Pululaba pizpireto por casa en recorridos de ida de vuelta desde mi despacho al cuarto de baño tratando de evitar algún contacto con la realidad, y mientras lustraba profusamente mis manos por decimonovena vez en aquella tarde, tomé la decisión de conformar un blog al que pudieran adherirse todos aquellos seres a quienes les gustase en exceso meter las manos bajo el agua. Mi asociación se llamaría entonces “Asociación de amigos de lavarse las manos”. Tendría que usar este nombre porque Manos limpias ya existe.

Quizá mi educación católica, como revancha a tanto descrédito, consiguió depositar mi conciencia en mis manos, y mi costumbre de lavarlas con agua y jabón y secarlas con una toalla áspera tiene todas las condiciones de tornar a trastorno, aunque de momento no me preocupa, ni a mí ni a mi terapeuta.

Creo mucho en el acto de lavarse las manos, al psicópata le calma después de trocear a su víctima, al dentista le sirve para concluir qué hará con tu premolar, al ciudadano le prepara para recibir el premio del plato de comida sobre la mesa.

Lavarse las manos siempre supone un pequeño reseteo emocional, un cambio de perspectiva; la historia de Superman contada al revés narra la vida de un tipo que va todo el día disfrazado con una capa y cuando las cosas se complican se disfraza de periodista y se lava las manos, me permito la metáfora porque daría lugar a una gran comedia.

Investigué acerca de la diversidad de asociaciones que campan a sus anchas por el mundo, y descubrí sorprendido a “los amigos de la capa”, “los defensores de la psicomotricidad”, “los afines al síndrome de Diógenes” y “los adictos serenos de los posavasos”.

Entonces mi mente comenzó a coquetear con la ilusión de conseguir el suficiente número de asociados como para llegar a inscribirnos en el Registro de Asociaciones del Ministerio. Evitando, por supuesto, cualquier tipo de vínculo con “Los propensos a escurrir el bulto”.

Así pues, para conformar mi “Asociación de los amigos de lavarse las manos” debía elegir un lugar óptimo, sin duda una sala con muchos grifos de agua caliente y fría, y toallas de distintas texturas. Allí estudiaríamos las diferentes maneras de lavado según comunidades, las técnicas más precisas en función del tipo de suciedad, también haríamos hincapié en su correcto secado, porque no hay sensación más desagradable que tomar una mano húmeda.

Después nos dedicaríamos a impartir charlas por autobuses de línea, para que las barras de sujeción dejen de ser el foco de infecciones más grande de cuantos nos rodean. Estableceríamos un protocolo para dar la mano, un mínimo de fuerza estimable para ser considerado apretón, y un ritual posterior y anterior para lavárselas.

Incluso llegaríamos a presentar un proyecto de ley que limitase el máximo de personas con las manos manchadas. Demasiados dedos pulsando teclados infectos sólo pueden generar tuits sucios. Demasiadas manos moviendo contenedores de basura, demasiadas manos blandiendo palos, porras y piedras.

Cuando la gente que tiene las manos manchadas, desea que sus acólitos también lo hagan, desconfío, y más aún cuando tú decides el precio del agua. El paso de la dictadura a la democracia, la denominada transición se pudo hacer porque una parte importante de la sociedad se lavó las manos.

Nuestro objetivo vital sería garantizar el grado cero de suciedad en manos, porque tener las manos lavadas nos permite hacer una cadena humana con la tranquilidad de que no te vas a encontrar manos manchadas o húmedas. Y supone la manera más eficaz de jubilar la crispación.

Quería evitar la realidad, pero me sobrevino secándome los espacios entre los dedos, zonas propicias de acumulación de rencores.

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