La ilustración es una foto de la luna llena rielando sobre Venecia. No puedo, ni quiero, evitar, copiar el texto de ese último tuit:

“Superluna en Venecia. Buena imagen para desconectar para siempre de Twitter. Gracias a todos, pero esto dejó de compensar”

Lo publicó el dos de enero y hasta ahora mismo, mientras escribo, ha logrado 743 corazoncitos, 172 Retweets y 228 comentarios, muchos de ellos esperando y deseando que vuelva @VilaSilva; pero dudo mucho, dudo infinitamente, que eso suceda. No le conocen.

Hace unos meses, mientras caminábamos por el extraño y sugerente parque cercano a su casa en Getafe World, me dijo Lorenzo, Lorenzo El Viejo, El Primer Lorenzo, que había abandonado su página de Facebook; sin alharacas, simplemente la había abandonado. Me encantó escucharlo. Como me encantó, y aplaudí y aplaudo, su decisión de “desconectar para siempre de Twitter”. Desconectar. Para siempre. Con dos cojones y claridad absoluta.

Le honra y engrandece; aunque ya es suficientemente grande sin necesitar ningún tipo de gesto.

Twitter es un periódico que hacemos gratis todos, yo apenas pero también, y en el que se permiten los insultos y descalificaciones desde el anonimato. Saltar a Twitter es aceptar que cualquiera te tire tartas a la cara sin cobrar siquiera el mínimo y merecidísimo sueldo como payaso.

Lorenzo Silva ha abandonado Twitter, y para mí suena a renovación y apocalipsis: es el principio del fin del canto de los pajaritos, el principio del fin de que los cuervos se coman entre risotadas los granos que las buenas gentes les tiran y lanzan a los pequeños e ingenuos ángeles alados.

Bravo bravo bravo. Desde el corazón mi más entusiasta aplauso.

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