En mi primera etapa de estudiante de conservatorio, siendo aún muy niña, el profesor de piano nos propuso, a mí y a otros compañeros, la asistencia a un concierto en el Auditorio Nacional de Madrid. No era mi primera visita a un espacio de semejantes características pero sí la primera de la que tengo conciencia. Recuerdo cómo viví con ilusión cada momento de aquella experiencia. Me impactó el tamaño de la construcción, inmensamente grande visto desde mis pequeñas proporciones, las enormes lámparas que colgaban del techo, la sensación de escuchar el sonido de una orquesta en vivo, el ritual organizativo del evento y multitud de detalles que mantengo en mi memoria con gran cariño. Desde la última fila del gallinero, pude disfrutar de uno de los momentos más maravillosos que he vivido y viviré como público, una interpretación del concierto nº 2, op.18, para piano y orquesta de Rachmaninov que me conmovió de la manera más hermosa en la que una pieza musical puede llegar al corazón y es este tema, la emoción en el ámbito musical, al que quiero dedicar hoy mis reflexiones.

Resulta bastante evidente que los usos simples de la comunicación entran pronto en la escena vital. Pedir, señalar, son acciones que se completan tempranamente mediante el gesto y la consiguiente consecución del objetivo asociado a esa petición. De forma similar el niño se acerca al lenguaje de las emociones. Desde pequeño se le ofrecen indicios sobre cómo se espera que se sienta ante determinadas situaciones (alegría con la llegada de los abuelos, tristeza ante la pérdida de un ser querido, decepción por el incumplimiento de una promesa) reprendiéndose una conducta en otra línea por romper la ansiada armonía social. Si la reacción del niño no concuerda con la expectativa de la emoción adecuada, llega la conversación o el castigo. La teoría vendría a reafirmar la idea de que sentimos miedo porque nos reconocemos en una situación que, socialmente, nos han definido previamente como peligrosa, luego, según esta hipótesis, determinadas emociones serían el resultado de un aprendizaje en torno a las rúbricas sociales asociadas a hechos.

El tiempo pasa y las personas nos hacemos cada vez más expertas en la tarea de concordar nuestras reacciones emocionales con el significado social del entorno en cada determinado momento temporal, convirtiéndonos poco a poco en seres socialmente entrenados emocionalmente. Quizá hayan asistido en algún momento de su vida, como yo lo hice en aquel episodio de mi niñez, a una o varias representaciones musicales en directo donde se hayan emocionado, donde hayan experimentado esa sensación que a veces nombramos como de “pelos de punta” o hayan vivido un incontrolable remover de sus sentimientos, sin preguntarse, casi con seguridad, cuánto de estas sensaciones responde a un patrón social aprendido desde la infancia y ligado a la emoción, sin reflexionar sobre una cuestión que, a mi entender, lejos de robar la magia al fenómeno en sí, abre un mundo conceptual en torno al tema más que interesante.

Las teorías de la percepción externa de la emoción proporcionan, en su aplicación al análisis de la experiencia musical, una explicación cautivadora a la cuestión de la emoción en el arte. Cuando tratamos de alejarnos del debate razón/emoción, se nos presenta una línea de pensamiento apasionante que pasa por la necesidad de procesar la sensación de oír música como una experiencia emocional desde nuestra capacidad de percibir. El sujeto que está disfrutando de una pieza musical la explora y siente, descubriendo en ella aspectos que hacen posible adquirir nuevos mundos vitales y reforzar otros ya experimentados. En este sentido, que una frase musical provoque emoción en una persona, significa que está encontrando nuevas oportunidades de crecimiento personal desde la experiencia sustentada por el placer o el displacer. Así, entender la cuestión musical desde este ángulo, permite que la función social de la música se amplíe hasta límites por explorar; la música ya no es solo para el disfrute y el ocio, también es una herramienta muy poderosa para el aprendizaje de nuestro mundo.

En multitud de ocasiones, especialmente cuando se es aficionado en la materia, la emoción resulta el punto de vista más asequible desde el que poder acercarse a la música, pero estas líneas pretenden ofrecer una perspectiva diferente a la emoción vista desde la pasión, aportando la reflexión de que es una herramienta crucial para el proceso de conocer y que supone un parámetro fundamental para el desarrollo cognoscitivo de la persona. Existe una alta probabilidad de que, aquella tarde de primavera en la que escuché por primera y única vez en directo el concierto nº 2 de Rachmaninov en el Auditorio Nacional, ayudara, con mi emoción, a construir los cimientos de mis anhelos, a confirmar mi intuición de que algún día acabaría siendo y reconociéndome como músico.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorProyecto Madad ‘ayudar juntos’ que busca mejorar las condiciones de vida de los afectados por la guerra
Artículo siguienteMadre e hija asesinadas en Vitoria
Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

12 − 4 =