El 13 de diciembre cumplió años Lidia Falcón O’Neill una feminista de armas tomar. Casualmente estuve con ella en la presentación del libro de relatos   “Daños colaterales” de   Teresa Galeote. La presentación tuvo lugar en una librería mágica, librería” sin tarima”, donde la selección de libros de sus anaqueles es la del gourmet revolucionario, y de la buena literatura y donde no se puede encontrar ni uno solo de los premios Planeta.

Durante la presentación, el dialogo entre Teresa y Lidia fue vivo e inteligente y se dio un repaso al panorama del pensamiento débil en España y a la mediocridad que reina en la sociedad liquida y post moderna.

Lidia Falcón, ¡qué mujer! Una mujer con criterio que ha hecho todo en la vida y sigue luchando y vindicando. Tomado unos vivos en una taberna cercana a su domicilio nos reímos de esa mediocridad que ha adormecido al Reino de España y que para otra sociedad y otro tiempo reflejó muy bien Sinclair Lewis en “ Babbit”. Una sociedad, la española, que ha estado durante más de treinta narcotizada por la vulgaridad disfrazada de modernidad y repleta de petimetres -“utilizaré esa palabra” me dijo en algún momento Lidia-.

Mientras tomaba un vino y un pincho de tortilla Lidia irradiaba elegancia y generosidad con todos nosotros; de vez en cuando recibía llamadas telefónicas de amigas y algunas, puede entreoír, tenían que ver con la organización del Partido, su Partido Feminista, en tal o cual sitio. Yo la acababa de conocer y cuando la miraba veía tras ella muchas cosas: la conexión con la Republica; el padre revolucionario ausente, la madre luchadora y el ansia de saber y vivir por encima de todo. Hay un fondo tras su rostro de asombro y emoción por los intelectuales y revolucionarios de esa España que no pudo ser , la España de Larra ,de Trujillo, de Pi y Maragall , de Ferrer y Guardia, de Rosalía , de Lorca y de tantos y tantas otros que acabaron en el exilio, en las cunetas o en la melancolía . En ese fondo de su rostro también, en algún momento, estuvo, pero es ya imperceptible, la huella de la tortura.

Cuando nos despedimos ella me dio un beso y se alejó a hacia su casa de la que pende una bandera, la republicana. Más tarde, alguien me dijo los años que cumplía Lidia y casi me da un mareo; pero no tiene ningún pacto con el diablo, la energía juvenil y belleza de sus ojos, se desprenden de ese estado de gracia en que viven las personas que no se despachan con tópicos y frases comunes sino con la verdad y mirando hacia el horizonte. Como dijo Teresa Galeote, parafraseando a Kafka, las palabras y los ojos de Lidia son como un hacha que sirven para romper el mar de hielo que todos llevamos dentro.

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