Él era lector de Tabaquería en una fábrica de tabacos de Pinar del Río. Entretenía a las mujeres que enrollaban cigarros deleitándolas con novelas de amores imposibles.
Ella, mientras le escuchaba atónita, con la falda de mil colores arremangada liaba puros frotándolos con la palma de la mano contra sus morenos muslos.

De vez en cuando él levantaba la vista del libro y la devoraba con los ojos. Entonces el puro se deslizaba aún más arriba impregnándose de aromas de hembra en celo.

Al acabar la jornada, contemplando la puesta de sol desde el porche de su cabaña, él se fumaba justamente aquel cigarro que ella hábilmente distraía para su hombre. Absorbía en cada calada su olor a sexo dulzón, cálido y húmedo. En el interior de la casa, desmadejada en la cama, ella le aguardaba soñando despierta con las historias de amor que él les leía en voz alta, con esa voz densa y suave como el humo que en la noche caribeña se apoderaba de su cuerpo y de su alma.

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