Se lo sabe casi todo de memoria. Ha estudiado durante un año y ahora llega el momento de la verdad: el día veintitrés de diciembre a las nueve de la mañana.

Pedro, un hombre gris dentro de un entorno gris. Se viste, en esta ocasión, de azul marino con el traje de boda que le ha prestado su hermano.

Se levanta a las siete de la mañana. Por la ventana, las luces del amanecer se reflejan en la veleta de la torre, mientras el viejo reloj toca las campanas, anunciando el día a los que vuelven a casa después de una larga noche de fiesta. Y a los madrugadores despertándose para acudir a sus obligaciones.

Nieva copiosamente.

Pedro se dirige al viejo edificio del Ayuntamiento de la ciudad donde en un decrépito salón de actos, va a tener lugar el examen.

Señores, señoras, por favor vayan entrando por orden alfabético. Tienen un lugar destinado para cada uno. En las filas de adelante están de la A a la E, a continuación de la F a la J. Luego viene la H…

Una bella mujer morena vestida con un traje rojo ceñido y cuello de visón, da la bienvenida a las trecientas personas que han acudido la víspera de Nochebuena a demostrar sus conocimientos. Sólo tres van a ser admitidos.

Se escuchan cercanos a los niños de la escuela municipal, ensayando villancicos para la fiesta de Navidad.

Sobre el lucernario del salón, caen los copos de nieve, dando al recinto un aire entrañable y navideño, a pesar de la seriedad del asunto.

Pedro, de apellido Fernández y Fernández, está cerca del estrado. A su lado, otros hombres y mujeres, disimulan su nerviosismo masticando chicle u observando a sus rivales con curiosidad.

Primera pregunta, ¿saben ustedes el color de los calzoncillos de Papá Noel?

Murmullos y alguna risa floja por el nerviosismo, se escuchan en la sala.

No es una broma, continúa la mujer. Debido a las fechas señaladas en las que nos encontramos, la dirección ha querido hacer esta pregunta que no viene a ni a cuento, ni en el temario. Quien la responda, obtendrá mayor puntuación.

Segunda pregunta: Fecha en que Goya pintó “Los Fusilamientos del Dos de Mayo”. Tercera pregunta, y esta es para extenderse: “El Arte Rupestre en Santillana del Mar”. Cuarta pregunta: nombre completo del arquitecto, escultor y pintor italiano Miguel Ángel ¿a qué época y a qué estilo pertenecía? Quinta pregunta: 

Mientras suelta las preguntas y los opositores las copian en sus hojas de papel, Pedro nota un vuelco en el corazón. Como si estuviera quedándose sin aire. Bebe un sorbito de agua de la botella que trae, lo que le ayuda a relajarse y a sentirse mejor.

La cuestión es que, de las preguntas número dos a la veinte, se las sabe todas. Pero la primera, ¿es una pregunta trampa? ¿Una broma de mal gusto? ¿Acaso un guiño a la época del año? ¿O qué?

Necesita pensar para intentar salir del atolladero que se le ha ocurrido a algún graciosillo para dar más emoción al momento.

Intenta recordar las cosas buenas de la Navidad. Tiene un amigo que ha sido director de intangibles de un periódico de gran tirada, y en una ocasión le dijo: el espíritu de la Navidad, está dentro de uno, Pedro, hay que saber encontrarlo…

La preguntita tiene sus bemoles. Nuestro hombre recuerda la vestimenta de Santa Claus. Un traje rojo con cuello y puños de borreguillo, botas de cuero negras y un gran gorro también rojo.

Pero, en todo caso, la ropa interior nunca aparece en las felicitaciones navideñas. Así que hace un esfuerzo por recordar.

Y recuerda una de un bar de alterne donde en una ocasión fue a tomar una copa. Nada más que a eso. Su timidez le impidió avanzar. A la Navidad siguiente le enviaron un Christma.

En la tarjeta estaba Papa Noel desnudo rodeado de mujeres algo ligeritas de ropa, -ahora lo recuerda bien-. Y sus atribuciones masculinas a la vista y en posición de asalto.

No le vale.

Todo esto le distrae.

Una compañera, sentada delante, gordita y pecosa, se vuelve y le guiña un ojo. El muchacho de al lado, le ha dado un ataque de pánico y los securatas han tenido que llevárselo entre gritos y puñetazos. Rosa, su vecina mejicana, con la que ha compartido algún café en aburridas tardes de oposición, tararea una ranchera con aguda voz de soprano. El aire se corta a cuchillo.

Entonces, ocurre algo no previsto. El alcalde de la ciudad entra en la sala vestido de Papá Noël, seguido de sus concejales que llevan bolsas de polvorones, peladillas y globos y que reparten entre los presentes. Le sigue la orquesta municipal de gala tocando “Los peces en el río”.

Todo es absurdo y rocambolesco. Una jovencita examinanda con coletas, pregunta a voz en grito al alcalde:

¿De qué color es su calzoncillo, jefe?

Sin querer escuchar el grito, el alcalde, abraza a los presentes mientras va repartiendo décimos de lotería.


Cambio de escenario.

En una sala de juntas de fría decoración minimalista, un joven ejecutivo, explica con entusiasmo lo ocurrido en la escena anterior.

Esto es lo que he pensado… Creo que sería un buen anuncio, dice Pedro, después de su presentación en Power Point, ante una larga mesa, donde le escuchan atentamente unas veinte personas, de las cuales casi todas son ciegas.

Magnífico, dice una voz al fondo de la sala. Pero, se me queda una pregunta en el tintero que se harán todos los que vean el anuncio en Navidad, un anuncio que tiene que ser el más visto de todo el año y que tiene que acabar lógicamente con un buen final. Un final feliz. Así que: 

¿De qué color son los calzoncillos, Pedro?

Señor, musita Pedro, mientras piensa ¿qué le importará a este ciego de los cojones si no puede ver los colores?

Después de un largo silencio, por fin responde:

Todo el mundo sabe que Papá Noel no lleva ropa interior, duerme desnudo.

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