Según el diccionario, “manada” es un “grupo de animales de ganado doméstico, especialmente cuadrúpedos, que andan juntos”. Contiene la entrada una segunda acepción que define la palabara como un “grupo numeroso de otro tipo de animales de una misma especie que van juntos” y, visto lo que estamos presenciando y leyendo en los últimos tiempos, me que, de todas todas, con la segunda. Por lo de animales de la misma especie, vaya, y dicho sea con todo el respeto para los animales.

Confieso que llevo muchos días mordiéndome las uñas, escribiéndome encima, para hacerlo en el momento en que el juicio hubiera terminado y mis ánimos se hubieran serenado. Lo primero es fácil, sin duda, pero lo segundo lo es menos, dadas las cosas que hemos visto y oído en estos días.

Confieso también que soy una ilusa. Desde el terrible suceso de las niñas de Alcácer y su lamentable cobertura mediática llevo pensando que al menos habremos aprendido algo y que no volveros a ver cosa igual. Y la realidad, cada vez que ocurre un hecho de estas características, se empeña en llevarme la contraria. No aprendemos. Y no solo eso. Con el advenimiento de internet y de las redes sociales, la cosa se multiplica hasta el infinito y más allá. Y el daño que causa esta manada se atomiza y difunde por tierra, mar y aire.

A estas alturas, una se pregunta qué sentirá una víctima de violación, o de cualquier otro delito violento o sexual de esta índole, cuando, después de haberlas torpedeado con la necesidad de denunciar, ven el precio que han de pagar por ello. De qué sirven medidas de seguridad, preservar su identidad y hacer un juicio a puerta cerrada si luego todo el mundo está presto a comentar detalles de su vida, de su comportamiento y de su intimidad sin ningún miramiento. Trato de ponerme en su piel y se me ponen los pelos como escarpias.

Y lo primero que me planteo es si nuestra Justicia está preparada para este tipo de cosas. Porque, pese a que se adoptaron las medidas legales, no han evitado el juicio paralelo ni el torrente mediático de opiniones de todo tipo. Pero claro, no podemos olvidar que nos encontramos ante una regulación del proceso del siglo XIX que, por más que la hayamos tuneado y parcheado hasta convertirla en una colcha de patchwork, sigue obedeciendo al mismo esquema. Cuando la ley de enjuiciamiento criminal se promulgó, en 1882 –no, no me he equivocado al escribir- se creó un esqueleto de procedimiento en el que un juicio a puerta cerrada era la máxima garantía. Con unos medios de comunicación en pañales, y que estaban al alcance de unos pocos, el hecho de que el juicio no fuera público podría ser suficiente para preservar la intimidad de una víctima. Pero, a día de hoy, no garantiza otra cosa que el hecho de que las partes, los acusados y los testigos no vean cientos de cabezas mirando en la sala mientras se desarrolla el juicio. Pero, desde luego, no impide que propios y ajenos hablen, elucubren y opinen y lo hagan además a través de unos canales de difusión instantánea y masiva. Con el dolor añadido para la víctima y su familia. Y también con la presión añadida para quien ha de decidir, por más que se respete la presunción de inocencia. Y aunque aquí, mas que nunca, vale eso de que no se pueden poner puertas al campo, al menos se habría de intentar que el daño que la manada que anda junta en ese campo cause tenga algún límite más que la puerta cerrada de una sala de vistas.

Soy consciente de que estamos ante una colisión de derechos, muchos de ellos de trascendencia constitucional. Nunca pierdo de vista la libertad de expresión y opinión, uno de los pilares de toda verdadera democracia, y también el derecho de la ciudadanía de recibir una información veraz, del que no se habla tanto, pero ahí está. Pero, como el ejercicio de todos los derechos, tiene su límite en los derechos de los demás, y el bien más necesitado de protección debiera ser en este caso la intimidad de la víctima. Que es, a la postre, la que ha quedado más desprotegida, por una sobreexposición a las hordas mediáticas aunque, por fortuna, se haya logrado salvaguardar su identidad.

De verdad que nos lo tenemos que hacer mirar. Y no me refiero solo a los medios de comunicación, sino también a quienes, con la sola arma de un teclado y una pantalla, pueden causar daños enormes. Los medios deberían tener un concepto claro de lo que, deontológicamente, se puede y no se puede hacer, y de que no todo vale con tal de lograr un mejor share. La dictadura de las audiencias no puede justificar lo injustificable. Y cosas como que profesionales acudan a un plató a dar su versión de lo ocurrido en un juicio a puerta cerrada, son injustificables. Como también lo es machacar con debates y tertulias sobre un tema en el que solo debieran decidir quienes tienen la potestad para ello.

Pero también deberían plantearse eso de la información veraz y, particularmente, lo que implica la veracidad. Y la forma de enfocar las informaciones, que hace que esa supuesta veracidad quede en agua de borrajas.

Sin ir más lejos, he leído cosas como que el juez no consideró que esta agresión sea violencia machista, con el tinte de reproche que esta aafirmación supone. Sin explicar que la “violencia machista” no es una categoría legal ni importa a esos efectos la opinión de quien juzgue, sino que lo que debe es hacer cumplir la ley e imponer, si corresponde, las sanciones que ésta prevee. Nuestra ley integral solo abarca la “violencia de género” como la que existe entre quienes tengan o hayan tenido una relación de pareja, pero ello no supone que no se castiguen las agresiones machistas como merezcan. Esperemos a la sentencia al menos.

Y, por arrimar el ascua a mi sardina, también me hubiera gustado una información más en positivo en referencia a la carrera a la que pertenezco. Es cierto que se ha elogiado, merecidamente, a la fiscal que ha llevado el caso, pero tampoco hubiera estado de más aprovechar para explicar la importancia de nuestra función y nuestra labor, tan denostada tantas veces. Parece que cuando hay que criticar algo que hace un fiscal se nos achaca a “la fiscalía” pero, a la hora de alabar, solo es la profesional concreta. Como si fuera el Llanero Solitario. Y sí, me voy a permitir el lujo de sacar pecho ante la estupenda labor de mi compañera. Pero también quiero hacerlo por una institución no siempre tratada con el respeto que merece. Y aprovecho, además, para darle las gracias por ofrecer una imagen impecable del Ministerio Fiscal.

Pero, más allá de loas y quejas, quisiera hacer una llamada a la reflexión. E instar a todo el mundo, cada cual desde su sitio, a pensar antes de darle a la tecla, abrir la boca, o montar un programa o una tertulia. O los estragos causados por la manada serán irrecuperables.

 

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