descamisados su malestar? Singularmente cuando padecen un régimen de poder cada vez más cerrado que disfraza de “moralismo” liberal la despolitización metódica de las relaciones sociales. Y la lógica liberal es una máquina de producir desigualdades e injusticias. La suerte de los descamisados, los débiles socialmente, las clases populares, exige, por tanto, que emerjan a través de un nuevo ciclo de luchas y experiencias, las bases de una alternativa social y que renazca el debate sobre estrategias de transformación social.

La aparición de nuevos niveles de soberanía ciudadana y nuevos procedimientos para tomar las decisiones democráticamente no sólo debe ser posible, sino necesario y urgente, de lo contrario estaremos siguiendo el camino más corto hacia lo peor. Y, sin embargo, en plena campaña electoral, el espacio de lo realizable parece tan constreñido para las mayorías sociales que el ciudadano barrunta que se ha trivializado y achatado la función política  hasta convertirse en un recinto hermético, sin porosidad ninguna hacia el exterior. No hay fenómenos políticos, hay la interpretación política de los fenómenos y cuando no existe un pensamiento que dote a la razón de ideología se pierde cualidad y por consecuencia la política deviene en un frívolo simulacro.

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